Opinión

Colombia en busca de sí misma

Luis Alejandre | Martes 21 de octubre de 2008
Nueva toma de contacto “in situ” con la Colombia profunda. Esta vez en el norteño departamento del Magdalena, allá donde las caudalosas aguas del río que le da su nombre llegan al Caribe tras dejar en un bello remanso –la Gran Ciénaga- parte de su ímpetu. Barranquilla absorbe su impresionante movimiento marítimo; Santa Marta la salida del carbón de la Guajira y un creciente porvenir turístico. Por aquellos lares, Aracataca, nació el universal Garcia Márquez.

Un nuevo y joven impulso desde la cabecera departamental ha creado una Red Ciudadana para la Transformación Social, con el lema “el Magdalena unido, la gran transformación”. Es una sociedad que tiene derecho a buscar nuevas formas de convivencia tras los duros años de violencia. Por primera vez encontré reunidos, trabajando codo a codo a opositores políticos, a representantes de minorías indígenas, a líderes sindicales, a jefes de policía, a toda la sociedad civil. Buscan construir la paz sobre una base social justa, sobre una reconciliación entre “victimarios y victimas” apoyada necesariamente en una justa aplicación de las leyes.

No lo tienen fácil.

Pero, en cualquier caso siempre es mejor construir este clima enmarcado en una paz, que hacerlo desde un conflicto vivo. Es muy difícil amortiguar las espirales de violencia, máximo cuando se remontan a cuarenta o más años. Como siempre los que más sufren y más han sufrido, las madres, los niños, las minorías. Pero, hay consciencia de ello: consciencia de que si no se asienta la paz en un clima de auténtica reconciliación, no durará mucho tiempo. Y los colombianos merecen, necesitan, quieren, una paz definitiva.

País rico, culto, sensible, patriota, tiene claramente más peso específico positivo en el platillo de su balanza, que aspectos negativos. Pero estos subyacen, difíciles de erradicar en forma de guerrillas o de grupos armados al margen de la ley; se mantienen en forma de producción y tráfico de cocaína que lo contamina todo; permanecen en forma de una particular memoria histórica que lo etiqueta todo, que lo prejuzga todo, que lo sentencia todo, sin tiempo casi para analizar, juzgar, incluso escuchar.

En las cuatro largas horas de intercambios de ideas y de programas escuchando sus proyectos de transformación, me venían a la cabeza ciertas constantes de nuestra española vida diaria. ¿Cómo podía animarles a superar sus cuarenta años de guerra, si aun en mi propio país no habíamos cicatrizado los tres de hace setenta?

Intuyo que una nueva generación de políticos jóvenes va a conseguir superar esta pesada carga. Lo había constatado con el entrañable Guillermo Gaviria, Gobernador de Antioquia, asesinado por las FARC durante su forzada prisión en la selva. Lo he comprobado ahora en Santa Marta con el gobernador Omar Diazgranados, un hombre capaz de sentar a su derecha a su mayor opositor en las últimas elecciones. Ambos, capaces de trabajar juntos. Un político que sabe que su antecesor está en prisión por sus contactos con los paramilitares; que sabe que en la Sierra Nevada de Santa Marta-alturas superiores a los 5.000 metros- tiene no solo a grupos insurgentes, sino también a unas minorías indígenas a las que tiene que proteger especialmente; o a otras que han vuelto a sus poblados palafíticos, allá, por la ciénaga, tras haber sufrido los zarpazos de la violencia mas ruin, porque ellos solo podían defenderse con su cultura ancestral y con sus tradiciones.

Son conscientes estos colombianos, del momento histórico que viven, cuando los movimientos insurgentes pierden su fuerza, desmantelados sus apoyos exteriores, desacreditados sus fines. Mataron a siete policías en el último fin de semana, puente también del 12 de Octubre, día de la Raza en aquellas latitudes. Sentí escasa sensibilidad en aquella sociedad.”No pueden ustedes acostumbrarse a convivir con la violencia”, les repetía.

Esta Colombia, merece el apoyo de todos, para que estos proyectos de transformar su sociedad lleguen a buen puerto, como llegan las aguas del Magdalena al gran océano de todos. Porque su problema también es de todos, no sólo por lazos de sangre y de cultura, también por nuestra responsabilidad en ser demandadores que alimentan el narcotráfico, por dar alas a ciertos movimientos que en 2008 no tienen ya más razón de ser que buscar las vías de la reconciliación, para integrarse en esta nueva sociedad colombiana. La que deseamos todos.

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