Opinión

Ducado de Equix

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 21 de mayo de 2023

A él acude siempre que puede, pero nunca para vaciarse. Es un territorio que ha sido hecho con los años, como Muñoz Rojas decía de los jardines. Veinticuatro entregas con esta última. Podrían hacer las veces de un manojo de llaves, como los que se contaban en las leyendas de los exiliados sefardíes que conservaron para el día en que pudieran regresar a sus hogares, pero sin dejar de ser ese acto un modo de conservar la melancolía que brota de nosotros con naturalidad.

Así ha encontrado uno Éramos otros, de Andrés Trapiello. No consigo averiguar el porqué. Quizá no deba. Su año 2010, en lo recogido como novela en marcha, ese marbete que gusta a unos y desconcierta a otros, resulta francamente entretenido, y cuando se califican de este modo unas vivencias, se suele referir uno a que ha habido tantos altibajos como hechos memorables, a pequeña escala todos normalmente, pero son los que terminan resultando más válidos y dignos de celebrar. Siempre se está a tiempo de celebrar lo que mande el humor. Ahora o dentro de diez años, pero con el ánimo vigente, sin aprisionarlo ni echarlo a volar. Dice: '¿Volar como los pájaros? Para qué. Más errabundos y expuestos todavía.'

En este diario, por esa necesidad de rozar el ensueño sin perder el suelo, se presta mucha atención a la luna. Puede ser el que más se ha bañado en su influjo y descrito y regodeado en su visión. No es nada fácil, pues durante siglos ha sido el recurso por antonomasia en mil y un cuitas, pinturas, poemas, etc. Pocos deben ser los que no hayan cantado a su estar inmóvil en la noche, a su reflejo que induce a la locura o la parte más aventurera de nuestra intimidad. Pero, de entre las páginas de Éramos otros, emerge hasta sus alturas y nos lanza de nuevo a sus aguas nacaradas, haciéndonos pensar que podremos vivir como si la muerte fuera una injusticia. También para combatir los desamores de los amigos, como en este pasaje: '...presentarme allí y llevármelo a dar un paseo por Sevilla, que siempre sabe aprontar algún consuelo al melancólico, como bien supo Cervantes. Y como él no bebe alcohol, emborracharnos de luna llena, que también es mala como licor, mirando la corriente del río, que allí ni es corriente ni río, solo un espejo con el azogue turbio y maculado.'

Distintos personajes atraviesan estos meses, unos más lunarios que otros, pero todos dignos de figurar entre las equix ―como Trapiello piensa que deberían escribirse las 'X'― y llenar con sus retratos las galerías de este ducado que se provee de las mismas dosis de sensibilidad y mordacidad, justificadas por una escritura que levanta poco la voz: la de alguien que prefiere apartarse y observar, igual que el satélite mentado, cómo puede mejorar el paisaje si otros también lo contemplan. El mismo que no nos acaba de satisfacer y de seguido nos colma, antes de que dejemos de ser y el viento nos enseñe, una vez más, que sopla donde quiere y la vida prosigue. Sólo hechos extraordinarios. Sólo quienes éramos. Más pronto, más tarde, nadies, nada.