Opinión

Los yanomamos

TRIBUNA

Carlos Díaz | Domingo 25 de junio de 2023

La hipocresía, junto con la incultura, suelen censurar el uso del humor, y por eso ninguna gaceta oficial (gazza: urraca) es capaz de evitar su estilo escriturístico flatulento, pesado: prohibido decir culo, caca, o mierda; ensalzado decir jolines, pupa, o porfa. No extrañará, o al menos a mí no me extraña, que las listas de libros prohibidos vengan después de las listas de palabras prohibidas, origen del pensamiento prohibido. En este sentido quien denomine sin más negro, gitano, o puta a quien es negro, gitano, o puta, lo va a pasar mal en los tribunales de “orden” público. No pocos autores desinhibidos y distendidos siguen siendo censurados por la aparente no/censura, que sigue subvencionando a las revistas calentitas de Ama, Hola, Diez Minutos o similares. La situación continúa inmutada, aunque ya no aparezcan a la derecha de arriba de la pantalla los rombos que ayer orientaban sobre la gravedad de las imágenes sexuales de cada filme, obligando de paso a los menores a retirarse temprano: “vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”.

He aquí una somera lista de palabros cuya sola mención podría traerte complicaciones: moros, judíos, okupas, negros, pobres, ricos, yanquis, hispanos, gitanos, etc. Tales etiquetas pueden emplearse con uno u otro sentido, infamante o admirativo, y con todos los grados intermedios, llegándose al ridículo de tener que prescindir de ciertas frases hechas como “eso es un cuento chino” (fantasía), “no te hagas el sueco” (indiferencia), “bebes como una cosaco” (emborracharse), o “me has pegado la gripe española”. Lo verbosamente correcto es llamar a los curritos “señores trabajadores”, por si de este modo algunos de ellos se imaginan señores. Ahora bien, según el Sofista de Platón, una censura demasiado genérica no molesta a nadie, pues ¿quién de los hijoputas en el poder se siente aludido cuando lee en la pared “las putas al poder, sus hijos ya lo están”? Los hijos de puta son siempre los de los demás.

Todo lo anterior ha sido un simple prólogo galeato para curarme en salud por la posible irritación cutánea que a continuación podría causar en algunos al tomar como ejemplo irónico a los yanomanos. Como se sabe, medio millón de yanomamis o yanomamos vive desperdigado por la selva virgen tropical, en aldeas separadas por muchos kilómetros en el sur de Venezuela, estado Amazonas, en el Delta del Orinoco, y en Brasil, algunas de cuyas zonas fueron clasificadas como patrimonio de la humanidad. Los yanomamis viven en aldeas pequeñas, de entre 40 o 50 personas, que se construyen en círculo completamente abiertas y practican el canibalismo endogámico como ritual sagrado: en una ceremonia funeraria colectiva los yanomamos se comen las cenizas de los huesos de sus parientes muertos por creer que la energía vital de las personas fallecidas reside en los huesos, de modo que al ingerir sus cenizas las reintegran para el grupo familiar, que de este modo mantiene alto la potencia sinérgica de la tribu. También utilizan la sustancia tóxica de algunas plantas para impregnar las puntas de sus flechas. En orden a la subsistencia, los yanomamis son nómadas y sus desplazamientos vienen motivados por el corto periodo que dura la productividad de sus cultivos, que son, por ejemplo el plátano, el ñame o la batata; cuando la tierra se agota, el poblado emigra para buscar una nueva plantación en otro lugar. También colectan productos silvestres y comen ranas. Hasta aquí nadie denunciará mi escrito, aunque de ahora en adelante los que usan la cabeza para embestir en lugar de usarla para pensar tengan otra opinión.

En efecto, los yanomamas deben su carácter asambleario y local a que ya no maman cuando lo han hecho suficientemente, y en consecuencia no utilizan las mamadas de todos para su propia mamandurria, compartiendo mejor el alimento con todos los demás miembros del colectivo. Es ese un ejemplo conmovedor de solidaridad política respecto al bien común que me conmueve, porque lo más difícil de compartir son los alimentos. Una comunidad democrática que se preciase sería, por encima y antes que todas las demás cosas, una comunidad modélica.

A mí me gustaría ser yanomama si con eso se evitara el hambre de todos, o al menos de los más ayunos. Me produce gran felicidad soñar con un parlamento como el español donde hubiesen reglas severas que impidiesen mamar más a los más mamones. Qué dicha ver al presidente de la Cámara de senadores o de diputados golpeando con el mazo para así cortar tajantemente el chachareo y el mamoneo de los más egoístas: “Ya no mame más su señoría, que los demás también tenemos que mamar, y no solo nosotros, sino el pueblo que nos ha traído a esos sillones curules o bancadas, pueblo al que sin embargo les tratamos como a mama/rrachos”. Mi felicidad quedaría colmada si mamandurrianos, mamandorranos, mamandorrinos y gomorrinos recibiesen un abucheo tan estrepitoso que no volvieran jamás a hollar con sus sucias patas las alfombras de la vetusta Mamandurrilandia. Que el grupo En este partido no se mama alcanzara la mayoría absoluta equivaldría para mí, tantos años a la búsqueda del Paraíso Perdido, el ingreso en el Jardín del Edén, la tierra prometida, cosa que puedo afirmar reduplicativamente porque he navegado en canoa por la cuenca del Orinoco, exactamente por las mismas latitudes en que habitan los yanomamos, y todavía las recuerdo como el paisaje más limpio y trasparente, como lo he escrito en mis Memorias.

Naturalmente que los Yanomamos tienen sus tensiones, y que el tentador egoísmo le impele a cualquiera a abusar, pero cada vez que un mamón deja el vicio y se convierte, la comunidad celebra su regreso como el padre del hijo pródigo. En algunos casos el arrepentimiento llega tan lejos, que el propio arrepentido se cuelga al cuello un trapo rojo que significa: “No volveré a mamar más”. Y en ocasiones su cambio es tan drástico que llegan a ser venerados y glorificados para siempre.

Por cierto, lo de la cuota para las mujeres en todos los aspectos de la vida pública es algo que los yanomamos no defienden, dada la igualdad de género de toda la comunidad. ¿Por qué no poner cuotas para los grupos de edad, de etnia o el grado de estudios? Llegaríamos al absurdo de que los equipos de fútbol tendrían cinco jugadores y medio por cinco jugadoras y media; a su vez, deberían tener cada uno la misma cantidad de negros que de blancos, de payos que de gitanos, y así en todo. Semejante democracia sería inaguantable.

Y qué ridículo tan grande proclamar una cosa y realizar su contraria,como lo expresa la sátira popular: “te vas y me dejas y me dices que m’amabas; una leche m’amarías, si m’amaras no t’irías”. Pero esa ridiculez está sometida en el terreno político a la némesis que rige inexorablemente en el libro del Eclesiastés: “una generación sigue a otra y ya no hay más que contar, dada la eterna recidiva de su argumento, “generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo. Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después”.