Opinión

La Revolución Rusa, una exigencia literaria

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 26 de mayo de 2023

Del mismo modo que la mejor literatura durante el reinado de Alfonso XIII era republicana, y fueron sus libros los que trajeron la IIª República, con una alegría popular que no se ha vuelto a ver jamás en España, así también la mejor literatura rusa, treinta años anterior a la Revolución de Octubre y aún más atrás, era antizarista, republicana y abiertamente revolucionaria. Y fueron sus libros, vendidos baratos en los kioskos, y pasados por mil manos, quienes trajeron aquella Revolución que hizo temblar el mundo. La mujer de Lenin, Krúpskaya, sostenía que su marido se hizo revolucionario más por la influencia del gran escritor Písariev que por la ejecución de su hermano. Otra cosa es que la mayor parte de los escritores que alumbraron la necesidad de la Revolución, ante la muy honda situación de inmoralidad, injusticia social y política en la que estaba empantanada la madre Rusia, luego no resistiesen tampoco el nuevo Régimen, y escapasen del paraíso bolchevique que ellos mismos habían ayudado a traer. Así, el premio Nobel Iván Aleksévich Bunin escribió una obra socialmente incendiaria en 1910, La Aldea, todo un cuadro sombrío, atroz, deprimente e infrahumano de la vida rural en Rusia, en donde terratenientes como Tijón Ilich violan impunemente a las campesinas, que luego casan con pobres mujiks, y matan de hambre a los obreros del campo, reducidos a una vida de animales. En el campo ruso no se vivía; a duras penas se sobrevivía. “Metete bien en la cabeza que toda Rusia es una aldea”, decía Balashkin. La superstición sustituía la instrucción del pueblo ruso. “El zar, según decían, era de oro puro, que todo caballo intenta una vez al año, el día de San Floro y Lauro, matar a un hombre.” “Estaba firmemente persuadido de que su familia no murió a causa del cólera, sino por haberse trasladado, después de un incendio, a una izba nueva sin haber hecho que pernoctase antes en ella un gallo, y que tanto él como su hijo se habían salvado por casualidad al haber dormido en el granero”. La miseria material era tan intolerable que había hecho miserables las almas. “Cuando Lukián enfermó, y le compraron un ataúd – era también un ataúd bueno y caro -, trajeron de la ciudad, vodka, harina y pescado en salazón para el velatorio, pero Lukián sanó. ¿Qué podían hacer con el ataúd? ¿Cómo resarcirse de los gastos hechos? Y estuvieron maldiciendo al viejo más de cinco años por no haberse muerto y con sus reproches le acortaron la vida”. Pero llegada la Revolución, la crueldad del poder rojo no arregla la miseria, y Bunin marcha a París, y ya no abandonará Francia. La criminalidad y barbarie de la Rusia de los zares no justificaba la criminalidad y barbarie de la Rusia bolchevique. Otro gran escritor anterior a la Revolución fue Leónidas Andréyev. Su Vida de Vasilii Fiveishkii nos cuenta la vida de un sacerdote ortodoxo, cuyas terribles desgracias familiares – muerte de hijos, hijos retrasados, mujer alcohólica y muerta en un incendio – sintonizan perfectamente con el infinito dolor que sufre toda la tierra rusa por la explotación brutal y las injusticias políticas. “Había convocado el dolor humano y éste acudió a su llamada. “Pobre amigo, vamos a luchar juntos, a llorar y a buscar juntos, pues el hombre no puede esperar ayuda de ninguna parte” – se decía aquel pope visionario, que estaba convencido de que se podía resucitar a los muertos si se le pedía a Dios con fe. Pero cuando llega la Revolución que con tanto afán Andréyev había trabajado para su venida, no le gusta nada lo que ve, y se retira a su casita de Finlandia, desde donde denuncia los excesos bolcheviques, que reproducen los peores vicios del zarismo totalitario. Gorki, fiel a la nueva mundivisión, lo llamará loco, para no tener que debatir con él, que combatir con argumentos siempre es un incordio fatigoso. Alexánder Ivánovich Kuprín denunció el negocio de la prostitución en los últimos años de la Rusia zarista. Su obra La cloaca representa una cumbre literaria, a la par que humanista, sobre este deshumanizador tema. Ni el prevoltairiano, travieso y genial, Luciano de Samosata en sus Diálogos de las cortesanas, ni nuestro Nicolás Fernández de Moratín en su erótico poema Arte de las putas, quisieron ver la tragedia que se esconde en la prostitución, como sí lo hace Kuprín. Emociona al lector que en sus descripciones del prostíbulo “la grosería y la jactancia de las palabras obscenas, vivía un sentimentalismo histérico tan almibarado, como en los pensionados femeniles regentados por monjas y, según dicen, en los presidios”. Nos aparecen verdaderos ángeles sacrificados en el más mugriento matadero moral, al lado de sádicos rufianes. “Su cara estúpida e inocente a la vez recuerda el blanco y azucarado corderillo pascual”. Esta novela constituye el mayor argumentario moral contra la prostitución, y su influencia fue tan grande que tras la Revolución quedó prohibida la prostitución, pero que la maltrecha condición humana la hizo mantenerla en la clandestinidad, a la que acudían incluso algunos miembros notables de la nomenclatura del estado soviético. Kuprín se dio cuenta en seguida de este fariseísmo, y descontento, además, del totalitarismo del primer estado comunista, marchó en el momento que pudo a Francia. En la dulce Francia pasó veinte años con el agudo dolor de la saudade, y no pudiendo soportar más la morriña solicitó de las autoridades soviéticas la posibilidad de morir en la madre Rusia; a lo que éstas accedieron, sin permitir Stalin jamás que nadie se metiese con el gran escritor liberal, que murió en su patria a los dos años en el marco de un exilio interior.

El nacionalismo ucraniano nace de la literatura, concretamente de la obra literaria de Shevchenko. Y no sólo el nacionalismo, sino la propia lengua ucraniana, con la que Shevchenko escribió el poema épico Haidamaki, sobre el movimiento campesino ucraniano. Este nacionalismo “literario” tiene una fuerte vena romántica, como todos los nacionalismos del siglo XIX, pero es pacífico, tierno, terruñero, entrañablemente eslavo y nunca rusófobo. En nada se parece al nacionalismo fascista que nació en Ucrania a finales de la Primera Guerra Mundial, y que el gran escritor también ucraniano Bulgákov describiría como un verdadero veneno en su gran novela La Guardia Blanca. Desgraciadamente el actual gobierno ucraniano defiende un nacionalismo más parecido al del antisemita Petliura que al del pacífico poeta Shevchenko. Los bolcheviques, atentos a esta bella literatura nacionalista, reconocieron a Ucrania como una República en el marco de la URSS. Sin este lirismo étnico, sin esta magnífica literatura regionalista, Ucrania no hubiese sido Estado, y hoy quizás los pueblos eslavos no se matasen por el veneno que les ha introducido Occidente. Si es verdad que el Verbo se hizo carne en la persona de Jesús, desde el ámbito de lo humano hay que decir que las palabras forjadoras de la gran literatura también se hacen carne; esto es, realidad histórica.