Felipe González ha entrado de nuevo en el gran debate de la campaña electoral del 23J, los pactos electorales. Al igual que Alberto Núñez Feijóo, el ex presidente socialista se posiciona a favor de que gobierne la lista más votada, para evitar que el PP necesite a Vox, en el ala derecha, o que el PSOE necesite a los independentistas, como ha ocurrido en la pasada legislatura. González habla de “pactos de centralidad” para prevenir que España se debilite y se polarice al dar entrada a partidos situados en los extremos del espectro ideológico.
Las declaraciones de Felipe González apostando por un compromiso entre el PSOE y el PP para dejar gobernar a la lista más votada y evitar así las alianzas con los partidos extremistas han sido aplaudidas por los mismos analistas políticos que jalearon en su día la irrupción de los nuevos partidos con la ensoñación de que iban a salvar la democracia de las garras del bipartidismo. Pues conviene recordar que Ciudadanos y Vox nacieron para arrebatar los votos de los desencantados del PP; Podemos, de los del PSOE.
Y en parte lo lograron al obtener un aluvión de papeletas para, al final, pactar gobiernos con socialistas y populares. Llegaron al poder, se sentaron en las poltronas y, en lugar de acabar con el feroz bipartidismo han organizado un guirigay parlamentario que ha alterado la estabilidad política. El partido fundado por Albert Rivera se extinguió, como vaticinó este periódico contra viento y marea, el de Pablo Iglesias se desmorona después de sufrir una escisión interna y radicalizar el Gobierno con sus siniestras leyes y el de Santiago Abascal intenta sobrevivir desestabilizando al PP en una soterrada alianza con el PSOE, pues ambos se benefician de la pérdida de votos del partido de Feijóo. Sánchez, para seguir en La Moncloa y Abascal, para multiplicar sus escaños con la pretensión de erigirse en la referencia de la derecha.
Y es que, en vísperas de las elecciones, todas las encuestas independientes vaticinan una clara victoria del PP. Por eso, como ya denunció El Imparcial, Pedro Sánchez maniobra sin tregua para impedirlo y Santiago Abascal se revuelve para sobrevivir, pues el voto útil de esa mayoría de españoles que quiere acabar con el Gobierno Frankenstein dejaría a Vox en la irrelevancia. Pero el partido de Abascal juega con fuego. Su “alianza” con el PSOE, sus zancadillas al PP pueden favorecer que Sánchez siga en La Moncloa con los mismos aliados que ahora, entonces sí, pondría en marcha un proceso constituyente para dejar en papel mojado la Carta Magna, celebrar el referéndum de autodeterminación de Cataluña y en otras Comunidades como la vasca, sin descartar que diera el paso para cuestionar la vigencia de la Monarquía Parlamentaria.