El 20 de abril de 1925, Percy Fawcett se embarcó junto a su hijo Jack y el amigo de este, Raleigh Rimmel, en la que sería su última aventura en la búsqueda infructuosa de Z, la ciudad perdida. Poco más de un mes después, desaparecieron para siempre en el interior de Mato Grosso (Brasil), probablemente capturados por una tribu caníbal. En Infierno verde. Percy Harrison Fawcett y la ciudad perdida, la maravillosa editorial La Felguera nos ofrece un acercamiento a su figura, de la mano de Peter Sennet, editor de la obra y experto en el explorador inglés, rica en contexto, historiografía y fuentes.
La obsesión de Fawcett estaba mediada por las enseñanzas de la teosofía, que tuvo amplio predicamento en el final del s. XIX y el inicio del XX, debido a la labor de Helena Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica: «para los teósofos -y por tanto para los Fawcett (...)-, la humanidad se divide en siete razas-raíz: invisibles (1), hiperbóreos (2), lemurianos (3), atlantes (4), la actual nuestra (5) y dos más (6 y 7) que aún están por llegar» (p. 47). Nuestros predecesores, habitantes de Lemuria y la Atlántida, hoy perdidas, fueron iluminados por mentes superiores, extraterrestres. Y aquí se deslizan cuestiones filonazis: Blavatsky escribió que «la filosofía oculta enseña que los egipcios eran un resto de los últimos atlantes arios» (citada en p. 48), conduciendo al surgimiento de la ariosofía. No olvidemos que los nazis creían poder encontrar Agartha, lo que justificó sus expediciones al Tíbet, e incluso nos topamos con monjes tibetanos defendiendo Berlín en 1945. El propio Fawcett profesó el budismo durante su estancia como oficial en Sri Lanka.
Todo esto se halla en la formación intelectual de nuestro protagonista, quien pensaba que los indios de su ciudad perdida, a diferencia de aquellos que por su tez comparaba con simios, serían pelirrojos, blancos, descendientes de una raza mítica oculta en ese infierno verde que constituye la selva amazónica (por ello, aún cobijaban la pureza racial). Y es que desde el principio se mostró proclive al pensamiento mágico, sostenía que el hijo fruto de su matrimonio con Nina Paterson iba a ser una suerte de mesías; nos narra una historia de monjes y adivinos budistas que se le presentaron en Colombo para anunciarle ese acontecimiento y cómo su hijo Jack sería poseído por un espíritu avanzado para guiar a la humanidad, como una reinterpretación de la historia de los tres reyes magos. Siempre estuvo inclinado hacia el ocultismo y el espiritismo (usaba la güija para decidir movimientos militares durante la IGM), hasta el punto de que más que un explorador nietzscheano, como reza la faja del libro y fue apodado por Jon Hemming, habría que colocarle el apelativo de «lovecraftiano», pues si uno atiende a sus diarios, ideas y creencias, la lógica de ese universo es la que se encuentra entre bambalinas, lo que salta a la vista para cualquiera que conozca la mitología de Cthulhu. Por poner un caso, observamos la referencia a una estatuilla con caracteres ininteligibles grabados (el dibujo se encuentra en la p. 86), que es un recurso bastante habitual en los textos del de Providence. Tampoco comporta una sorpresa, pues, por ejemplo, El Libro de Dzyan, que es uno de los anclajes de la teosofía de Blavatsky, aparece citado en El morador de las tinieblas de Lovecraft.
De este modo, inspirados por unos portugueses del s. XVIII, la Ciudad Perdida de Z, el Dorado, creían poder localizarla en el Brasil, que, sostenían, debió ser antaño una isla, con lo que bien pudiera apuntar a la Atlántida platónica. Tras su desaparición, no es de extrañar que algunos teósofos sugirieran que ya no se hallaba en la superficie, por lo que carecía de sentido buscarlo allí, en el «infierno verde», sino que había ido a parar a las ciudades sumergidas. De hecho, él mismo afirma: «Todavía permanecen activas 'Logias' que estuvieron estrechamente relacionadas con civilizaciones atlantes o preatlantes, o, para quienes prefieran el término, prehistóricas, ¡y que poseen registros completos de estos pueblos!» (p. 141). ¿A la obra de qué autor vuelve a sonarnos esto? En los cinco escritos de Fawcett incluidos en esta edición promueve la desaparición del yo, el poder de la voluntad, la existencia de una conciencia astral y múltiple (capaz de viajar por diferentes planos) o la evolución inspirada de la humanidad. Percy Fawcett, este hombre del que brotaría el personaje de Indiana Jones, parece arrancado de un relato literario, perfectamente podría ser el profesor Nathaniel Wingate Peaslee de La sombra que salió del tiempo (escrito unos diez años después de su desaparición en Mato Grosso). Ambos perseguían una ciudad perdida en la que habitaba una Gran Raza de la que poco sabían, capaz de valerse de una conciencia tránsfuga. Como dijera en una entrevista su otro hijo, Brian, «Z era para él como X, una incógnita» (p. 182) que no consiguió despejar.