Opinión

Información y poder

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 25 de junio de 2023
A mediados de Junio del año 1815, toda Europa esperaba el resultado de una batalla que se aventuraba como el clímax de una guerra que, con intervalos, había asolado el continente durante casi un cuarto de siglo. En Bélgica, un ejército de más de 200.000 soldados ingleses, holandeses y prusianos se disponían a enfrentarse contra Napoleón Bonaparte, en lo que sería la decisiva batalla de Waterloo.

Las primeras noticias que llegaron a las capitales europeas eran confusas y contradictorias. Se hablaba de una derrota aliada, de la resistencia de las tropas de Wellington ante el avance francés. Por fin, a las once de la noche del 21 de Junio, el alcalde de Londres entregaba al Ministro de la Guerra un despacho de Wellington, en el que anunciaba una gran victoria aliada en Waterloo. Un oficial, agotado, había abandonado el campo de batalla de inmediato y sin tomar aliento pudo llevar a Londres la buena nueva. Sin embargo, un hombre en Londres había recibido esa misma noticia, con un día de antelación. Fue Natham Rothschild, miembro de la célebre familia de banqueros, que gracias a ese conocimiento anticipado de la información, invirtió en valores del Gobierno británico, obteniendo grandes beneficios a causa de la fuerte subida de la cotización de aquéllos fruto de la derrota napoleónica.

La Historia nos ha presentado a Natham Rothschild como un personaje obsesionado por la información, interesado por el conocimiento de datos y hechos con anticipación al resto de la gente, especialmente, sus rivales en el mundo de los negocios. Esto le llevó a rodearse de una red de informadores y mensajeros con la que accedía al conocimiento de noticias y sucesos relevantes para su vida, tanto personal, como profesional. Atribuía, pues, a la acumulación de información un extraordinario poder, tal y como ocurre en los tiempos actuales, de ahí que haya pasado a la Historia como un hombre adelantado a su tiempo.

Con una cadena de agentes perfectamente sincronizados, Natham Rothschild supo de forma casi inmediata el fin de Napoleón en Waterloo. Procuró que uno de sus hombres se encontrase en las proximidades del campo de batalla. Nada más percibir el resultado, aquél espectador partió a caballo velozmente con dirección a Bruselas. Allí, le esperaba otro eslabón de la cadena, el cual con corceles de refresco inició el viaje hacia Dunkerque. En el puerto le esperaba un buque dispuesto para zarpar hacia Londres. Al final, la noticia llegó a su destinatario. Y con ella, el éxito. Este es un ejemplo histórico y aleccionador de la formidable relevancia de la comunicación a distancia, esto es, de la telecomunicación. Los deseos por obtener información permitieron a nuestro personaje amasar una gran fortuna.

Hoy tenemos tanto o más ansia de saber y conocer datos, sucesos y noticias como aquél visionario. Pero importa mucho que los contenidos y los mensajes que recibamos sean, precisamente eso, información, conocimientos y saber, pues bien pudiera ocurrir que lo que nos llegase fuera desinformación, desconocimiento e ignorancia, lo que entrañaría un enorme peligro.