Opinión

Globalización y nacionalismo: apuntes

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 04 de julio de 2023

Trataré de poner de relieve la trascendencia del último libro del historiador internacionalista profesor Quinn Slobodian Crack-Up capitalism (Penguin 2023). De acuerdo sobre todo con las reseñas que ha merecido, comenzando por las del Times Literary Supplement y The guardian, así como algunas entrevistas académicas que ha concedido. El libro es el resultado del examen de un cúmulo de ciudades y enclaves antidemocráticos en los últimos 45 años-de Singapur a Somalia, de Liechtenstein a Honduras- que han inspirado a reaccionarios y fundamentalistas del mercado que temen las interferencias de la política democrática en el funcionamiento del capitalismo. El prototipo de estas zonas económicas es Hong Kong, cuyo modelo Milton Friedman pensaba generalizar como ejemplo de desarrollo para el futuro. Este teórico tiraba para la defensa de sus tesis de la riqueza económica de este país, resultado de la actividad comercial, pero sobre todo de su base constitucional. Hong Kong, como residuo del imperialismo británico del siglo 19, disponía de una adecuada base administrativa y legal (libertad económica y seguridad jurídica ) para la actividad económica del mercado, pero sin el bagaje democrático que el capitalismo occidental llevaba acumulado durante el siglo 20. Sin duda en la imaginación de Estados de mercados emergentes como India y Brasil se pensaba en construir miniaturas de Hong Kong a través de estrategias de zona.

Estas islas o excepciones de los Estados nacionales democráticos son útiles de cara a atraer capital y favorecer la actividad empresarial, lo que tratan de lograr a través de una política de incentivos fiscales, desregulación y protección preferente de los intereses del capital sobre los derechos laborales (William Davies). La supresión de las libertades democráticas es un detalle irrelevante frente al desarrollo económico pretendido. El capitalismo no necesita la democracia para funcionar; antes bien debe ser protegido de los riesgos de la participación en el tiempo de la democracia de masas, pues el modelo democrático occidental (Estado social constitucional de derecho) puede considerarse contrario al crecimiento y mantenimiento de los mercados: a la postre la democracia acaba en socialismo, aunque sea azul.

El libro previene frente a un entendimiento lineal de la globalización que no tiene por qué entenderse como un proceso inexorable y liquidador de las fases previas de desarrollo según unas pautas inexorables occidentalistas que liquidarán cualquier vestigio tradicional resistente. La verdad es que el actual momento del sistema político capitalista mundial es más bien sincrético y muestra unas dosis de pluralismo considerable. La compatibilidad perfecta entre liberalismo político y mercado, que no distingue entre libertades económicas y libertades políticas, no es un rasgo necesario del desarrollo universal sino una variante de las formas políticas de Occidente. La democracia no es el corolario lógico del desarrollo económico: al capitalismo le basta un orden que garantice la iniciativa económica y la seguridad jurídica, y esto se lo da el Estado legal de derecho. Sucede, por tanto, que pueden coexistir democracias constitucionales y regímenes imperfectos tributarios de patrones colonialistas o predemocráticos. Tal pluralismo renuncia a las ventajas de la uniformidad (relativa) de la globalización y supone una vuelta a las formas políticas del antiguo régimen. Esta visión de las relaciones entre mercado y democracia permite entender que algunas de estas zonas correspondan a enclaves de dependencia colonial o no totalmente independientes; pero puede también servir para apuntalar justificaciones de regímenes no democráticos (China) o incluso de sistemas con deficiencias democráticas o limitaciones injustificables desde el punto de vista del Estado de Derecho constitucional (caso de las democracias iliberales, europeas y americanas).

Pero las zonas lo que muestran es la convivencia en este momento del capitalismo mundial de la globalización y el nacionalismo, como ámbitos de la integración o de la soberanía. La globalización no prescinde de la vinculación política de la nación ya que, más bien, la supone o incluso la refuerza. La integración (cuyas fases y manifestaciones ha estudiado tan perfectamente José Luis García Guerrero) conlleva, claro está, las cesiones de poder correspondientes a las organizaciones internacionales, pero coexiste perfectamente con la soberanía de los Estados, incluso la incrementa. Desde luego la integración es acordada libremente por los mismos, que así pueden abandonarla, como acaba de probar el Reino Unido yéndose de la Unión Europea ; pero es que los Estados utilizan el recurso a los compromisos internacionales para imponer internamente limitaciones que no podrían justificar sin recurrir a los imperativos de las uniones o integraciones a que pertenecen. En efecto la integración supone, dice Slobodian “ una segunda línea de defensa del constitucionalismo nacional”, admitiendo límites supraestatales para resistir demandas que surgen dentro de la nación. La gente puede demandar más redistribución, más ayuda del Estado, más protagonismo público económico. A lo que las autoridades pueden replicar: “ no podemos, estamos cansados, o tenemos las manos atadas por un tratado que está sobre nosotros”. Es falsa la alternativa, dice Slobodian, entre lo global y el aislamiento: para eso se utilizan los puentes levadizos de intermediación. El proceso de globalización tiene siempre dos caras: con gente yéndose aunque permaneciendo superintegrada a su territorio de origen.

Por lo demás, las “zonas” económicas son toleradas por los Estados, si no creadas por ellos, y admitidas por las demás formas políticas soberanas. Diría que son expresión del propio pluralismo constitutivo nacional, cuyo espacio no tiene porque ser absolutamente homogéneo, como ya ocurrió con los imperios en el pasado, y del que se benefician, como sucede con China en el caso de Hong Kong o Liechtenstein, en el caso de Alemania, particularismos establecidos por el propio Estado para favorecer cierta clase de actividades económicas y hacer más difíciles otras. Hay sin duda discontinuidades nacionales que pueden ser además explicadas, como ocurre entre nosotros con los espacios forales, por otros motivos que los económicos, se trate de peculiaridades históricas o políticas, aunque a la postre estas especificidades siempre tienen una confirmación económica. Estemos en los imperios o las naciones, vivimos en un mundo mosaico de divisiones internas heterogéneas, que lo es en un grado más intenso de lo que se suele admitir.