Opinión

Vuelve la Teología de la Liberación

TRIBUNA

José María Méndez | Miércoles 31 de mayo de 2023

Entendemos aquí la expresión “Teología de la Liberación” en su sentido más amplio. O sea, olvidar que la misión de la Iglesia es llevar las almas al cielo y en su lugar proponer como su finalidad arreglar los problemas de este mundo.

En la segunda mitad del siglo XX este error se extendió en América latina en forma de lucha contra los explotadores capitalistas. Los compañeros de viaje de esos supuestos teólogos fueron los terroristas, que por entonces abundaban en aquellos países. El cura con las armas en la mano era el símbolo de aquella Teología de la Liberación.

La energía y la lucidez mental del santo Papa Juan Pablo II acabó con aquella aberración doctrinal. Puede verse en Internet el vídeo con su famosa reprimenda a Ernesto Cardenal.

Pero vayamos al fondo de aquel tipo de pseudoliberación. Recordemos a los fariseos preguntando a Jesús si era lícito o no pagar el tributo a los romanos. La sabia respuesta fue “dad al César lo que es del Cesar” (Lc, 20, 25).

El mensaje fue bien claro. Aceptad el dominio político de los romanos. Son más fuertes que nosotros y nos someten. Pero también es cierto que nos construyen carreteras, puentes y acueductos, que nosotros seríamos incapaces de hacer. Además aseguran el orden público y administran justicia mejor que nosotros.

Llamemos a este sensato criterio “el mal menor”. Por el contrario, “el mal mayor“ fue la estéril rebelión del año 70 y su aplastamiento por Vespasiano y Tito. Jerusalén fue arrasada. Durante varios siglos de ella no quedó literalmente piedra sobre piedra.

Jesucristo no vino a liberar a los judíos del yugo romano, sino para abrir las puertas del cielo tanto a judíos como a romanos. “Mi reino no es de este mundo” (Jn, 18, 36). La Iglesia fiel a este criterio de Jesús ha multiplicado las obras concretas de asistencia y misericordia, sabedora de que el ideal de la perfecta justicia en este mundo está fuera de las posibilidades humanas. Los sacerdotes-terroristas no arreglaron nada. Más bien dejaron las cosas peor de lo que estaban.

En nuestros días la Teología de la Liberación rebrota en Alemania, aunque con un contenido distinto. Y con el agravante de que son los obispos los promotores de la desviación de la doctrina de Jesús. Ahora los compañeros de viaje son los miembros del colectivo LGTBI. Se quiere liberar a los homosexuales de la marginación social.

Por supuesto, en todo lo que vamos a decir a continuación excluimos de entrada a los invertidos por nacimiento, como Tchaikovski. Bastante desgracia tuvieron y tienen. Nos referimos a la homosexualidad libremente querida y practicada, lo que antes se denominaba “nefando vicio de sodomía”.

Jesucristo salvó de la muerte a la mujer adúltera. Pero condenó con nitidez el adulterio. En consecuencia, San Agustín distinguió entre “el pecado” y “el pecador”. El pecador es merecedor de toda compasión. Hay que acoger al homosexual

voluntario como al ser humano débil que somos todos. No está en nuestro poder condenarlo o perdonarle. Eso no puede hacerlo más que el propio Jesucristo. Lo que está en nuestras manos es tratarle con la mayor humanidad y comprensión posibles.

En cambio, el pecado como tal, o sea, su concepto teórico y abstracto, tiene que ser condenado con toda contundencia y claridad. Hay que condenar la sodomía y el lesbianismo, en cuanto homosexualidad artificialmente provocada, como gravísimos pecados a nivel religioso, y como una repugnante contaminación contra la Naturaleza a nivel ético.

Obviamente los obispos alemanes actuales acogen con gran benevolencia al pecador, pero no se atreven a condenar públicamente el pecado. Tienen demasiado miedo al movimiento LGTBI. Y tampoco la actual jerarquía católica en su conjunto levanta la voz para condenar la sodomía y el lesbianismo, como sería de esperar.

Por eso es oportuno citar textualmente el punto 2357 del “Catecismo de la Iglesia Católica” que el valiente Papa Juan Pablo II promulgó el 11 de octubre de 1992. Dice así. “La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominantemente, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura, que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementaridad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

De vivir en nuestros días, el Papa Juan Pablo II no se hubiera “achantado” ante el dinero y el poder político y mediático que está detrás del movimiento LGTBI. Y al propio tiempo habría tratado al pecador concreto con tanta humanidad como puedan hacerlo los obispos alemanes. Y probablemente mejor que ellos.

La frase “ cierran el acto sexual al don de la vida” equivale a aplicar la Regla de Oro. Si todos los hombres y mujeres, todos y todas sin excepción, siempre practicaran la homosexualidad y nunca la heterosexualidad, la misma humanidad desaparecería en una generación.

Sin embargo, los actuales obispos alemanes no se atreven siquiera a pronunciar en público esta verdad de Perogrullo, no sea que se enfaden los mandamases del LGTBI.

Este “clamoroso silencio” es culpable de complicidad. Respalda indirectamente la equiparación moral y legal entre homosexualidad y heterosexualidad, que es la tesis básica del movimiento LGTBI. Aquí se cumple a la letra el criterio jurídico “quien calla otorga”. Quienes tienen la perentoria obligación de hablar se callan justo cuando su voz es más necesaria y esperada.

Pero vayamos al corazón del error de los teólogos de la liberación, sean curas sudamericanos u obispos alemanes. Hay una razón profunda por la cual la Iglesia nunca arreglará las injusticias de este mundo.

Decía con cierto gracejo Romero Robledo “esto no tiene arreglo, ni hay quien lo arregle, ni conviene que se arregle”. Si se corrige la injusticia A en un sitio, no tardará en surgir la injusticia B en otro sitio. Siempre el bien y el mal estarán

mezclados en este mundo. Nunca triunfará del todo el mal. Pero tampoco triunfará nunca del todo el bien. La lucha entre el bien y el mal no se decide nunca. Esta siempre abierta.

En rigor, estamos ante la esencia del “estado de prueba”, al que aludí en un artículo anterior (El Imparcial, 07/05/23). El ser humano es colocado en pleno campo de batalla entre el bien y el mal. Es libre en sentido positivo. Tiene que comprometerse por uno y otro bando, decidiendo con ello su propio destino eterno.

Si se hubiese terminado la batalla, no tendría razón de ser el estado de prueba. Por tanto, adquiere pleno sentido la frase de Romero Robledo “ni conviene que se arregle”. Probablemente él nunca midió la enorme profundidad de su frase, dicha más bien en tono jocoso. Pero dio casualmente en el clavo al describir mejor que nadie la esencia del estado de prueba. Por eso es irracional, y está fuera de la realidad, la mentalidad de los teólogos de la liberación, que se creen capaces de arreglar lo que no tiene arreglo por definición.

Afortunadamente la Iglesia ha contado siempre con personas sensatas y eficaces como San Juan de Dios o Santa Juana Jugan. Renunciaron a la inútil revolución con las armas o al insensato intento de volver la Naturaleza del revés. Se atuvieron a la prudente doctrina de dar al César lo que es del César. Escoger el mal menor. En la medida de sus fuerzas ayudaron a los que tenían a su alcance. Se contentaron con asistir a “algunos”, conscientes de que no podían llegar a “todos”.

En la Iglesia sobran los ilusos teólogos de la liberación. Lo que se necesita son santos con los pies en la tierra, como Juan de Dios o Juana Jugan. Y aún son más necesarios los obispos valientes y fieles al Evangelio, como Juan Pablo II.