Me da que el grado superlativo del disparate viene con un Pam debajo del brazo. No se alarmen, lo de Pam está bien escrito. La secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez Pam ha ideado una innovadora tecnología para contabilizar el tiempo que cada miembro de un hogar destina en las tareas domésticas y con ello combatir la desigualdad de género. A partir de la entrada en vigor de esta fórmula los “agraciados” de la causa común deberán llevar libros oficiales de contabilidad para anotar tiempos y tareas con claridad y rigor de los desempeños diarios; ya saben, un fiel balance para demostrar que si tú planchas, yo friego, o lo que es igual, si yo riego las plantas, tú limpias el polvo (con perdón). Con esta fértil medida las “doctoradas” en pensamiento único han decidido poner fin al pitorreo casero.
No hay escapatoria posible porque el Ministerio de Igualdad donde pone el ojo pone el dinero del contribuyente. La nueva herramienta o app citada es una memez que nos ha costado 211.000 euros, que no es por el dinero, sino por lo inútil de otro trastorno existencial tan propio de la factoría “Pam y Cia. Vayamos al fondo de la cuestión. Salvando las distancias las tareas domésticas son una labor vocacional, ya sé que esta definición puede herir oídos castos y resultar grotesca en ciertos núcleos, pero en un hogar de dos o más a estas alturas de la vida el repartirse las tareas del hogar no es cosa original si se tiene en cuenta la formación cultural de los actores principales. Lo digo porque si fuera algo exigido por decreto estaría sujeto a paga mensual por parte del Estado, y no lo está; por consiguiente, si es gratis, resulta vocacional.
Lo cuento no por enredar, sino más bien por apuntillar la necesidad de actuar de manera diferente si lo que pretenden desde el Ministerio de Igualdad es alcanzar el éxito. Estoy a favor de lo inútil de esta aplicación porque es del todo inservible y además conseguir la excelencia del propósito que se persigue es del todo imposible. La contabilidad doméstica trae a gala principal la de llegar a final de mes antes que lo de racionalizar el trabajo en equipo, que también defiendo a ultranza, pero en esta ocasión lo hago como responsable de mi sentido común y no como súbdito de la estupidez ministerial. Es decir, la mayoría de los hogares priorizan el huevo antes que el fuero a tenor de una medida tan cerril como infecunda. En mi caso me acojo al beneficio de la duda porque nunca es suficiente mi ayuda doméstica, aunque soy consciente, por educación recibida, que mis obligaciones gananciales lo son igual para la salud y la enfermedad y lo que se ponga por delante.
Malgastar dinero del contribuyente en medidas tan de parvulario como la expuesta nos aleja del buen fin que se persigue, que debe centrarse en aquellos o aquellas ciudadanas orgullosas de no estar a la altura de la educación infantil, que como es sabido se trata de la etapa más vulnerable del ser humano, pero a la vez la más receptiva en lo de aprender buenos hábitos y mejores costumbres. Si además de no colaborar en el bien común hogareño obligas a quienes por su taruguez el tener que llevar una contabilidad formal con su Debe y Haber para determinar el valor de un fregado de casa frente a un planchado de camisas, el tema se vuelve más preocupante.
Si la aplicación de la señora Pam trae tiempos marcados para cada tarea doméstica la cosa puede empeorar a la hora de fijar cantidad y calidad. En la cocina, por ejemplo, no es lo mismo emplatar una ensalada César traída del súper, que cocinar un pollo a la cazuela con peras al vino tinto. Y así valdrían los ejemplos respecto de bajar la basura, eso sí, bien reciclada y bien supervisada, frente a sacarle brillo a la plata. Hacer un taladro para colgar un cuadro y que salga bien a la primera, que limpiar los cristales de las ventanas. Me temo, por tanto, que después de esto la estupidez alcanzará la categoría debida mediante Decreto-Ley de obligado cumplimiento. Se creará un cuerpo de inspectores de tareas domésticas para controlar si a María y su pareja les cuadra el Debe y el Haber de su obligación igualitaria, pues en caso contrario serán incluidos en una lista como rebeldes del sistema y además castigados con las penas merecidas por su mala praxis. Me temo que eso les cerrará las puertas para toda relación social y económica de por vida. O sea, lo que viene a ser la política totalitaria.
Insisto en no compartir la revolucionaria formula del servicio de inteligencia del Ministerio de Igualdad porque ningún subordinado a mi servicio –entiéndaseme pagador que soy en calidad de contribuyente titulado- que venga a decirme si friego, plancho o me toca bajar al perro en noches de áspero invierno. Muy desagradable.
En fin, como suele decir un buen amigo de gran tonelaje intelectual: “En mi casa se hace siempre lo que yo obedezco” Seguiría con el tema pero hoy me toca hacer la colada.