Opinión

La cruda realidad de un país ante el hartazgo de la politiquería

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 19 de junio de 2023

Cosas Celalba mía he visto extrañas:

cascarse nubes, desbocarse vientos,

altas torres besar sus fundamentos

y vomitar la tierra sus entrañas

Luis de Góngora


Mientras el derrumbe se agranda, asfixiando a una ciudadanía indefensa, cada vez más harta y escéptica, que parece resignada a seguir perdiendo categoría y derechos adquiridos, la devastada Argentina, como país emergente, debe tratar de emerger, rechazando la decadencia como una forma de destino inapelable. En ese contexto las disputas políticas, como un juego de birlibirloque, se tornan insoportables en medio de una crisis económica extrema donde las deudas crecen, la pobreza aumenta y una inflación incontrolable se desborda convertida en el más alto impuesto que paga el contribuyente; exceptuando, claro, a los políticos, judiciales y otros privilegiados, verdaderos verdugos con sueldos especiales, que nunca pagan los costos de sus propios descalabros. Ni siquiera el impuesto a sus abultadas ganancias.

Así, la desconsiderada corporación política, que algunos la categorizan con el bondadoso eufemismo de “clase política”, liberada a su propia corrupción elemental, ya casi sin una mínima compostura, abruma con frivolidades electorales de segunda mano a un pueblo descreído, cercado por una demagogia populachera ofensora de la inteligencia, desenterrando fantasmas agazapados que agitan infiernos dantescos e impúdicos, como la pobre gente que ya vive -y muere- a la intemperie en este crudo invierno, olvidada por una corporación de desconsiderados, que sigue repitiendo barbaridades (y hasta terrorífica atrocidades, como las que suceden las provincias, donde impunemente desaparecen personas y todo sigue igual, con votos de por medio, en un viva la pepa inconcebible). En fin, todo eso ya ocurrió muchas veces y son capítulos, a la manera de Nietzsche, de un eterno retorno insoportable.

Con el yo no fui como excusa y bajo el manejo de odiosas similitudes e idénticos pillajes en manos de protagonistas infames y canallescos, que mienten descaradamente a gusto de los interesados, se ha llevado a un país generoso en recursos naturales ante un precipicio de temible caída libre que no encuentra fondo para rebotar, quizá porque el espacio es infinito, como bromeaba Borges.

Hartazgo es, sin duda, la palabra que se encuentra más apropiada para definir una parte de la actual situación de descomunal patología al que se ha llevado a la ciudadanía argentina. Una forma de fomentado rencor de todos contra todos en un maloliente gallinero manipulado por una dirigencia que en su limitación intelectual, cobardía y vileza no disponen de otras herramientas, para infectar los medios informativos y las redes sociales que una disputa de desorden abominable para proseguir en su caída. Arrastrando a todos.

Avanzar sin escrúpulos parece ser la consigna conductora de los sectores políticos en pugna. Poco importa a la corporación política semejante decadencia que, en su arrastre, lleva a un estimulado rencor entre compatriotas (“divide y reinarás”, dice el refrán) para repudiarse entre ellos mismos, llegando a un conmigo o contra mí, que es más o menos, una suerte de “mientras me salve yo, que se jodan los otros; resumido en el reiterativo: sálvese quien pueda”.

Hay una especie de maratón de elecciones regionales que se celebran en varias provincias donde cada una tiene su propia tijera, su proverbial lógica aislada de la renegada agenda nacional. Muchos de estos caudillos provinciales, que están lejos de ser líderes, tratan en sus feudos de despegarse del calendario nacional, porque consideran que dicha situación, sobre todo en el caso del kirchnerismo, los contamina y les hace perder votos. Quiere decir que es muy difícil sacar algo en limpio a través de esas elecciones provinciales sobre el proceso político nacional, sobre la elección de la presidencia de la Nación.

Sin embargo, hay algo que está apareciendo en casi todas estas contiendas electorales, donde se expone el estado general de la situación política. Y son montos llamativos de abstención, de rechazo a toda forma de politiquería barata y consuetudinaria, de desapego y de quitarle el cuerpo a la convocatoria general que hace que la gente se sienta asqueada; en una palabra -y como señalamos- se ha llegado al hartazgo, postulando una ruptura entre los representantes y los representados que se manifiesta en esa abstención llamativa. Lo podemos ver desde el lado partidario y del individual.

Para los políticos, la abstención genera una enorme inquietud, un miedo generalizado, porque no es el rechazo a una opción; es un rechazo en general a la actividad de ellos mismos lo que reconfigura la escena. Por eso tanta confusión, porque los moldes que tenemos en la cabeza para organizar lo que sabemos, empiezan a tener cierto grado de anacronismo y a tambalearse. La ciudadanía contempla la escena de retorcidos actores que se los registra con sus caras alegres y sus sonrisas dentifricadas. Pero lo que prevalece es el núcleo de votantes que ya se niegan a votarlos por sentirse desauciados.

Se sabe sobradamente que han llevado a los argentinos a un límite grotesco donde lo que prevalece es el individualismo más allá de su condición de ciudadano. En cuanto al mayor esfuerzo, poco sentido tiene ante las complicidades canallescas establecidas sobre cualquier principio ético o moral. En la dirigencia política actual la dispersión se centra en un personalismo abigarrado donde cada político se cree dueño de la verdad y celebra su ceremonia ante el altar del egocentrismo. Pero la consecuencia del problema es mucho más complejo, ya que la política, fascinada por el marketing, ha perdido densidad conceptual y capacidad proyectiva eliminando toda forma de liderazgos genuinos eclipsados por los mencionados y remanidos vulgares caudillismos. Los protagonistas cada vez son más harapientos y muestran sus hilachas por los cuatro costados.

Ya no se organiza una comunidad en torno a la dignidad de partidos políticos, sino que se busca votantes como si se buscan manadas que simpatizan con un caudillo de poca monta que, en la mayoría de los casos, propone soluciones paranoicas e insostenibles ante cualquier lógica. No debe extrañar, entonces, que los debates no se sostengan en argumentos sino en descalificaciones personales donde el derrotado no sale refutado sino apostrofado del modo más vil. Y en la confusión hasta es posible que termine aliado con el de la vereda de enfrente.

Otro rasgo es la escena política argentina que flota es la incomunicación. Los dirigentes se reúnen, hablan, pero no se comunican; la vanidad puede más que los intereses colectivos. No hay intercambios sinceros y se practica la traición más infame y difamatoria donde todo se filtra de antemano. Por lo tanto, nadie dice lo que piensa sino lo que satisface a la pandilla de obsecuentes que lo apoyan. La incomunicación tiene una consecuencia perniciosa: los actores desarrollan sus estrategias con hipótesis equivocadas, y casi siempre disparatadas, sobre la conducta del rival. Es la forma más eficaz de construir una simbólica y repudiable torre de Babel.

Tras este descorazonado análisis, a quienes piensan de un modo antisistema, se los puede acusar -y con sobradas razones, por supuesto-, de excesivo pesimismo en el modo de abordar la situación. Pero a través de la propia experiencia, todo trasluce desde una cortina de humo; de manera que es difícil saber por qué camino tomar ante la sensación de desastre. Lo celebratorio son parajitos de color aunque atrás este la mano de Drácula moviendo a los títeres.

Son demasiados años de frustraciones para un pueblo saqueado por sus corporaciones, cada vez con mayor complicidad, aferradas a escandalosas esperanzas. Y así, no se sabe por dónde empezar y, menos aún, por dónde transitar. En algunos casos (como el mío verbigracia) es probable que sea la edad, las lecturas o las experiencias de desencantos que uno lleva acumuladas. Pero lo cierto es que nos vamos agotando, hartos y masacrados por tanta mediocridad reinante; demasiado vencidos por tanta mentira y vanas repeticiones, y los días vividos nos hacen llegar a ciertas conclusiones acaso menos agradables que melancólicas o, para ser más explícitos, puramente desesperanzadas.

Algunas, sin pudor mediante, quizá se puedan revelar. La primera es la inutilidad del esfuerzo; y no hablo del propio, sino de gente mejor y más preparada que yo (sugiero a tales efectos que se recurra a las hemerotecas, donde podrán comprobar entonces que muy pocos periodistas y escritores contaron en sus páginas y artículos lo que sucedía realmente y lo que iba a suceder, y lo que ahora está sucediendo). Labor ingrata, si las hay por cierto, que nunca ha servido para prevenir un dramático desenlace en una país donde la gente celebra los Titanic aunque se incline la cubierta fatal; sobre todo si oye tocar a la orquesta de los consabidos cantos de sirenas.

Las cosas han llegado al límite y la pólvora nos está llegando al campanario. La paciencia se colmó y cada día el hartazgo es más grande. Por consiguiente, ¡atención señores políticos, mucha atención, que la factura algún día la van a pagar, y ese día tal vez no parece lejano!

Ahora bien, viene aquí (como se decía en un popular programa de televisión) la pregunta del millón; en este caso las preguntas del millón. ¿Cómo se sale de esta dramática situación donde hay más de 4 mil setecientas villas de emergencia a lo largo y ancho del país, con una abundancia de cocinas de droga y donde hay una cifra increíble de ayuda estatal de todo tipo? ¿Qué sucede si se quitan estos subsidios sumados a los del transporte, la energía y demás cosas afines y, sobre todo, si se suspenden los planes sociales?

Nuestro ya glorioso cardiólogo René Favaloro, un verdadero modelo de ética, sinceridad y autoridad moral, que puso fin su vida de motus proprio con una bala en el corazón, hastiado de pelear a brazo partido contra los corruptos, y la única persona con exposición mediática que decía de frente lo que pensaba y no sólo resiste ahora un archivo, sino que el archivo engrandece su figura, dijo -ya resignado ante la endemoniada corrupción- que “el triunfalismo infantilista de los políticos que propone un viaje a la alegría no sirve para nada, sino hay esfuerzo y trabajo en el fondo; sin romperse el alma este país no sale. El sufrimiento de los de abajo es necesario, pero también el de los de arriba. El impulso lo contiene el total de la sociedad”.

La unidad salida posible es una unidad nacional excluyente de la amoralidad de los políticos. La ética y la moral se debe dar en todos los niveles, pues no se sale con milagrerismo. “Quiero ver culpables y tránsfugas en la cárcel”, concluyó el doctor Favaloro. Otras figuras ya incrustadas en el crisol de la historia, como Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, Haroldo Conti y Rodolfo Whalls pensaban igual.

He visto hoy en un programa de la televisión española, que un alcalde, recién elegido renunció por un accidente menor de automovilismo. La causa, beber un poco de más; esto hizo que pagara su costo político. Algo imposible de ser imaginado en la Argentina de nuestros días donde no se paga ni por crímenes que se puedan cometer ni por los cadáveres ocultos en ropero. Les pido a los alegres candidatos a presidente y demás cargos públicos que, aunque sea en modo electoral, trabajen por la ansiada unidad nacional y se respondan a ellos mismos las preguntas formuladas. No quiero ser un brutal pesimista, pero por ahí pasa el asunto. La gran cruzada debe ser ética, moral y con un total renunciamiento hacia los privilegios que otorga el poder.

Trabajen en esa posible dirección y devuelvan lo que se guardan impunemente en un oculto y no menos abultado bolsillito. Luego seguimos conversando. Cosas Celalba mía he visto extrañas…