Hoy en día gobernar el lenguaje no es tarea fácil. Lo digo por la desidia de tanto mequetrefe a la hora de manifestarse en los medios haciendo con ello pasajes de mal gusto. Lo peor del desatino es que crea moda para que la simpleza verbal se instale a través de la palabra injertada.
En uno de esos cafés de letras unidas por amigos surge el gozo por debatir lo extendido que están los nuevos vocabularios. Es cuando la doma del verbo se acomoda: –Hoy en día, los fornicadores del lenguaje se enzarzan en crear vocablos a modo de clichés – Esta aseveración por parte de uno de los contertulios abrió la puerta de toriles: –Queridos amigos, hoy las letras están desvalidas, no por ser caracteres de sí mismas, sino por las necedades que en el decir traen causa los gobernantes- Razones de peso apadrinaron a otro de los contertulios que guiado por buena senda apostilló: -Son ellos los culpables por la tolerancia y complicidad. Perciben como la calle azota el verbo y ellos ríen la gracia.
Cierto que algunos asesores en comunicación tienen la prosa corrompida vertiendo grotescas jergas cargadas de odio. Es la ideología frente al estudio y eso se paga en sociedad. Letras, palabras y libros no son más que la ofrenda que hacen sus creadores para magnificar conocimientos y a la vez abrigar esperanzas en evitación de caer en desgracia del escaso juicio reinante. Algún desdichado que por flaqueza de cordura tilda la buena palabra de cosa antigua o desmejorada costumbre, es víctima de la orgía mediática, más de ello también cabida tiene el modernizar lo que por años su uso deteriora, y bien traídas sean las innovaciones lingüísticas, más nunca arrebatar el léxico de la cordura por enjambres de déspotas y diosecillos de quita y pon.
La actual corriente que arrastra lo permisivo desemboca en una locura tan opaca como los que gobiernan; la única diferencia está en la desigual manera de tratar los textos cuando a patadas se defienden de la lógica para implantar el decálogo de la ideología política. Flaco favor a una sociedad que cuando camina en línea recta vienen otros y nos obligan a zigzaguear como pollos sin cabeza. A partir de ahí el oráculo de la razón pierde el sentido y con ello las modas asaltan la fortaleza de la comprensión.
Está claro que las desconfianzas entre profesores y alumnos, la devaluación de la docencia y las doctrinas políticas condicionan el lenguaje restando mérito a nuestra proyección lingüística. Triste perspectiva teniendo en cuenta que hoy estamos inmersos en la política del lenguaje sectario, de manera que escribir se hace un trabajo casi científico en donde la creatividad se está convirtiendo en una cuestión tan elitista que habrá que reeditar toda obra antigua si queremos entendernos aunque lo sea a través del lenguaje de la desconfianza.
El último sorbo del café quedó para despedir la Feria del Libro de Madrid, que ha decir de los discrepantes la tildan poco menos de gran bazar como si fuera el mercado de Estambul. Claro que la diferencia es notoria, pues en un caso, libros; mientras que en el otro, alfombras, especies, artesanía y joyas. La mayoría de los autores que hemos firmado en las casetas, por poco que sea el mérito, al menos el mío, aportamos algo de esencia literaria, pero también cabe señalar que en la feria hay amplios espacios destinados al comercio de ocasión traído de la fama televisiva, que como dice mi admirado Enrique Gracia: “famoso de turno que ha escrito la última gilipollez de moda o tal vez encargado a un escritor fantasma que se la escriba”. Y claro, eso no es literatura, es dinero que juega con los libros al peso. Creo que la lectura es otra cosa bien distinta y más seria.
En justicia hay que dejar claro que en dicha Feria del Libro concurren plumas de gran tonelaje y de ellos hay que fijarse para el buen recreo y aprendizaje, pues no en vano de elevadas mentes hay que guardarse en humildad y buen consejo, que alumnos somos todos, unos más que otros, y es que el saber ni ocupa lugar ni es suficiente en una sola vida.
En fin, triste destino no poder llamar al pan, pan, y al vino, vino, por culpa de necios astifinos que todo lo transforman para dejarnos sin destino. Hay lágrimas que escriben palabras y hay palabras que guardan silencio ante tanta majadería, venida unas veces de lejos y otras de los aquí dentro, pero todo ello me ha servido para que mi artículo de hoy no tratara sobre la política del momento. Que no es poco.