Con este título acaba de aparecer un libro de Manuel Alfonseca (CEU Ediciones, 318 páginas). El autor es Doctor Ingeniero de Telecomunicación y Licenciado en Informática. Ha trabajado ventidós años en IBM. Posee plena autoridad en el terreno científico. Sabe de lo que habla.
El lector profano en física y biología, pero deseoso de ponerse al día en estos fundamentales temas, se siente gratamente sorprendido al observar que el libro se extiende además a cuestiones de más calado, como el sentido de la vida humana y las relaciones entre Fe y Ciencia. Ve colmada con creces su inicial intención de informarse sobre los últimos avances de la ciencia.
En este primer artículo me limitaré a unas observaciones sobre el Capítulo 5, “El problema del tiempo”.
Muchos científicos hablan de un tiempo reversible. En él los seres vivos primero mueren y luego nacen. Curiosamente, el tiempo corre para ellos cuando están muertos y deja de correr cuando están vivos. Por otra parte, el mismo Einstein afirmó que el tiempo es una ilusión (Pag.89). Alfonseca da razones de por qué se trata de absurdos carentes de lógica y de opiniones enteramente gratuitas. Comenta: “Me parece sorprendente que físicos de prestigio pierdan el tiempo con estas teorías, que pertenecen a la ciencia-ficción más que a la ciencia, y que las publiquen en revistas serias (y se las acepten)” (Pag. 105).
Con todo, busquemos una explicación para la falta de lógica de estos científicos. La supuesta reversibilidad del tiempo parece venir de la confusión entre el tiempo y su medición gracias al espacio. En la materia inerte, los procesos van siempre desde el orden hacia el desorden. Es el Segundo Principio de la Termodinámica. El tiempo es claramente irreversible.
Alfonseca recuerda la lapidaria frase de Eddington: “Si tu teoría se opone al segundo principio de la Termodinámica, te espera la más profunda humillación” (Pag. 98). Pero quizá sea mejor pensar en los seres vivos. Es la experiencia que todos tenemos de la continuidad del tiempo. Cada vez que nos despertamos por la mañana comprobamos que seguimos estando vivos. La continuidad del tiempo de nuestra propia vida no ha sido rota. El tiempo camina siempre hacia adelante, pero además de modo continuo. Cualquier solución de la continuidad es letal.
Sin embargo, no tenemos acceso directo a ese tiempo continuo. No lo percibimos. En realidad se trata del misterio mismo del ser, del permanecer en la existencia, al que no llega la inteligencia humana. Ahora bien, como la distancia desde el nacimiento hasta la muerte varía de unos a otros vivientes, necesitamos medir de alguna manera el tiempo. Sólo podemos hacerlo indirectamente, vinculando el tiempo con el espacio mediante un reloj. A lo que tenemos acceso es al espacio. Es lo que podemos medir directamente.
En el movimiento circular de los relojes tradicionales vemos pasar tres veces seguidas la aguja horaria por el punto 12. Percibimos dos giros seguidos de 360º. Los espacios recorridos son iguales. Y de ahí deducimos que los tiempos de ambas horas serán también iguales. Pero eso lo suponemos, no lo sabemos.
Lo mismo ocurre si el reloj consiste en un movimiento oscilatorio. La oscilación de ida desde A hasta B tiene la misma longitud que la oscilación de vuelta desde B hasta A. Y con sólo este apoyo damos por bueno que ambas oscilaciones son también iguales en su duración. No lo sabemos. Lo suponemos sin más.
Esta es una limitación fundamental de la inteligencia humana, que todos los científicos debieran reconocer y aceptar. Medir directamente el continuo del tiempo es una “contradictio in terminis”. Sólo podemos hablar de cantidad de tiempo recurriendo al espacio, que es discreto y es lo que está al alcance de nuestra experiencia.
A partir de las constantes más básicas de la fisica, Max Planck calculó primero el hodón o distancia mínima en nuestros cosmos. En teoría es el diámetro de la partícula más pequeña y la mínima separación entre dos partículas. Lo estimó en 10-33 cm. Y a partir de ahí dedujo el cronón o tiempo mínimo, dividiéndolo por la velocidad de la luz. O sea, 10-43 segundos. Es el procedimiento correcto. Máx Planck era un físico serio y respetuoso de la lógica. Sólo podemos medir el tiempo de modo indirecto. Es el espacio lo que medimos de manera inmediata y directa. Otra cosa es que la física actual esté todavía muy lejos de llegar en sus experimentos a esas cifras extremas. Lo más probable es que no llegue nunca. Pero en todo caso sólo podemos medir el tiempo gracias al espacio. Como el espacio es discreto, tiene sentido hablar de números cardinales y aplicarlos luego al tiempo, aunque de suyo éste sea continuo e inaccesible a toda medida.
Si el espacio es reversible, también lo será el tiempo. Esta parece ser gran la falacia en que inciden los científicos antes aludidos. Las agujas de los relojes darían las mismas cifras, si girasen en el sentido que llamamos justamente “antihorario”. Y da igual tomar AB o BA como la primera oscilación. Pero de que el espacio sea reversible no se deduce que el tiempo también lo sea. Sólo quienes desconocen la lógica son capaces de estos pintorescos saltos en el vacío. Confunden el tiempo con su medición indirecta mediante el espacio.
Digamos lo mismo de otra manera. En el espacio, el cero cardinal no implica inexistencia. Es un punto cualquiera del espacio, que tomamos como origen. Aunque en la frase “no hay patatas en el almacén” el cero cardinal indique inexistencia. En cambio, el cero ordinal, el único aplicable al orden sucesivo propio del tiempo, denota siempre inexistencia y nunca existencia.
Se estima que la longitud mínima accesible a nuestra tecnología actual es de 10-15 centímetros. Según eso, el instante mínimo de tiempo medible hoy día sería 10-25 segundos. ¿Qué ocurre en menos de 10-25 segundos? Por supuesto, algo ocurre. El tiempo en un continuo, tanto para un ser vivo concreto como para el conjunto de la naturaleza. Pero lo que ocurra está fuera del alcance de la ciencia. Para el físico y el biólogo actuales nada es observable en menos de 10-25 segundos.
Este detalle es crucial, pues los científicos hacen hipótesis sobre lo qué pasó en el instante mismo de empezar el Big Bang. Digamos t = 0 (Pag. 64). Seamos generosos y supongamos que la tecnología ha avanzado hasta medir el tiempo de Planck de 10-43 s. Incluso en ese supuesto, la ciencia nada podría decir sobre lo que pasó mientras se completaba el primer cronón del Big Bang. Y mucho menos sobre el cero ordinal (t = 0) en que comienza el tiempo continuo o el acceso al ser. La ciencia es incapaz por definición de saber lo que pasa en menos de 10-43 s. El misterio del ser, o llegar al continuo de la existencia, sigue siendo insoluble para la limitada mente humana. Tropezamos con una valla que jamás lograremos saltar.
Otra cosa es que la ignorancia de los científicos se extienda hasta “ignorar su propia ignorancia”, para usar la expresión de San Agustín. Siendo catedrático de retorica en Milán, no tuvo empacho en sentarse con los niños que asistían a la catequesis de los maniqueos. De vez en cuando hacía alguna pregunta y el catequista siempre respondía lo mismo. “No puedo resolverte la duda. Cuando venga nuestro obispo itinerante Fausto, él lo hará seguro”. Por fin llegó Fausto, y Agustín le presentó su lista de dudas. Fausto respondió con toda honestidad intelectual: “tampoco yo puedo resolverlas”. San Agustín quedó tan gratamente impresionado que acuñó el mejor elogio que puede hacerse sobre la inteligencia de alguien: “no era tan ignorante que ignorase su propia ignorancia”.
Pero al mismo tiempo ésa es la peor acusación contra la estupidez de quien se las da de científico y desconoce las limitaciones más básicas del conocimiento humano. Ignora su propia ignorancia. Hay galardonados con el Premio Nobel que han llegado a afirmar que la ciencia solucionará más pronto o más tarde todos los enigmas aún no resueltos. Arrogancia e ignorancia siempre van juntas. Por fortuna, la lógica nos permite pisar un terreno más firme que el ofrecido por la ciencia. Formaliza el tiempo así: nace ↔ (puede morir & puede no morir).
“Nacer” hay que entenderlo como “empezar a ser” y “morir “como “dejar de existir”. “Puede sí” y “puede no” siempre van juntos. Basta comprar un billete de lotería para comprobarlo. Por tanto, si está abierta la posibilidad de morir, también lo está la posibilidad de no morir nunca.
Muchos científicos son materialistas y niegan la posibilidad de que algo exista tras la muerte. Si estudiaran algo de lógica, no dirían tantas sandeces. Algo que nace y no muere nunca no es un concepto contradictorio. Es consistente en lógica. Puede existir. La tradición cristiana ha pensando siempre así a los ángeles, lo mismo que al espíritu humano pensante y volente.
La bala que atraviesa el cerebro de alguien y lo deja instantáneamente muerto no ha rozado siguiera los operadores lógicos. Son inmateriales. Más aún. Gracias a ellos se entiende lo que escriben los científicos materialistas, da igual ahora si verdadero o falso, sensato o insensato. No importa lo que digan, si en ambos casos se entiende lo que dicen. Ahora se trata exclusivamente del hecho previo de que el pensamiento se ha trasmitido correctamente de una mente a otra.
Eso implica que todos tenemos los mismos operadores lógicos. La lógica precede lo mismo a la física que a la biología. El científico materialista ignora que sus opiniones se entienden gracias a que los operadores lógicos son inmateriales. Para probar que está equivocado, no hace falta siquiera entrar en lo que dice. Basta con haber entendido lo que ha dicho.