Opinión

El corazón en la mano: Pasión y poesía, de Pablo Ortega Bellido

CRÍTICA LITERARIA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 29 de junio de 2023

Conocí a Pablo Ortega Bellido por mediación de Juan Alberto Pérez Chanduví, en una cafetería cercana a Moncloa. Reunidos los tres allí, preparábamos la presentación del libro de poesía de Juan El paredón de las flores, que tendría lugar en Las Rozas una semana después. Pablo y yo haríamos de anfitriones en el acto, “prologando” al autor y su obra. La primera impresión fue especial —similar a como me sucedió con Juan, aún siendo distintas personalidades—. Encontré en Pablo a una persona cercana, educada y humilde. Fue muy fácil sentirse confiado a su lado, pues parecía hacerlo todo sencillo. Enseguida descubrí que, pese a su juventud —23 años— poseía una gran cultura y un inconmensurable entusiasmo. Transmitía ilusión por vivir y, lo que resulta más positivo: la creencia firme en la poesía como herramienta potenciadora de los sentimientos más nobles. Antes de concluir la reunión, nos entregó a cada uno un ejemplar de su libro que era, más que un poemario, un compendio de cinco años de escritura, iniciado con un poema escrito con dieciséis años. Sorprendía su precocidad, el tesón en la escritura y la capacidad crítica para reunir, en un tomo, toda una evolución estilística y humana.

Titulado Pasión y poesía, llegó a mis manos tras ser dedicado con generosas palabras. Éstas trazaban el deseo de un grato porvenir en el camino poético, lo que rápidamente secundé devolviendo su luminoso brindis. Cuando cogí el libro aprecié el agradable perfume que desprendía y que aún conserva. Cómo no responder a la invitación de su lectura con tan buen indicio: una sensorial carta de presentación.

Editado por Cuadranta, su portada aloja un atardecer friedrichiano sobre montañas, imagen muy aproximada de su contenido, tan heterogéneo —y, por ello, heterodoxo—. Ya en el prólogo, el autor advierte que en sus barrocos textos “desnuda su corazón” ofreciendo “íntimas composiciones amorosas”, vinculadas al “recuerdo”, el “carácter filosófico de la existencia” y “otros dilemas que oscilan en la mente”. Toda una declaración de intenciones, preludiando sus siguientes páginas, impregnadas de un nuevo olor: el bien entendido sentido clásico de la lírica. Más adelante afirma: “El concepto de dicha antología surge del planteamiento sobre la escritura automática, en la que el corazón compone y el intelecto aprende, en la que el sentimiento habla y la mente escucha”. Qué bien expresado aquello tantas veces dicho y de tan distintas maneras, tan universal: la escritura debe ser vehículo de los sentimientos, expresándose sin cortapisas tal y como surgen en la mente. Después llegará su racionalización, la corrección crítica, la depuración del estilo y contenido. Pero este volver sobre lo escrito no debe agrisar la voz primera y originaria. El cuadro no empequeñece el boceto, sino que mantiene su frescura con el resultado final. Qué difícil es concitar ese modo intermedio entre lo primero y lo último, esa mesura. Por encima de todo, despunta la idea de que es la mente la que aprende del alma, y no al revés. “Escritos impregnados de melancolía, dolor, pasión e interiorización”, alejados de lo racional para ceder “la voz y el canto al corazón”.

Pablo apunta otra idea: la escritura, publicación y reflexión postrera como proceso tras el que alcanzar la “reconciliación con uno mismo”: “una superación, una sumisión a la emoción o un canto de victoria del sentimiento sobre la perdición”. Como decir: aquí seguimos, tras tantas cosas acontecidas y reflejadas, de las que hemos aprendido y nos han enriquecido. Nada más, esto sólo es un descanso para lo que luego vendrá. Su inspirador título, Pasión y poesía, lleva implícita la intención de contagiar emocionalmente al lector, “motivándole a creer en los sentimientos como elemento esencial del ser humano y en su creación artística”. ¡Qué mejor declaración de intenciones!

El poema inaugural, Infame amor, es con su impactante denominación todo un juego de contrarios: el concepto de amor, que debiera albergar todo lo elogioso del ser humano, se connota de lo que carece de honra, crédito o estimación. La pasión amorosa asociada a lo que posteriormente puede conllevar dolor. En una referencia clara a la rima becqueriana, el poeta define el poema en sus tres últimos versos. “Qué es a lo que llamamos vida? / Mi vida eres tú. / Dolor eres tú. / Y esto, querida mía, es amor”. En Cielos de débiles estrellas se establece un paralelismo entre cuerpos celestes y amantes, siendo la noche el fondo dramático de la ruptura amorosa: “Débiles estrellas / se desvanecen de la lúgubre noche, se separan de sí para evitar la unión de nuestros caminos”. Los astros quedan dotados de la capacidad de decidir los destinos terrestres y juzgarlos: “¡Oh, cielo! ¡Qué desdicha la de comparecer / ante el tribunal del amor! / ¡Cielo de esplendorosos cometas, / compadeceos de nuestras almas!” En Oriente, se personifica en una joven el exotismo de la región asiática, el deseo y la sensualidad. El despojamiento de la vestimenta por parte de ese objeto del deseo —la cercanía del encuentro, de la unión sexual— significará paradójicamente la pérdida de lo anhelado: “Ya desenvuelves tu turbante, / te desnudas de tus ropajes, / y te marchas”. En Funesta pasión, el poeta lamenta que el deseo le impide sentir el amor. En Al alba y al crepúsculo se opone el amanecer —representación de la ausencia y el anhelo de lo que se ama— al atardecer —momento en que se alcanza lo que se ansía—. En Mar y pradera, de nuevo el poeta aguarda el encuentro con la presencia femenina. El destino lo imposibilita, separando los caminos. “Do ahora te buscaré?”, se pregunta el poeta en una expresión arcaica que remite al espíritu clásico de la lírica. “Sueño que muero, pero ¿vivo soñando?”, se pregunta, como el Segismundo de Calderón o la mística Santa Teresa. Ni tan siquiera la muerte les puede unir (“La luz se desvanece, y un último suspirar, / estimula los sentidos del ya enterrado poeta”): Bajo la oscuridad del mar, la mano de la amada parece socorrerle pero, entonces, vuelve a desvanecerse, transformada en aire. En Significa se realiza un interesante juego asociativo de sentidos, en forma de círculo perfecto: “Querer significa soñar, / soñar significa sentir, / sentir significa vivir. / Vivir significa amar”. En Necesidad de ti, de nuevo el destino se vuelve tema, convertido en pluma que pone fin a una historia amorosa o en llave que cierra el corazón. En Luminiscencia, el aura de la amada funciona como fuente de vida que orienta el corazón, contraponiéndose a la oscuridad de la soledad en que el poeta se halla perdido: “Sentid el florecimiento de la Rosa, / Brindadme la luz guía de vuestro espíritu”. En Sepultura se tratan las tinieblas del “indeseo”, donde el poeta queda condenado al no ser correspondido: “Entierro bajo la tierra del desamor”. En Amada, el autor recupera la figura cortesana del poeta soldado que, bajo el amor cortés, se muestra vasallo de su amada, suplicando su cariño: “¡Oh, señora mía, qué desdicha / la de compadecer ante el amor de vos / y suplicar a vos vuestro corazón!”

El empleo de signos admirativos, como en los otros casos, no hace sino acrecentar el carácter dramático de esta poesía, recordando la herencia romántica previa a la estética desornamentada de las vanguardias. Los temas y expresiones pasadas cumplen idéntico papel, aunque bajo el prisma de nuestro presente. Ortega Bellido construye esta fórmula de tradición y modernidad, no en vano nació en la gaditana Ciudad de los Cien Palacios. De ahí también era natural Rafael Alberti quien, como Pablo, desafió la poesía de su tiempo para añorar, en la música poética, la lírica de antaño. Tal vez fuesen sus antepasados italianos los que le llevaron al Renacimiento, aún sin renegar de su sangre española. De su Marinero en tierra nos vienen los versos que inevitablemente nos recuerdan a los que conforman Amada: “Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero; / que buen caballero era”. Así también, Ortega luce su manto y pide a su amada que sea el “emblema que personifique” su alma. Rima y prosa poética, anhelo del pasado desde el presente. Un pasado poético y vital, sin duda. El Canto a mi tierra es precisamente un homenaje a ese sur al que el poeta regresará: “Prometo volver y sanar las heridas / de tu quebrantado corazón de paz y brisa marina”.

Si Alberti no descuidó su amor por el arte con sus creaciones pictóricas —su libro A la pintura—, sus libretos y guiones, Ortega Bellido lo hará también presente. Las figuras del ángel y demonio, como en un fresco románico, se palpan en Reflejo: ella es celeste y él serpiente “caminante de un sórdido camino de agujas”. En Angelical, la amada adopta idéntica forma espiritual por su perfección y, con ella, el poeta sobrevuela el mundo, bajo una mirada aérea, como un paisaje pictórico de Chagall: “Contemplada la villa silenciosa bajo nuestros pies, / cantada bajo la serena luna nuestra poesía, expresada bajo los álgidos árboles nuestra pasión”. Brisa de tus labios manifiesta el poder omnipotente del amor: “¿Cómo cumplir la eternidad que te prometí, / cuando ya lo eres, vida mía?” Es la vida una paleta cromática en Color, capaz de los tonos más cálidos y fríos. El poema es un lienzo y el poeta renuncia a la corona de laurel hasta recibir el corazón de su pretendida. Adorno mitológico que se rememora en la historia de Apolo y Dafne, estableciendo una clara analogía. Como Bernini, el poeta abandona el pincel por el cincel y la pintura por el volumen: “Inmortalicé tu angelical figura esculpida con mi amor”. La piedra como materia para inmortalizar el sentimiento hacia la otra persona.

La danza como ritual de “enamorados bailarines”: “Danza nocturna de amados desconocidos, / armoniosa danza de tono oscuro y lúgubre”. Son los sentimientos altibajos de luz y penumbra. Claroscuros entrelazados, dualidad de bien y mal como composición de contrarios en el individuo. Concierto de luces y sombras refleja ese combate. Campo de estrellas recuerda la música de Schubert para El caminante a la luna: “Oh, triunfante caminante, / tú, qué caminas bajo el bello manto nocturno”. Oscuridad más amplia la del Universo, pleno de concomitancias con el anterior. La destinataria del poema es un cosmos que susurra al “imposible astronauta: “Oh, querido ¿no distingues tan insólita belleza, / que ni dioses fueron capacitados para admirar?” El corazón también puede ser una cosmogonía filosófica. Hay otra negrura en Luto; el poema se convierte en oración por “nuestro enemigo más insaciable: nuestra persona”. Un demoledor recorrido histórico, plagado de “banderas bañadas por la sangre de los Inocentes Caídos”. La pérdida y la derrota protagonizan Canto al caído héroe, donde la poética se vuelve filosofía: “La única cualidad en la que vanagloriarse es una virtud, / […] es la insatisfacción. / La presencia frecuente de la desesperanza / sobre nuestras humildes figuras / por la tormentosa oscuridad de nuestro corazón, / es un intenso deseo de huida eterna. Hoy, te canto a ti. Hoy te lloro a ti”. Ser es acertijo y definición del individuo en sus múltiples facetas: “Soy incertidumbre. / Soy escepticismo. / ¿Adivinaste mi nombre? [...] Soy caos. Soy destrucción. Soy quien te alivia, / pero también quien te consume”.

A medida que avanzan las páginas, asistimos a una metamorfosis progresiva, alargándose los versos para convertirse en líneas de relatos e, incluso, piezas escénicas. Última estación narra cómo una pareja, durante el transcurso de un viaje físico, acaba siendo consciente de la imposibilidad de otro “viaje”, infinito: “Con la Infinidad, jamás seremos conscientes de la relevancia de cada Bello Momento…” Finalmente, dos parejas de textos sirven de despedida: en La memoria de la niebla y Prisioneros se plantean escenarios distópicos por orwellianos, donde las “puras armonías” protagónicas —que atraviesan caminos simbólicos recorridos por otras presencias— representan la esperanza generacional para la supervivencia de la humanidad en un páramo de sinrazón nebulosa. En La última lágrima de Nueva York, se describe el imposible amor del narrador por V, estudiante de interpretación que da nombre a la última pieza. Escrita ésta por el mismo personaje que la desea, narra las múltiples y posibles vidas de ambos ideadas por ella, vistas de forma especular como en la esfera de universos del Aleph borgiano. Es el torrente de la creación, el poder de lo poético frente a un mundo normalizado el que contiene estos textos y representa, en suma, la mirada de su autor.

Como Pablo, yo también sentí muy tempranamente la vocación de la poesía y comencé a pergeñar los primeros textos de forma precoz. No llegué a darlos a la imprenta hasta mucho después debido, tal vez, a un excesivo sentido autocrítico. Todavía conservo mis primeras tentativas serias, transcritas románticamente y con esmero y pluma de tinta azul, acompañadas de dibujos. Tuvieron que pasar algunos años para obtener confianza, convencido por personas cercanas para publicar los trabajos más maduros, siempre a través de concursos y certámenes. Mucho tiempo pasó hasta que finalmente recibí la respuesta afirmativa del Leopoldo de Luis, en 2019. Cuando subí a recoger el premio por El mar vertical contaba con 31 años. Fue también la primera vez que vi publicados oficialmente mis poemas —en 2012 vio la luz El poema: instrucciones de uso, cuadernito con algunos de mis textos poéticos, testimonio del taller de poesía organizado por José María Parreño en el que participé con 24 años—. Pablo ha tenido el arrojo y valentía del que carecí, adelantándome un año en su primera publicación. Además en solitario, lo que le da más valor. Le auguro un futuro extraordinario presagiado en su precocidad.