Opinión

Guerra total

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 04 de junio de 2023

Después de la estrepitosa derrota alemana en la batalla de Stalingrado, que marcaría decisivamente el inicio del fin del Reich hitleriano, Goebbles pronunció en el Palacio de los Deportes de Berlín, su famoso discurso del 18 de febrero de 1943 llamando a los alemanes a la “guerra total”. Con estas palabras lo anunció: “Esta es la hora del fanatismo y no del raciocinio. Ahora nos estamos jugando el todo por el todo. Toda acción, todo pensamiento y toda voluntad han de ir encaminados únicamente a luchar y a resistir”. La convocatoria a la guerra total identificaba previamente al enemigo: el judío culpable de todo. Y suponía métodos más draconianos y radicales para quienes se opusieran a aquella necesaria “guerra total”, pagándolo con su propia vida.

Así es como en toda Alemania se impuso el servicio general del trabajo, aumentaron las tareas para los funcionarios, cerraron las tiendas de lujo y locales nocturnos y se suspendieron las vacaciones. En vagones ferroviarios, en paredes, en los escaparates, en los teatros, por todas partes podía leerse la frase “Nuestras ruedas deben moverse solo para la victoria”. Como narra Dante Alfieri, por aquél entonces embajador de Italia en Berlín, en su libro Dos dictadores frente a frente, “el pueblo alemán exhausto, decepcionado, desangrado, cargado de lutos y de sufrimientos, acaba por convencerse de aquella ineludible necesidad y resiste en un esfuerzo supremo y heroico. Pero la guerra está perdida ya”.

Hecha abstracción de las coordenadas de tiempo y espacio, se observa cierta similitud circunstancial entre el sentimiento de desesperación y huida hacia adelante con que el dirigente nazi trata de espolear al espíritu del pueblo alemán y la temeridad protagonizada por un extremista y fanático Pedro Sánchez ante sus desilusionados Grupos parlamentarios del Congreso y del Senado, a los que intenta movilizar con una arenga frentista para una “guerra total”, leáse en clave electoral. También guardan semejanza los ánimos derrotistas que embargaban por aquella época a los alemanes con los que acongojan hoy a los diputados y senadores, así como a cualquier dirigente del PSOE, unos, tras el duro desastre en Stalingrado, otros, tras la debacle en los comicios del 28-M.

Pero aún concurren más similitudes entre ambos escenarios de angustia y zozobra. La terquedad en el no reconocimiento del error y la osadía en el señalamiento de un culpable. Inocentemente, Sánchez justifica su órdago para “clarificar” en la urnas qué España quieren los españoles. Como si no le hubieran gritado ya que no le quieren. Como Goebbles, Sánchez unifica falsamente al enemigo: extrema derecha y derecha extrema “corriente reaccionaria semejantes en forma y fondo”. Advierte Ignacio Varela, socialista de los que contribuyeron al triunfo histórico de Felipe González en 1982 que “Sánchez ha alcanzado un punto irreversible. Su relación con la sociedad española ha hecho crac. Pero lo que es seguro es que el tiempo hasta las elecciones va a ser terrible. Vamos a ver cosas en la próxima campaña que hoy no podemos ni imaginar”. Es la guerra. Y además, total.