En cierta ocasión, le preguntaron a Bernard Shaw su opinión sobre la incipiente televisión: “Me da miedo mirarla”. Sin duda, ya pensaba en debates electorales cara a cara como el celebrado entre Sánchez y Feijóo. Un espacio en donde debía brillar la sólida experiencia y la firme competencia ha sido postergado por el divertimiento rayano con el esperpento y el desatino. Incapaces Pastor y Vallés de asumir la conducción del programa, el tabernario plató se parecía a un programa dirigido por Pedrerol, con ambiente corralero y respuestas de verdulería. “Eso es mentira”, “eso no es cierto”, “yo no miento” repetía Sánchez por lo bajini, infantil y provocativamente, una y otra vez. Con su verborrea oceánica apenas dejó de hablar, ni siquiera cuando debía callar. Tampoco dejaba hablar a Feijóo, a quien intentó sistemáticamente arrebatarle el uso de la palabra a base de continuo juego sucio y de reiteradas faltas de educación.
El drama de Sánchez es que durante los últimos años su rival más incómodo ha sido la hemeroteca, que certifica su especialidad en elevar a mentira su método de gobierno. Sánchez mintió una vez más. Afirmó que prepararía el debate encerrándose en Moncloa varios días con los suyos. Y como les sucede a los mentirosos, que parecen instalados en esa insoportable superficialidad del optimista de verbena, llegó sobrado. Como una moto. Echando humo. Acuciado por las encuestas, agitado y agitador por remontarlas. Con el baile de San Vito en el cuerpo. Sin consistencia. Insolvente y crispado. Con una risa histérica más que forzada. Confundía a su oponente con Abascal. “Yo soy el del PP”, tuvo que recordarle el gallego. Se pasó el debate poniendo caritas y gestitos. Y hasta fingió indignarse como si fuera un niño de los Luises cuando Feijóo le aconsejó que se tranquilizara. Falto de argumentos, aminoró en su chulería y tuvo que retroceder desesperadamente hasta el 11-M y la guerra de Irak para traerlos como si fueran clavos ardiendo. Con eso y su desprecio a firmar el pacto de la lista más votada, renunciando al consenso del 78, cavó su tumba, quién sabe si en un arranque de ingenuidad o de soberbia infantil. Y se tumbó en ella cuando Feijóo le espetó: “Usted no distingue la verdad de la mentira”.
Decía Unamuno que los gallegos o se quedan en la ría, o se van a Buenos Aires a poner una panadería o se vienen a Madrid a hacer política. Feijóo vino a Madrid para quedarse. Los gallegos no solo expresan poesía con dulzura y brumosidad, por ese puro sentido nostálgico de la vida y la naturaleza, sino además se inclinan hacia la ironía y la retranca por una esencial vitalidad, por un peculiar y ardiente entusiasmo. El sentido del humor de Feijóo descolocó a Sánchez. Y acabó derrotándolo con su paciencia. Propia del gallego que se acerca al enorme silencio de la noche compostelana, y que escuchando serenamente con afilada atención, alcanza a oír el íntimo latido de la piedra. La misma paciencia que la de un maestro de escuela cuando intenta sacar de la ignorancia al alumno o logra corregir al muchacho travieso que persigue alborotar la apacible vida escolar. Un buen político sabe esperar y perseverar, sin desesperar ni desconcertar a los ciudadanos. El de Orense se ha revelado como un duro contrincante y férreo defensor de tantos españoles damnificados por el sanchismo. En el convulso debate, Sánchez no logró superar a Sánchez. Tampoco a Feijóo.