Vox no despega ni termina siquiera de existir en Galicia, acaso por notarse que sus candidatos no han leído ni citan a Cunqueiro. Sin embargo, ha más o menos duplicado sus votantes en relación con los anteriores comicios municipales y autonómicos, pues basta con que Pedro Sánchez o las jerifaltas podemitas abran la boca en público para que de su halitosis nazcan cien nuevos simpatizantes de la que, cuando estás líneas escribo, es la formación clave para que se pueda extirpar el nacional-sanchismo del gobierno de cuatro o cinco comunidades. Y me pregunto hasta qué punto ha influido en ello la comparecencia en marzo y ante las Cortes de Ramón Tamames, viejo león que, al tomar la palabra, no hizo otra cosa que reivindicar el sentido común en la vida pública y, en particular, la política.
Todos los comentaristas paniaguados de aquí y allá -y también los que aún escriben por libre- juzgaron en su momento esa intervención suya fuera de lugar, ajena a la realidad y, sobre todo, indolora para el Gobierno... además de causante de un inminente retroceso del partido impulsor de la misma. Más lo cierto es que las urnas han despojado de razón a las sibilas y Vox no sólo ha resistido, sino que su influencia ha crecido de modo notable.
Como la principal causa del despeñe de Sánchez ha sido el cansancio y el visceral rechazo de centenares de miles de votantes -incluidos los tradicionales del PSOE- y también de quienes no votamos a los morbosos delirios de un ejecutivo que, mientras la bolsa de la compra se torna imposible para los bolsillos, gobierna -después de para el contento de la alta finanza- exclusivamente para el aplauso del corifeo integrado por los psicópatas, las mascotas, los transexuales, los okupas, los sexshops, el feminismo trepa y los ex etarras y despilfarra el dinero público en campañas de propaganda institucional en clave de porno casero y propias de puticlub, y en vista de que el eje de la moción de censura de Tamames fue: "Señores, olvídense de partidos e ideologías y acuérdense de aquello llamado sentido común"...
Con esto en mente, decíamos, emerge entre las nebulosas de mi psique descreída de la política y pensante a menudo en blanco y negro la sensación -subjetiva y acaso, sí, algo de diseño- de que quizá algo de mérito en el desplome sanchista haya que atribuir a ese senecto varón que tomó la palabra en las Cortes para, simplemente, pedir cabeza y seso, así como al querido Fernando Sánchez Dragó, inspirador de fondo y entre bambalinas de la idea de la moción de censura. Con lo que, atando cabos y causalidades, habría también, quizá, que hablar de una victoria de cuanto encarnó y representó en su día Dionisio Ridruejo, que al fin y al cabo fue, en gran medida, el padre espiritual de ambos sabios de la tribu.
Tal vez sea esta una lectura en clave sentimental y romántica, sí, nivoliana y unamunesca. Pero la eventual justeza de tal apreciación mía no haría, a la postre, sino venir a confirmar que siempre que un partido comete un acierto es sin poseer conciencia real del mismo y gracias, también sin percibirlo, a los movimientos que le sugieren jugar sobre el tablero gentes sin partido e incluso -como lo era Fernando- contrarias a la existencia de los mismos.
¿Que se antoja un disparate creer que el espíritu de Dionisio Ridruejo pudiera inspirar siquiera sea desde el hogar etéreo y platónico de las Ideas el avance de una formación cuyos centuriones no leen a Cunqueiro? Bien, pero... ¿Acaso no se distinguió siempre Dionisio Ridruejo por escribir derecho con renglones torcidos? Quién sabe si por eso, al contemplar la devastación sufrida de un plumazo por los hace nada orgiásticos campamentos sanchistas y podemitas, me ha venido al magín aquel jersey de cuello de cisne tan a menudo lucido por el poeta y que es, además, tan cabal símbolo del cambio climático del que tanto se habla y habrá que encarar. ¡Sonó al fin la hora, parece, del retorno del cuello vuelto!