Opinión

El síndrome de Tabera de Abajo

TRIBUNA

Fernando Maura | Jueves 15 de junio de 2023

Tabera de Abajo es un municipio de la provincia de Salamanca que cuenta con poco más de 100 habitantes, y eso a pesar de que constituye un agregado de localidades, alguna de ellas sin población. Un producto típico de esa España vaciada que tan complicado futuro tiene en un mundo en el que la ligazón de las gentes al campo resulta tan difícil, porque las oportunidades ni siquiera se encuentran en las ciudades pequeñas o medianas, qué decir de los pueblos…

Tiene Tabera un alcalde del partido que, a decir de casi todas las encuestas, cuenta con más posibilidades de ganar las elecciones generales: el PP. Y aun así, José Antonio Sánchez, que es el nombre del principal regidor municipal, ha decidido no formar mesa electoral para el próximo 23 de julio. “No se puede fastidiar a los vecinos en sus días de vacaciones”, ha declarado. Y añade que está dispuesto a cumplir con la sanción que se le imponga.

Estos “líos” de las elecciones -siempre en expresión del alcalde- tienen desde luego su aquel. El presidente del gobierno las convoca cuando quiere -es una prerrogativa constitucional que él tiene- y lo hace en la fecha que más le conviene. No es extraño entonces que buena parte de los españoles nos sintamos incomodados por una decisión que ha tenido muy poca deferencia con la ciudadanía y que atiende sólo a sus intereses. Si la pretensión del presidente es que hable la ciudadanía, mejor será que se exprese cuando las gentes se encuentren instalados en sus habituales lugares de residencia y no trashumando entre hoteles y apartamentos.

Y no sólo los españoles nos sentimos una vez más ninguneados por Pedro Sánchez, ¿qué dirán nuestros socios de la Unión Europea que observan cómo la última presidencia de turno operativa que resta hasta las elecciones europeas -que es cuando todo el entramado institucional del club se reconstituye- se va a quedar diluida en los procelosos mares de nuestras querellas intestinas? ¿O nuestros amigos iberoamericanos, cuya aproximación a la UE formaba parte esencial del semestre encargado al gobierno español?

Habrá que convenir que no basta con expresarse con soltura en inglés -como lo hace nuestro presidente- para trabajar más por los intereses de España en Europa y el mundo, y no sólo por los suyos particulares.

Que España es un país que se mira al ombligo y al que poco le importa lo que ocurra más allá de sus fronteras era cosa ya sabida. Viene de lejos, de nuestro aislamiento a partir de la pérdida de las antiguas colonias en 1898, subrayada por nuestra ausencia en las dos guerras mundiales y -entre ambas- por una guerra civil que dejaría la piel del toro literalmente cuarteada, como esas tierras secas que nos muestran en televisión como consecuencia de la ausencia de lluvia. Y luego la dictadura con la soledad internacional a la que nos sometió.

De modo que el signo de los tiempos que ha acompañado a nuestro país a lo largo de casi dos siglos, se encarna ahora en ese pequeño pueblo salmantino. Ya se puede caer el mundo, que nosotros estaremos veraneando, parecen decir. Lo que recuerda poderosamente la petición del cantante francés Georges Brassens, cuando reclamaba ser enterrado en la playa de Sète, porque quería pasar su muerte de vacaciones.

Y de eso nos hablan las, sin embargo, seguramente buenas y confiadas gentes de Tabera de Abajo. Porque la democracia es, al menos, participación electoral; hasta el punto de que en algunos países -Chile, por ejemplo- el voto es obligatorio. Por supuesto que la democracia es más que votar. La sociedad civil, en gran parte inédita en España, constituye una forma de tutelar la acción de los partidos, señalándoles las prioridades de la agenda política -que no siempre implican el agrado de sus electores-. Y ya que carecemos de una sociedad civil fuerte, al menos tenemos el derecho, más aún, la obligación moral, de participar. Lo contrario sería la muerte de la democracia; eso sí, disfrutando de unas merecidas vacaciones.

Ya nos resolverán otros el problema de Sánchez, pensarán. Como les ocurrió a los jóvenes británicos que, conocedores que las encuestas, daban la victoria a los partidarios de la permanencia de su país en la UE, prefirieron pasar un domingo de relax antes que hacer la inevitablemente fatigosa cola en los colegios electorales.

Y además de todo lo dicho, el alcalde taberano, José Antonio Sánchez, hace -supongo que de manera inconsciente- el juego a su homónimo Pedro. Consciente el presidente de que la primera vuelta de las generales -que no otra cosa han sido las autonómicas y locales por su propio empeño- le ha ido fatal, pretende ahora desmovilizar al electorado contrario con eso de los calores, la calma chicha en la montaña o la brisa al borde del mar. Cuanta menos gente vaya a votar, mayor presencia en el Congreso de fuerzas políticas pequeñas y mejores posibilidades de reeditar el gobierno Frankenstein.

Diré finalmente que, si la ausencia de participación nos conduce al fallecimiento democrático, la perpetuación en el poder de quienes nos gobiernan nos llevaría a una peligrosísima pendiente de la que resultará muy difícil salir. Creo sinceramente que ya hemos recibido suficientes dosis de política perversa, asociada a gentes populistas, pésimos gestores de sus departamentos, de otras contrarias a la sola idea de España, y aún de quienes cuentan con un pasado teñido de sangre que no han sabido ni querido rectificar… y, con un presidente en el puesto de mando, que ha ofrecido a todas estas cesiones sin cuenta ni medida. Urge poner fin a semejante situación de una vez.

De modo que no escuchemos los cantos de sirena que proceden de Tabera; o, como pedía Ortega, hagamos lo contrario de lo que nos sugieren.