Opinión

El verano, decíamos

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 02 de julio de 2023

Lo comentaba mi amiga Candela a finales de este junio, sentados en una terraza de la calle Santa Isabel. Cómo se va notando que llega el verano. Eran las diez de la noche y el bochorno remitía lentamente. Idéntica prisa teníamos quienes poblábamos los bares de nuestra calle o cualquiera en las cercanas. Sucedían las rondas y la sed no era saciada. Nos acompañaba Alexandra y su galgo, que supuso la atracción para todo el que se acercaba, especialmente para los vecinos de mesa. El perro se dejaba adorar como las viejas glorias del cine o del teatro, acudía presto a toda caricia por inercia o interés. Iba con la cabeza gacha, un poco apenado y también los que le mirábamos, cambiando rápidamente ese afligirse por la ternura que despertaba su tacto, su quietud y elegancia.

El verano, decíamos. Es el tiempo de sentarse a hablar bajo los árboles, como apuntó Marià Manent. Se va notando que llega porque algo en el carácter se destensa y nos permitimos ser erráticos, más receptivos a los cambios imprevistos de planes. Nos adaptamos a cualquier situación siempre y cuando no nos haga sudar como cerdos, único requisito imprescindible. Las conversaciones se llenan de constataciones climáticas, del tacto pegajoso que se nos queda nada más salir de nuestras casas, de esas personas que dicen darse varias duchas a lo largo del día —cinco he llegado a escuchar alguna vez, nada menos—, de dónde iremos de vacaciones, de la preocupación en encontrar quién regará las plantas si va a quedarse en la ciudad y pudiera hacernos el favor. De tener citas y que suceda algún romance tan pasajero como festivo, si bien es un aliciente la incertidumbre de si podrá perdurar ese interés una vez se acaben los cansados días veraniegos, que en Madrid, como escribió Galdós, es la estación de las tristezas.

Confieso que estaba deseoso de recalcar de nuevo esta idea, pues no sólo fue por su honda impresión que me dejó cuando leí Fortunata y Jacinta, sino que, como ocurre con la buena literatura, tuvo la capacidad de alumbrarme respecto a aquello que creía particular pero inane, cuando en realidad es común pero importantísimo. El verano es tan fascinante como pródigo en decepciones. Uno debe medirse las dosis que se inocula para que el efecto se incline hacia el lado adecuado según el talante. Pasa muy despacio, pero pasa, y debemos sentirlo con sus virtudes y consecuencias.

El verano también propicia los recuerdos, y las lecturas que lo ocupan traerán su fuerza para desarrollar los que han de crearse o los que no hemos dejado de rememorar. En el último libro de poemas de Dimas Prychyslyy, Materlingua, distintas imágenes familiares adquieren ese grado de relevancia cuando se mencionan a las tías, a las abuelas, lo que pudieron hacer en unas circunstancias límites, fuera de su lengua franca y su mundo originario. ‘Cuando no se es de ninguna parte uno elige. Mi elección es dar explicaciones, apagarme, multiplicar mi vida en la sombra, creer que uno mismo es su propio paraíso deshabitado. Mi elección es esta espesura, este cristal, este barranco. Elijo la identidad transformada. Mi materlingua es un injerto, es un esqueje, es un atajo, es un estado perdido de las cosas’, dice en el poema que da título al libro. Cómo fue uno, o mejor, cómo dice que fue uno, si hubiera hecho la mili, si no hubiera aguantado esos mocasines que le apretaban, cuando aprendió que la risa es la más compleja de las artes… Son varias de las apreciaciones que Prychyslyy vuelca en sus versos de tono sencillo y apariencia undosa, como el trigo verde en la historia de su abuela acerca de cómo su hermana se quedó sorda al dormirse en la tierra mientras ella se atiborraba de ese trigo. Como esos fantasmas que nos acompañan y con los que uno ha de aprender a convivir. Como esa sonoridad del estado perdido de las cosas, que resuena en lo dicho sin despegar apenas los labios. Ligereza parecida a cualquier tarde de verano.

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