El rictus enjuto y contraído del Sr. presidente era uno con su verbo acerado y su voz opaca. Capaz de tres gestos en su duro rostro, no puede decirse que sea expresivo, pero sí capaz de mudar mecánicamente la actitud en función del tema o el interlocutor, según una dinámica aprendida ante el espejo. La soberbia contenida parecía subírsele a la boca y se complacía en una lenta y despectiva masticación. Anunció la convocatoria de elecciones generales y, desde ese momento, procedió al ultraje y estigmatización del oponente, que ha aprendido bien a tragar sapos y culebras y seguirá tragándolas para alcanzar la plaza que alguna vez deje vacante el gran hombre.
Hace décadas que aumenta incesantemente una desconfianza hacia los que nos gobiernan, mientras éstos – lastimosos ante la actitud desconfiada de los “ciudadanos” – ignoran su responsabilidad en el incremento de esa creciente suspicacia. Son los caciques, barnizados de democracia, de nuestro tiempo. Si los antiguos dominadores usurpaban el lugar de la autoridad, los tiranos modernos han montado un tinglado de ilusión y birlibirloque por el que se elevan a los cuadros supremos del gobierno en función de un cálculo numérico basado en principios dudosos. Pero ya no les creemos, hace tiempo les hemos dado la espalda sin que hayamos encontrado, sin embargo, la salida de ese mecanismo ilusorio que, si quiere funcionar, debió contar con nuestra confianza en su triste apariencia.
¿Es ya demasiado tarde? La desconfianza – un auténtico desencantamiento del conjuro para-democrático – se ha extendido pasando de las burocracias de gobierno a las empresariales. Hoy ese escepticismo extremo alcanza la forma de una gran deserción, un despido y abandono masivo de trabajos relativamente bien remunerados. No han dejado de emerger, por el contrario, pequeños ensayos de cooperación y comunitarismo, acaso doctrinalmente errados pero dotados de una voluntad firme, basada en una conciencia plena, de la necesidad de una radical reconstrucción del mundo.
No nos fiamos tampoco de los grandes críticos y radicales. El desarraigo que resulta de dos siglos de desarrollo industrial y liberacionismo político hizo de la presunta crítica radical de la sociedad un mero adorno de buen tono. Con su hipercrítica los malotes indicaban su pertenencia a las élites culturales de nuestro tiempo: desde Sid Vicious a Baudrillard, desde David Bowie a Jeff Koons. El efecto extremo ha sido la pérdida de toda continuidad con el pasado histórico de nuestras sociedades de soberbios egos neuróticos.
Esa pérdida tiene un efecto directo sobre nuestras vidas porque impide que aprendamos a hacernos viejos. Los actuales jóvenes decrépitos de más de cincuenta años ignoran que “…si realmente existe algo que pueda llamarse progreso, debe significar, por encima de todo, el estudio cuidadoso de todo el pasado y su incorporación” (G.K.C). Por el contrario, nos encontramos pasmados ante un presente sin dimensión, ansiosos por el logro rapaz de falsas satisfacciones inmediatas. En estas condiciones no envejecemos, pero nos degradamos convirtiéndonos en jóvenes decrépitos.
En esta actualidad sin mañana leo el curioso texto que les cito: “la burocracia moderna ha minado las tradiciones precedentes de la acción a nivel local cuya revitalización y difusión representa hoy la única esperanza de que surja una sociedad decente tras el naufragio del capitalismo” – son palabras de Christopher Lasch en los años 70 – tendríamos que medir la dimensión de esa pérdida de tradiciones capaces de soportar una sociedad decente, tendríamos que aprender a sostenerlas o a rehabilitarlas si fuera posible.
¿Imaginan el efecto que sobre el gesto torturado del Sr. presidente puede tener la lectura en la misma frase de esas dos palabras: “tradición”, “decencia”? ¿Pueden ver cómo modula de inmediato – con una voz atroz – la acusación de fascismo? No perdamos la calma, hace tiempo que sabemos que – en el juego de espejos de la modernidad – la reaparición del fascismo tendría la forma de antifascismo.