Me hubiera gustado titular esta página, acaso la misma tribuna desde la que Uds. me leen, “Bajo el Signo del Fin del Mundo”. Es el nombre que dio Gilbert K. Chesterton a sus series en el New Witness, pero cuando escribía sus páginas él era joven y yo ya no lo soy tanto. No me conviene, en resumen, un título tan trágico porque los viejos – advertía el mismo Chesterton – no se desesperan. Habiendo conocido varias veces el fin del mundo, acaban convenciéndose del fin del fin del mundo. Es la juventud la edad propicia a la desesperación.
Sostengo a menudo, sin embargo, que el mundo se acabó en la larga gran guerra entre 1914 y 1945. Ahora bien, si concedemos la posibilidad de construir el mundo de nuevo habría que rechazar la idea de que entonces el mundo llegó al final.
Desde luego, aquella guerra absoluta supuso una auténtica ruptura: sólo sesenta millones de bajas en su segunda fase, millones de jóvenes en la plenitud de su edad que dejaban tras de sí unos jóvenes más jóvenes que acabarían por concebirse dotados de una identidad propia y comenzarían a a presentarse de forma masiva como adolescentes, en rebelión contra toda aquella autoridad que, con su vieja dignidad, había sido incapaz de evitar la masacre. Esa adolescencia es una forma de barbarie crecida en el seno de las propias naciones desangradas que alienta, sin embargo, contra la brutalidad sin matices de los campos de exterminio y las batallas de material. Los más jóvenes se revolvieron contra el mundo que concluyó en la inmundicia de los “campo de gloria”, que sumergieron Europa en una atmósfera letal. Es “el fin del mundo” que describe el dadaísmo con verbo convulso porque la guerra había destruido el mismo lenguaje, poniendo fin al “soñado jardín de la cultura liberal” (G. Steiner) ¿Cómo imaginar la figura de Chesterton en esa posguerra del fin del mundo? Si casi estuvo a punto de morir en la primera gran guerra, cayó definitivamente en el umbral de la segunda.
La conmoción se deja sentir todavía hoy en la forma de un ansia neurótica de felicidad, en unas formas de trabajo y de consumo que atentan contra los últimos restos del viejo hombre de la antropología, en discursos y doctrinas que rechazan toda idea de la condición humana, en un posmodernismo ridículo que traspasa con un halo de estúpida sinrazón desde el arte a la filosofía, desde la política a la empresa y nos conduce a un eclipse de nuestra condición antropológica. Es – se diría – el fin del mundo o es la onda expansiva, a un siglo de distancia, del colapso que supuso la última gran guerra. Es un colapso que cuando hoy se repite, lo hace como farsa.
Con los años he dejado de creer, sin embargo, en todos los augures del fin del mundo. Si se mantienen conectados a los medios de comunicación y redes sociales acabarán percibiendo la inminencia del acabose. El pavor percibido es el efecto – acaso intencionado – de unos medios de falsa comunicación (la expresión telecomunicación encierra una contradicción) que facilitan la gestión de poblaciones que resultan serviles cuando están sometidas a un estado de pánico inducido. Vivimos acuciados por una emergencia sin sentido, en un incesante estado de alerta que concluye en agotamiento y hastío.
No se trata de impostar una actitud de optimismo pánfilo ante la catástrofe histórica, sino de saber que, aunque la vida humana se desarrolla al borde del abismo, sabe también conjurar el miedo. Hay un arma contrastada para la victoria sobre el miedo: consiste en construir formas de vida en común sostenidas en la confianza mutua, única base de la esperanza. Sobreponerse al irrespirable ambiente de la sospecha hacia el prójimo, revertir el homo homini lupus en nombre del viejo homo homini sacra res.
Es una conversión profunda que exige una revolución auténtica, no meramente política. Se trata, en resumen, de volver a construir el mundo no ya desde sus ruinas, sino en mitad de este impensable desierto.
Pudiera parecer locura entregarse a esa confianza en mitad de la actual jauría humana. No tengo la menor duda de que se aproximan tiempos de profundo sufrimiento, pero no hay otra vía de recuperación del mundo. En mitad de la escombrera de la historia, quebrada hace un siglo, podemos recuperar piezas para la obra común. Hay que empezar por arriesgarse a una delirante confianza.
Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? (Mt 6.26)