Cultura

Estreno del Orfeo ed Euridice de Gluck: un emocional viaje al clasicismo musical

(Foto: Teatro Real).

TEATRO REAL

Isabel Cantos | Miércoles 14 de junio de 2023
En versión de concierto, semiescenificada y con gran asistencia de público por ofrecerse una sola función, el Teatro Real presentó el martes Orfeo ed Euridice de Christoph Willibald Gluck (1714-1787), opera compuesta sobre libreto de Ranieri di Calzabigi (1714-1795) estrenada en el Burgtheater de Viena en 1762 y por primera vez en el Teatro Real en enero de 1890.

Epítome del Clasicismo musical (1750-1820), el estreno del Orfeo ed Euridice de Gluck supuso una auténtica revolución operística, un cambio radical frente a la sobrecargada y ostentosa ópera barroca. En la nueva ópera concebida por Gluck, éste daba prioridad al hecho dramático mediante la simplificación de los recursos musicales, pero consiguiendo, sorprendentemente, una elegante expresividad, una elocuencia con la que el género volvía a su antecedente artístico primigenio, al poema mismo.

Lo cierto es que sería posible tender un puente entre la considerada una de las primeras óperas de la historia, el Orfeo de Monteverdi, estrenada en 1606 (el público del Teatro Real pudo disfrutar de ella en noviembre de esta misma temporada) y la casi homónima ópera de Gluck; y es que la primera constituyó también una transición, pero entre la música del Renacimiento y del Barroco. Con su Orfeo, el genio de Cremona renovó la antigüedad clásica, lo mismo que Gluck haría algo más de siglo y medio más tarde con su Orfeo ed Euridice. Asimismo, ambos compositores se centraron en la expresión de las emociones sirviéndose de la música y la voz para contar la tragedia, pero reduciendo la ornamentación de forma que resultara fácilmente reconocible por el público y fuera capaz de suscitar en él una intensa respuesta emocional.

En 1774 Gluck estrenó una segunda versión, francesa, de su ópera bajo el título de Orphée et Eurydice, con modificaciones en la partitura y en la trama para adecuarla al gusto francés de la época, pero en la que siguen primando el refinamiento y la elegancia sin que la esencia trágica de la historia, adecuada al contexto cultural para el que se concibió, pierda un ápice de autenticidad.

El mito de Orfeo es recurrente en la historia de la ópera, hasta el punto de que sería posible esbozar una pequeñísima historia del género a partir de la evolución del personaje. En un estudio, diacrónico, de ese tipo, entre las dos óperas citadas tendría un lugar destacado otro Orfeo, el de Luigi Rossi (1597-1653), estrenado en 1647. Considerada una de las primeras óperas romanas, en ella el compositor combina elementos de la ópera barroca italiana con influencias francesas, por lo que, pese a no ser tan conocida como las anteriores, seduce por su amalgama de estilos y técnicas musicales de la época.

Ya en pleno Romanticismo, Jacques Offenbach (1819-1880) haría su personal contribución a la interpretación del mito griego con su Orpheus (éste sobre libreto en francés de Hector Crémieux y Ludovic Halévy), con una perspectiva más liviana y cómica, que cautiva -pese a desviarse de la seriedad y profundidad emocional de las otras adaptaciones- por lo avivado de su música y la burlesca extravagancia de sus personajes.

Pero, volviendo al estreno que aquí ocupa, el Orfeo et Euridice de Gluck ofrecido el martes por el Teatro Real destacó por la calidad de su ejecución musical, tanto instrumental como vocal. Al frente del coro, el RIAS Kammenchor Berlin, y de la Freiburger Barockorchester -ambos magníficos- intervino el director belga René Jacobs, especialmente reconocido porque antes de abordar cada una de sus direcciones lleva a cabo una exhaustiva investigación musicológica de cada una de las obras, y por su profundo conocimiento de la música histórica. Otro aspecto destacable de la forma de dirigir de Jacobs es la importancia que da a la improvisación. Siguiendo la conocida tradición barroca en este punto, anima a sus músicos a ornamentar dentro de ciertos límites, lo que aporta frescura a las interpretaciones sin que pierdan nunca en claridad ni autenticidad.

El papel protagonista del Orfeo del martes corrió a cargo de Helena Rasker, una contralto holandesa poseedora de una depurada técnica vocal, cualidad que quedó especialmente de manifiesto en su extraordinaria ejecución de las numerosas fermatas que jalonan la obra, y en su eficiente manejo del aire. Pese a lo oscuro de su voz (el papel de Orfeo también fue pensado para ser ejecutado por una mezzosoprano), su actuación fue impecable. Como Euridice, cantó la soprano lírica húngara Polina Pastirchak. Finalmente, la soprano lírico-ligera italiana Giulia Semenzato aportó frescura al personaje de Amore (Cupido) con su voz bella y bien timbrada, y con la deliciosa ejecución de su aria principal “Gli sguardi trattieni” acompañándose ella misma de una pandereta.

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