Se acerca junio, período recolector tras meses de roturación y siembra. Tiempo propicio para que el estudiante coseche los frutos de sus exámenes. En política también hay evaluación de la gestión. Las elecciones son las raválidas del político. Pero de la necesidad de recuperar, España no se va a librar ni en los inminentes comicios municipales y autonómicos ni en las posteriores elecciones generales. La recuperación inapelable de España pasa por mejorar la economía con tratamiento de choque inmediato, y por establecer un sólido sistema educativo, con respuesta más sosegada y con afán de perdurabilidad. Escribió Joaquín Costa: "Educación y Economía, perentorias para que España elimine el feroz egoísmo y el estéril individualismo de sus habitantes y adquiera la virtud sin la que no hay existencia sana: la solidaridad". Hoy educación y economía presentan un inquietante aspecto de escombrera. Y así, ni emerge la solidaridad ni mucho menos la convivencia pacífica.
El progreso de España pasa por regenerar el actual sistema educativo engendrado por un aciago igualitarismo ideológico y por ese perturbado feminismo radical, que no es que persigan transformar la sociedad, sino que desean su destrucción. La escuela prepara para la vida, que también está hecha de desigualdades, operando la educación como ascensor social. Debemos volver a premiar el mérito y el esfuerzo así como desenmascarar a esas funestas y contradictorias pedagogías "peluche" que tratan al alumno como a una mascota, instándole, al mismo tiempo, a sustituir la obediencia del niño por la plena autonomía de un adulto, sin ilustrarlo acerca de que la libertad conlleva una inherente responsabilidad. El nefasto resultado es que el maestro teme al alumno y el alumno desprecia al maestro. La reforma integral de la educación ha de volver a situar al maestro como la clave del arco de la enseñanza. Nada hay más decisivo para el futuro de una nación que un maestro de primera enseñanza. Devolverle su autoridad y su dignidad y exigir su reconocimiento y respeto. La única autoridad del aula debe ser la del maestro. Ni la del alumno, ni la de sus padres.Otra reforma de envergadura es la recuperación de la concordia nacional. Volver a los consensos de la Transición entre los partidos, con lo que se alumbrará un clima más bonancible para la convivencia democrática entre los ciudadanos, desterrando el frentismo y la crispación desatados por el sectarismo guerracivilista de una izquierda, anclada aún en la II República y en la mentalidad de los soviets, y que pretende ganar la guerra civil cien años después. Previamente, en la política debe volver a imperar la verdad, expulsando de aquella a la mentira. Aunque la hemeroteca certifica la existencia de la farsa, ésta continua circulando a impulso de aquella repulsiva máxima goebbelsiana: una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en verdad. Y, por supuesto, volvamos a ejercer la razón y el sentido común, ahuyentando las emociones, esas con las que los totalitarismos siempre lograron sus objetivos a través de las más altas cotas de manipulación de las conciencias.