Opinión

Columna-debate sobre toros en un día de San Isidro: en vivo y en directo

TRIBUNA

Alfredo Arias | Jueves 18 de mayo de 2023
- Yo indultaría todos los toros.

- ¿Cómo dice?

- Sí, no sé si es porque me hago mayor, pero cada vez me cuesta más verlos morir. Perdone el comentario, es que le he visto desviar la mirada tras el tercer intento de descabello con este segundo.

- ¡Como para no hacerlo! ¿Y a usted no le gusta ver morir a los toros, y está aquí en la catedral, en Las Ventas, puro en mano, en la mejor tradición?

- Sí, he cambiado hoy mi pipa por él. El ambiente como que lo pide. Verá, cuando llega San Isidro, sufro una especie de licantropía taurina y sigo toda la fiesta, luego me desentiendo bastante de ello.

- Me toma el pelo. Esto es ya bastante salvaje como para venir con licantropías. Muy mala salida, señor.

- Sí, no es por la Puerta Grande, desde luego. Pero si a usted le resulta tan salvaje, le pregunto lo mismo: ¿qué hace aquí?

- Un amigo más cañi que yo me ha pasado la entrada, porque le ha salido un plan que no puede rechazar, ya me entiende… Y a caballo regalado…

- Ya, hace usted el sacrificio…

- Pero se lo digo en serio, yo sacaría esta ley: con cada fallo de descabello se le dará un pinchazo en las nalgas al que yerre, eso sí, con una buena banderilla. Ya verá cómo saldría bien a la primera.

- ¡Pero hombre!

- Sí, sí, así haría.

- Mire que exagera usted, ¡vaya ocurrencia! Por cierto, esa forma de despachar los asuntos me recuerda a alguien… Sí, yo a usted le conozco de otra ocasión. Es Byron: Byron, Leónidas, ¿cierto? Con la parpusa no le había reconocido a la primera.

- ¿La par… qué?

- La gorra de chulapo.

- Ah, sí. Hay que ir de guapo, hombre. Y usted, aunque no lleve la pipa, debe de ser Exlex: Exlex, Juan.

- Sí, suena a James Bond, pero soy ese mismo. Salimos en la historia de aquella extraña cafetería.

- ¿Salimos ya?

- Todavía no, pero nos adelantamos por aquí.

- Mire qué bien.

- Pero a lo que vamos. Desde luego, yo no sería tan radical como tú (y tutéame, hombre), pero no me parecería mal una reforma relativa al descabello, pues ese noble animal ya ha sufrido bastante mortificación como para acrecentarla tras una mala estocada. Sin ir más lejos, desde 1928 se hizo obligatorio el peto para los caballos de picar. Hasta entonces era una verdadera escabechina. Goya lo reflejó. Así que ¿por qué no corregir también esto?

- ¿Y qué haría usted? ¿Un balazo y santas pascuas?

- No me seas bruto. Lo llevaría de vuelta a los corrales, tal cual, y le daría un fin más digno y menos cruento.

- ¿No lo dejaría vivo como hacen en Portugal?

- Qué ingenuo eres. Allí también acaban con ellos una vez los devuelven. Pero sí, llevas razón; a no ser que estén muy malheridos, los curaría como hacen con los toros indultados por su gran nobleza.

- Para no tener que curarlos, antes no habría que herirlos, ¿no le parece?

- Sí, pero si algo sé de toros es por mi padre, al que justamente no le van, pero sí le chiflaban a mi abuelo, por lo que alguna corrida debió ver, y aprender. Sólo sé fundamentalmente dos cosas: que un toro cuando se para y escarba en el albero con la pezuña es un mansazo, y que el animal ha de perder cierta sangre a fin de que mengüe algo su fuerza; para eso están principalmente la lanza del picador y las banderillas.

- ¿Un poco de juego sucio, no?

- Ten en cuenta que la proporción de fuerzas entre un toro de lidia (sobre todo los que salen en Madrid) y un torero es de, mínimo, unos 550 kilos frente a unos setenta. La energía de ese animal al embestir es de unos cuatro mil kilos de fuerza…

- ¿Y no podrían ponerle una inyección antes de salir al ruedo para atontarle un poco? Así tampoco tendría el estrés y la desorientación de los que hablan.

- Pues no.

- ¿Cómo que no? ¿Es que a la gente le gusta verlo sufrir? A ver si va a ser verdad que la afición paga para pasar la tarde con el maltrato de una pobre bestia.

- En absoluto. No sé a quién se le ocurrió semejante idea, pero no sabía nada de la fiesta taurina ni de su público. Si bien se mira, esa gente va a ver algo más fuerte, mucho más.

- ¿Más?

- Van a ver a una persona exponiéndose a la muerte.

- Pues sí, la verdad, a un tío con dos…

· a una tía. También ha habido excelentes mujeres torero. Mira a Cristina Sánchez.

- Vale, pero si no van a ver sufrir al animal, ¿por qué le llenan de pinchazos y no se hace lo que he propuesto? Y no me venga con lo de la tradición…

- Claro que te vengo con la tradición, pero si no te basta, también con el respeto, con el fair play.

- Me lo dice o me lo cuenta.

- Mejor te lo cuento. ¿No tiene el toro dos buenos pinchos en la testa?

- Sí, pero…

- Pues hay que luchar con sus armas…, y ahora viene la madre del cordero, querido amigo.

- La madre del toro, dirá.

- Si tú sacas a un toro medio grogui no le das ninguna oportunidad de defenderse.

- Ya, pero…

- Tanto el picador como los banderilleros, como el mismo matador también se exponen a ser heridos, o muertos, cuando acometen contra él. Si lo que le gustara a la gente que va a las corridas es ver cómo acaban con un animal, ese supuesto sadismo saldría más barato con excursiones a mataderos donde las reses se van al otro barrio con una descarga eléctrica, sin la mínima posibilidad de salvarse o de agredir al que les da pasaporte.

- Eso que dice es una burrada.

- Ya, pues lo mismo debe aplicar aquí. Además, un torero no tiene más defensa que su valor, su talento y una espada al final, y su única armadura está hecha de seda.

- Eso le ha quedado bien, suena a Lorca, a Picasso y todo eso.

- Sí, buenos aficionados en su época, y no parece que fueran insensibles. Pero ni siquiera me voy a escudar en lo de la cultura, el mito y el rito de la fiesta. ¿Quieres en serio que terminen las corridas de toros?

- La verdad es que sí.

- Pues acabarías con los toros.

- ¿¿Qué??

- Criar un toro de lidia es incalculablemente más caro que hacerlo, vamos a decir, con un buey. Es como la diferencia entre fabricar un coche utilitario y un auto de Fórmula 1. Si dejase de haber carreras de bólidos, no tendría sentido gastarse millonadas para tales diseños.

- El toro, ¿un diseño?

- Sí, lamento despertarte, pero es tal como suena. El toro bravo es un diseño genético.

- Encima, tuneado…

- Puede que la fiesta acabe alguna vez, pero también esos animales.

- Y mientras tanto, la gente paga su entrada o su abono para ver a una persona exponerse a la muerte…

· va de gratis como tú…

- Ya, pero suena muy fuerte, ¿no?

- Es que lo es. Tiene su lado instintivo, salvaje y hay que asumirlo; pero a la vez es arte. Una lección. ¿Por qué a los toreros se les llama maestros?

- ¡Hombre!

- El aficionado va a ver a alguien capaz de encararse con el máximo peligro en su lugar, y que en vez de temblar o salir despavorido, lo enfrenta con temple, se sobrepone al miedo… y baila con él.

- ¿Baila?

- En las suertes de muleta, el buen torero baila con la muerte. Mira, el año pasado, el Juli firmó una faena maravillosa con un toro de La Quinta. Hubo un momento de tal ligazón que parecía que el animal se gustaba en ese baile, y donde ya no sabías dónde terminaba el toro y empezaba el torero.

- Claro, el toro como hipnotizado.

- Y el torero como embriagado. Luego, mató mal y se desconsoló. Aun así, el público le animó a dar una vuelta al ruedo.

- Hombre, es que matar está muy feo…

- Jaja. Sí, justo eso parece que le contestó el gran Curro Romero a una reportera, cuando tras una de sus faenas artísticas y fallar con la espada, ésta le dijo algo como «maestro, usted ha matado muy mal hoy» y él replicó: «chiquilla, es que matar está muy feo».

- Ya… O sea, que van a aprender ballet.

- No, querido; es una lección para enfrentarse a la vida, a los golpes de la vida, con temple y determinación, aunque te pille desprevenido, sin armadura…

- Ya, y lo del arte.

- Sin temple no hay arte.

- Sí, lo de «nunca sabes el toro que te va a salir» o «tienes que lidiar con eso» del vocabulario taurino.

- Que se ha hecho universal. ¿Te parece lo que te he dicho muy descabellado, por volver a su argot?

- Lo explica bien, pero no me justifica el sufrimiento.

- ¿El del torero tampoco?

- Él se lo busca y luego vive de maravilla. El toro, no.

- El toro también vive de maravilla en la dehesa hasta ese día. En cuanto a los toreros, no todos están forrados. Pero, es verdad, el toro no se lo busca. También es cierto que el matador puede dejar de vivir de maravilla, incluso de vivir, en una mala tarde.

- Ahora resulta que me va a equiparar toro y torero…

- No en ese sentido, pero sí en otro que se esconde tras la fiesta.

- Acabáramos, ¿y cuál es?

- Lo español. O si prefieres, una cierta esencia hispánica.

- Suena a NO-DO, y no creo que todos los españoles o todos los hispanos se reconozcan en esa esencia, ni mucho menos; pero, en fin, dígame cuál.

- Esa esencia tanto pertenece al toro como al torero. Una esencia de Minotauro digno y sufriente.

- Pero el Minotauro se cargaba a los que entraban en su laberinto, ¿no?

- Ya, pero la primera víctima del laberinto era él, que lo soltaron allí. Es como la plaza, otro laberinto sin salida, salvo la de la muerte de uno de los dos contendientes; si no es la devolución o la gracia del indulto.

- Al final se lo cargó el torero Teseo…

- Jaja. Sí, el héroe fundador de Atenas, el comienzo de nuestra cultura (junto con aquel toraco), claro que gracias a la inteligencia de una chica, Ariadna.

- Eso sí es tener una buena defensa.

- La mejor.

- Ya, pero le he cortado el hilo, y no el de Ariadna. Regrese a lo de la esencia del Minotauro.

- Mira, lo español, lo hispánico, está tanto en ese animal noble que por muchas lanzadas que le des va a defender su vida hasta el último aliento, y responderte sin descanso, como en ese torero que aunque lo zarandees o le hieras, va a levantarse otra vez o regresar de la enfermería para recoger la muleta y acercarse de nuevo al peligro con dignidad, hasta la última de sus fuerzas, sin perder el estilo.

- ¡Qué grande me lo pinta!

- Es que es grande.

- No me convence del todo…

- Todos los toreros son el torero. Todos los toros, el toro.

- Me recuerda lo de Todos los fuegos el fuego, de Cortázar.

- Jaja. Sí, sí, también allí había un coliseo con fuego. Arte y pasión. Ai no Korîda (Corrida de Pasión o El imperio de los sentidos), la película franco-nipona de Nagisa Oshima, ¿recuerdas? En Francia y en Japón también hay mucho aficionado. Era del 76.

- ¿Cómo la voy a recordar si no había nacido?

- ¿Qué tendrá que ver? ¿Y la canción del mismo título de Quincy Jones?

- Ésa sí.

- ¿Ves? Pues es de cinco años más tarde.

- Sí, a pesar de que tampoco me habían parido; soy de una ganadería de los primeros noventa, ¡ja!

- Sí, bien se ve que estás hecho un toro.

- De cuello para arriba, puede, jefe.

- Jajaja. Ya me sabía ese chiste.

- Bueno, ya le digo que no me convence del todo, pero ha sido un placer encontrarle de nuevo, y su charla ha conseguido que se me haya hecho corto este ratillo de la salida en falso del tercero y su regreso al corral. Increíble lo de ese Florito y sus cabestros. Había oído hablar de ello, pero, obvio, no lo había visto.

- Sí, un mayoral grandioso. Casi mágico.

- Bueno, amigo, le dejo que siga disfrutando de su licantropía castizo-estacional, yo voy a ver si me acerco a esa morena de la barrera, para estar al quite.

- ¿Crees que las licantropías se disfrutan tanto?

- Usted parece que sí. De todas formas, hasta a los hombres lobo o los hombres toro les debe de fascinar la Luna. No me dirá que no.

- Venga, Leo, no te pongas estupendo… Escucha: ya suena el aviso del siguiente astado.

- Sshhh… Entonces, calle.

- Vale, pero ponte bien la parpusa.

- ¿La qué?