¿Quién es Gaustín? O, mejor, ¿cuándo es Gaustín? Entre la metaliteratura, la filosofía y un realismo alucinado, Gueorgui Gospodínov nos presenta Las tempestálidas (Fulgencio Pimentel, 2022), obra merecedora del Premio Booker Internacional 2023, y no es para menos.
Se trata de una novela a la altura de su tiempo, y aquí la expresión toma nuevos matices, como descubrirá cualquiera que se acerque a ella: si Simon Reynolds inauguró la noción de retromanía como ese gobierno del pasado naturalizado en el presente (pastiche, retrospectivas, remakes), donde la diacronía ha sido infectada por lo anacrónico, la obsesión por lo retro es un signo de nuestra era. Melancolía y nostalgia para todos. Por ello, Las tempestálidas consigue ofrecer un reflejo epocal como ninguna otra obra de ficción.
Tenemos al narrador/escritor (en la p. 29 bromea con que se llama Ismael) y a Gaustín, el escurridizo, tendente a estar espacio-temporalmente ilocalizable, quien abre una clínica de producción de pasado a la que acuden los pacientes a pasar sus días, con el telón de fondo de La montaña mágica de Thomas Mann. En la clínica, los sufrientes (alzhéimer y demencias varias), extranjeros en la contemporaneidad, pueden tomar asiento en alguno de los períodos de la residencia: en una metáfora muy visual, como una catábasis homérica, se habla de bajar a tal año del pasado, como si un ascensor o unas escaleras nos pudieran hacer retroceder en el tiempo, y, de hecho, lo hacen, dado que en la clínica las décadas más antiguas se encuentran en las plantas inferiores y las más recientes en las superiores. Hasta que termina por ampliarse al tamaño de una pequeña ciudad: «La gente vivirá allí 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año. Entre ellas pasarán cosas» (p. 116), a la manera del proyecto fílmico Dau: una grabación en la que se recreaba la Moscú de los 50 e inicios de los 60, y en la que los cincuenta actores principales debían vivir allí durante los años que duró el rodaje, con los medios, objetos y aparejos soviéticos, casi como en un reality show. Leyendo, me acordaba también del Museo del Pueblo Noruego de Oslo, en el que según avanzas en el recorrido, pasas de una época a otra en las construcciones y representaciones nacionales, con unas 150 edificaciones que van desde el año 1200 hasta el s. XX.
La memoria es la llave maestra, que permite abrir las puertas comunicantes entre el pasado y el presente, pero una vez perdida, el presente se vuelve hostil, inaccesible, solo el pasado permanece. Cada uno puede poseer un tiempo interior que no tiene por qué corresponderse con el exterior, así Gaustín intenta devolver a los pacientes al tiempo en el que habitan sus cabezas para darles la oportunidad de ser felices, de sincronizar su ritmo interior con un exterior que se les había escapado. El tiempo, a la kantiana, es nuestro sentido interno; el yo se percibe a sí mismo bajo su forma y no tiene otro modo de conocerse. Precisamente, entonces, esos cronorrefugios pretenden crear la correspondencia, forzando el exterior para que se adecue al interior. «Pero el pasado es algo más que un decorado. Vamos a necesitar historias, muchas historias» (p. 63). Da la casualidad de que el narrador de la novela es escritor profesional, con lo que la colaboración estaba cantada.
En un momento dado, se plantea un referéndum para que ya no un edificio, una calle o una pequeña aldea artificial tornen al pasado, sino para que un país entero, o incluso el continente, lo haga: si no es posible cambiar el futuro, operar en el porvenir, que se pueda, por lo pronto, regresar. Bien es cierto que sería difícil establecer un tiempo uniforme en Europa: lo mejor sería, entienden, que cada país escogiese su década y luego se tratase de llegar a acuerdos entre las partes. Emisoras de radio, periódicos, coches, máquinas de escribir en las oficinas, etc. comienzan a representar esos tiempos pretéritos. El proyecto clínico de Gaustín estrecha la mano de la política, pobre Foucault. Un aspecto sugerente es el de la publicidad: cómo la memoria de la cotidianidad de una era puede hallarse en su spam. Eso somos. ¿Por qué década te decantarías en el referéndum? ¿Qué hacer cuando la gran vasija del tiempo se resquebraja y su interior sale a presión y lo deja todo pingando? ¿Y si aquello que fue tragedia nos vuelve como farsa (una segunda Primera Guerra Mundial, como leemos en la p. 388)? ¿Y si la memoria de uno olvida igual que lo hace la Historia? En fin: si pierdo la memoria, qué pureza (Gimferrer dixit).