Opinión

El juego

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 12 de mayo de 2023

En La Biblia encontramos, en forma de fábula, algunos pasajes sorprendentemente premonitorios y otros altamente inquietantes sobre la naturaleza del ser humano.

Uno de los más reveladores y profundos es el relato de la expulsión del Paraíso. Dios había situado, en él, a su criatura, hombre y mujer, a salvo de peligros y circunstancias que enturbiasen su felicidad. Todos sus problemas vitales estaban solucionados.

Pero, el hombre desobedeció la única condición que Dios le había impuesto para el disfrute de esta situación. Y aunque advertido de las penalidades que su decisión le iba a acarrear, eligió, increíblemente, lo malo por conocer a lo bueno conocido. Prefirió que su vida fuera una continua sorpresa regida por el azar.

Y más sorprendente todavía. El ser humano, empecinado en el error y penosamente contradictorio en su esencia, dedica todas sus energías, desde el momento mismo de la legendaria expulsión del Paraíso, a reconquistar, con su esfuerzo, las condiciones que tenía en él y despreció: Alargar su vida, eludir la enfermedad, aliviar el trabajo y controlar la zozobra que le causa el azar.

El azar, ese imponderable que juega con el ser humano haciéndole malgastar los esfuerzos que dedica a enderezar lo que le tuerce. La buena o mala suerte que altera, continuamente, sus propósitos mejor elaborados. Sin embargo, su fatal atracción por el riesgo, le lleva a escrutar y tratar de dominar esas fuerzas que, a veces, le vapulean.

Y hasta, en su inconsciencia, ha creado fórmulas o “juegos” en los que participa creyéndose favorecido por la fortuna o cargado de la astucia necesaria como para poder prescindir de ella o ponerla de su parte. Y arriesga, en ellos. A veces cantidades de dinero superfluo que ponen ese tirón de emoción en el pasatiempo, pero otras se ve arrastrado por ese torbellino inexplicable que le lleva a poner en riesgo cantidades vitales.

Y los resultados negativos no le sirven de lección que le disuadan de participar sino para afirmarse en la convicción de que “la próxima vez” será diferente. Y así, más y más veces, hasta la destrucción total de la vida habitual del jugador… y de su familia.

Podemos abrir un paréntesis desde aquella escena de juego, relatada en Los Evangelios, en la que los soldados que ejecutaron la crucifixión de Jesús se jugaron, a los dados, su túnica y cerrar con el eslogan que oimos por la tele, que tiene detrás, nada menos, organizaciones empresariales montadas sobre el juego como materia prima: “Sin diversión no hay juego”.

Y ahí estamos todos. No solo esos locos “enganchados”. No podemos conformarnos con la idea de que el juego sea solo la afición o dedicación de personas débiles o de hábitos rayanos en la delincuencia, sino que tenemos, todos, a nuestro alcance “garitos” como los “tragaperras”, casinos, bingos, loterías, Apuestas… y mucho más.

Mucho más todavía, pues cantidades ingentes de dinero formadas por la acumulación de los ahorros, de honestas familias, con destino a su vejez o al bienestar de sus hijos, se apuestan, continuamente, en los insondables casinos que son Las Bolsas, Los Mercados, en los que se puja por valores de empresas en funcionamiento, de metales, combustibles, etc..

O en las partidas individuales que jugamos con los bancos al suscribir una hipoteca, apostando a que seguiremos cobrando el sueldo habitual y a que las posibles subidas de intereses no nos pongan en riesgo de no poder pagarla y nos haga perder el inmueble que compramos.

Y es que el mal es de naturaleza: Acordaos de la considerada primera gran burbuja documentada, “La crisis de los tulipanes”, que arruinó, en la primera mitad del siglo XVII, especulando con flores, si con FLORES, a gran parte de la burguesía de los Países Bajos y que algunos “remiten a ese ejemplo para advertir sobre los peligros del bitcoin, la criptomoneda que más ha crecido en todo el mundo”.