Opinión

El PP y Vox

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Lunes 26 de junio de 2023

El cuadro de las relaciones entre el PP y Vox que se ha ido haciendo prevalente a través de los medios de comunicación de todo tipo, con la colaboración, seguramente poco prudente, activa o pasiva de algunos de los líderes más destacados de ambas formaciones y quizás especialmente de los del PP, está generando efectos difícilmente evaluables en el electorado, y, en cualquier caso, probablemente está haciendo las delicias de quienes querrían que el Gobierno de Sánchez, con sus aliados separatistas y comunistas, pueda prorrogarse otros cuatro años. Es mejor que se hable del PP y Vox que de las fechorías del Gobierno cuya continuidad su propio Presidente ha puesto a disposición del pueblo en las próximas elecciones del 23 de julio.

Que PP y Vox presentan entre sí –en el modelo económico, social y político que propugnan- muchas más similitudes que diferencias es algo evidente para cualquiera. Como lo es que sus semejanzas recíprocas son mucho mayores que las que cualquiera de ellos presenta con otras formaciones políticas del actual arco parlamentario con implantación en toda la nación.

Para nadie es un secreto que Vox ha sido en realidad una escisión del PP, como reacción inicial en la etapa de mayoría absoluta del PP liderado por Rajoy y Soraya Santamaría, contra lo que un sector no pequeño del propio PP y de sus votantes entendieron como grave incumplimiento de aspectos del programa con el que logró la mayoría absoluta en 2011, a los que ese sector concedía alta importancia. La evolución del liderazgo de Vox tras sus primeros magros resultados electorales, acentuaría algunos aspectos, por ejemplo, en materia de estructura autonómica nacional o de integración europea, que no fueron especialmente determinantes al principio de su creación, o incorporó algunos otros, que han llegado a identificarse luego con esa formación –como su lenguaje en materia de violencia entre hombres y mujeres-, pero que, en realidad, no forman parte del núcleo ideológico que lo aglutina.

Una cosa es clara: a Vox le podrá gustar más o menos tal o cual aspecto de nuestro orden constitucional, pero siempre ha sido respetuoso de éste. Ninguna acción violenta de tipo alguno podrá imputársele, a diferencia de lo que otras formaciones han protagonizado en tonos incluso graves. Tampoco se sabe que haya favorecido o propiciado violencia alguna propiamente dicha, ni desacato alguno del orden constitucional, aunque proponga cambios en algunas de sus aplicaciones o incluso, eventualmente, en cuanto sea posible, en alguna de sus formulaciones. Imputarle falta alguna de legitimidad constitucional, gusten o no sus propuestas, es netamente injusto. Y acusarle de pretender recortar derechos comporta ignorar, de ordinario interesadamente, que todo supuesto nuevo derecho o ampliación de los ya reconocidos se hace a costa de la negación o restricción de otros derechos; la cuestión, claro es, reside en cuáles son más importantes y dignos de protección e incluso, antes, en qué es o no objeto de un verdadero derecho. Se tiende a ocultar esta realidad fundamental, hurtándola a su tratamiento desapasionado y racional.

Es patente que, en el actual pluripartidismo, las mayorías absolutas se han hecho muy difíciles, por legítimo que sea aspirar a lograrlas. Resultados como el de la Comunidad de Madrid en el pasado 28 de mayo, evidencian también que son, con todo, aún posibles. Pero, cuando no se logran, son inevitables las coaliciones o los acuerdos que hagan posibles gobiernos estables. Unas coaliciones o acuerdos que, lógicamente, parece que habrán de lograrse entre las formaciones más afines, que tengan más en común, aunque sean también importantes sus diferencias. Lograr esas coaliciones o acuerdos no implica que los que pacten asuman lo que le es diferente, sino lo que les es común, a no ser que trascienda que una u otra de las formaciones del pacto lo ha condicionado a la aceptación de algo importante de lo que las diferencia. Estos últimos cuatro años de Gobierno del Sr. Sánchez ha dado no pocas pruebas de este género de cesiones en puntos de gran relevancia de presente y de futuro. Pero si dos partidos como el PP y Vox pactan determinados gobiernos, no tiene por qué ser por medio de tal suerte de chantaje. Pueden muy bien acordar el gobierno sobre cuanto les es común y dejar fuera lo que les separa, para que pueda plantearse, incluso, en su momento, si es pertinente, manteniendo cada fuerza política sus diversas posturas. Y claro: un pacto sensato, deberá tener en cuenta el diverso respaldo democrático obtenido por cada una de las fuerzas que pacten.

Desde luego, negarse por principio a todo acuerdo –por supuestos pruritos de “no contaminarse”- y creerse con derecho a gobernar por haber conseguido más votos, aunque no los suficientes –cuando la legislación electoral no otorga necesariamente el gobierno al partido más votado, lo que no evitaría, además, los problemas serios para un gobierno estable y eficaz-, expresa altanería y poco realismo democrático, que puede llevar incluso a defraudar las expectativas razonables de los propios votantes.

Probablemente si los partidos practicaran con más limpieza y claridad la democracia interna que la Constitución les exige, acostumbrándose al pluralismo interno y a su reflejo en los órganos directivos, en un clima fundamental de respeto recíproco de las variables dentro de un gran proyecto común, pudiera volver a reducirse el actual multipartidismo y facilitarse de nuevo la formación de gobiernos estables a todos los niveles. Pero mientras los partidos continúen con sus actuales estructuras monolíticas, la inevitable composición de lo más o menos diverso, que no se logre incluir en un mismo partido, tendrá que pasar por los acuerdos postelectorales de gobierno. Es importante que para ello se aparquen descalificaciones grotescas, se incremente el respeto mutuo y de la verdad sobre lo que cada uno defiende, y el diálogo o el debate se centre en lo que objetivamente quiere o no hacerse, y no en clichés o en eslóganes más o menos vacíos. Con la mira en los electores, en los ciudadanos, que merecen, desde luego, ser respetados y no ser considerados poco menos que frívolos descerebrados, que se moverían por superficiales impresiones o sentimientos y no por razones.