El pensamiento de la Revolución de 1789 es el punto de partida de la Francia actual ya que es la ideología que en ella predomina. Sus “dogmas” se han convertido en principios rectores del pueblo francés. Inspiraron a finales del siglo XIX la persecución religiosa y el anticlericalismo revelando la falta de equilibrio entre la libertad y la autoridad como se pudo ver en la polémica suscitada en torno a la escuela francesa. El fenómeno más característico de la Francia del siglo XIX es el del laicismo hostil y demoledor. Un proceso iniciado bajo el signo de la secularización que se consuma con la ruidosa ruptura de relaciones entre Francia y la Santa Sede, acogida con algarabía por cuantos opinaban que había llegado el tiempo de situar a la Iglesia católica en su lugar: a saber, en los templos, en las sacristías, lejos de los parlamentos, de las empresas, de las universidades, de las escuelas. La presencia de la religión en la vida pública tenía un nombre: el clericalismo; y León Gambetta había señalado en él al enemigo.
Hoy Francia es un país completamente descristianizado. Grandes zonas del país, pero especialmente, las grandes aglomeraciones urbanas han llegado a prescindir totalmente de la religión y su existencia presenta una gran semejanza con sociedades agnósticas, ateas o incluso, paganas. El sucedáneo del multiculturalismo ha devenido en rotundo fracaso. No ha resultado ser ese intercambio sereno de la cultura que permanece y sobrevive como fórmula a las grandes catástrofes y contribuye a afianzar la paz y la concordia. Por el contrario, ha provocado más bien una vastísima siembra de ignorancia y discordia en la que se afilan odios, se resucitan venganzas y el espíritu del desquite flota en el angustioso paisaje francés. Cuanto más necesario resulta mantener serenos los nervios, Francia se tambalea ante la destrucción flanqueada por el rencor y la rabia de los unos y la tolerante condescendencia y el apaciguamiento de los demás.
En este mundo perturbado por fanáticos enemigos que azuzan odios entre pueblos y razas, es necesario oponer civilización contra barbarie. En El despertar de Epiménides, escribe Goethe: “Ojala os fuera dado a vosotros tener alejado todo el odio y así gozaréis de la dicha suprema: la de gustar, tras ruda lucha externa, la íntima paz”.