Opinión

Dando vueltas a la escena

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 09 de julio de 2023

‘¡Que llegue la hora en que los corazones se apasionen!’, dice el verso de Rimbaud en la cartela que abre la película El rayo verde, de Rohmer. Es de los pocos poemas de ese poeta que pueden salvarse. Es de las mejores películas de ese director. La suma posibilitó un retrato tan conseguido como sacado al paso de la soledad en la etapa adulta, pero también un fresco sobre las vacaciones que se truncan y el querer resarcirnos a pesar de vernos en la estacada, llenando ese vacío con momentos sociales, sean reuniones o excursiones o conversaciones y paseos, que nada podrán hacer por arreglarlo. El azar tendrá la última palabra. Nosotros tantearemos, entre sol y sombra, el côté más apropiado. Ese que pueda lavar la desgana estival y nos deje luciendo vigores renovados.

No son exclusivos de la juventud estos dilemas. Cualquiera, independientemente de la edad, puede sentirlos volver o experimentarlos de primeras. El noqueo será idéntico. Perder unos días de vacaciones es un contratiempo del primer mundo. Sí, fastidia lo indecible, sin entrar en los pormenores económicos o frívolos que pueda traer la discusión. Es por ello que a muchos la película de Rohmer les parece superficial: una joven llorando por las esquinas porque no tiene con quién pasar unos días fuera de la ciudad, sus quejas al respecto. Es la capa reconocible del filme, pero cuenta más (y mejor) el aire de abatimiento que nos irá llevando con la protagonista a las distintas escenas, a los distintos escenarios, que le harán ver cuál es su problema: cómo ha descuidado lo verdaderamente importante, y el riesgo de pesadez del que todos podemos pecar. En una secuencia en concreto, caminando entre malezas, se detiene presa de su congoja. Nunca he sentido el viento y el silencio y unas lágrimas con tanta fuerza en el cine.

Apasionarse estos meses también supone un riesgo, pero lo asumimos más gustosamente. La primera novela de Carlos Herrero se acerca sin miedo a ese vergel eterno de los amores veraniegos. Aunque siempre acaben, o mal, su transcurso es placentero, sea para el que los experimenta como para el que es testigo de ellos. Aristóteles, el protagonista, nos aparece en su plenitud: acabando el curso de universidad, veintiún años, quedando con sus amigas Uma y Lele, buscando una solución a las tiranteces con su novio David; de cara al verano, en sus días favoritos, los finales de junio, dispuesto a todo.

La ambición del verano, que hace seamos dañinos en defensa de lo sentido a flor de piel, es la idea que recorre la novela. Aristóteles huye de las intensidades propias de las novelas de aprendizaje o de las que exploran los vericuetos más turbios durante los mencionados periodos de asueto. Herrero nos entrega un personaje consciente de sus carencias, de su nivel inexperto ante determinadas situaciones vitales, pero al que no le importa mostrarse ácido, permeable y crítico con su comportamiento y el de los que le rodean. Aris, como se le llama cariñosamente, ha sido uno, todos y ninguno. Sus acciones y pensamientos van guiándose por lo vibrante de lo nunca ocurrido y las consecuencias que tendrán en su presente, si acaso el futuro le quede todavía lejos. Como buen afrancesado, flanea Madrid y también a sus cercanos, paisajes igualmente en los que reparará para constatar su vulnerabilidad.

Uno piensa que esta novela se sitúa en el término medio de la sencillez y el peligro de la simpleza. Lo segundo, y limando aspereza por la palabra elegida, porque un protagonista del calibre de Aris puede resultar redundante, antipático y malcriado a ojos de un lector desubicado y que desatienda el tono de la narración. Lo primero, porque esa elección por parte de Herrero de que los capítulos no dejen de incluir esas vueltas a las mismas escenas, a las mismas dudas, supone un atractivo: en su habla, imperfecta y natural y sin evitar ramalazos cultos y populares; en el trato con sus amigas y su madre, aceptando la desigualdad y el requerimiento de un cariño más estable, menos dependiente de vaivenes infantiles; en saber lo que se quiere de la vida o en la vida, ese Everest interior que nunca se consigue coronar, por mucho que nos creamos entrenados.

Estar perdido como si fuera una responsabilidad con la que cumplir, para qué mentirse. Las novelas, como esta de Herrero, nos recuerdan lo necesario de las imperfecciones en nuestra concepción errónea de seres sobradamente completos. Más quisiéramos. Apasionados o por estarlo, procuremos que el tiempo no nos pase sin arrepentimientos u otras delicias fruto de los pensamientos vagos.