Opinión

Confusión Económica

José Luis Feito | Viernes 24 de octubre de 2008
No es exagerado decir que vivimos los tiempos de mayor confusión económica desde la Gran Depresión. Falta de orden y claridad; vacilación, desasosiego, turbación del ánimo; descrédito, deshonra, ignominia. Todas estas aceptaciones del vocablo confusión describen un aspecto u otro de la situación actual. Es una confusión comprensible en sociedades que se han visto sorprendidas por la violencia inusitada de la crisis económica, y no digamos nada en países como el nuestro donde la realidad e incluso la mera posibilidad de la crisis se negaba hace apenas unos meses.

En estos tiempos de zozobra, con el sistema financiero y las economías de muchos países al borde del abismo, es vital evitar errores de política económica. Para ello es especialmente importante distinguir entre la política económica necesaria a corto plazo y la que se tendrá que hacer cuando las economías hayan salido de la zona de peligro en que se encuentran. Aunque a algunos les pueda sonar herético y contraproducente, la política económica que debemos aplicar en el corto plazo es la que se aplicó erróneamente en el pasado. Me apresuro a explicar esta proposición. La causa última de esta crisis reside esencialmente en la política monetaria extraordinariamente expansiva aplicada en Estados Unidos que ha propulsado crecimientos medios anuales del crédito en la economía mundial (y, por ende, de la deuda) entre el 10% y el 20% durante los últimos ocho años. Otro factor, que sin la causa anterior hubiera sido irrelevante, ha sido la configuración de marcos regulatorios del sistema financiero que por acción u omisión han acentuado el apalancamiento y la propensión al riesgo de las entidades financieras. Lo que necesitamos en este momento en el que las condiciones financieras y reales se han alterado drásticamente es una política monetaria tan expansiva como lo fue en los momentos más álgidos del pasado y un marco regulatorio que aliente y no cercene la propensión al riesgo.

Parece haber coincidencia entre los banqueros centrales en cuanto a la necesidad de reducciones significativas de los tipos de interés. También parece haberla en lo concerniente a las modificaciones del marco regulatorio del sistema financiero, pero en este caso desgraciadamente para mal. En efecto, todo indica que las autoridades económicas se están preparando para reforzar inminentemente los esquemas de supervisión a fin de evitar la repetición de los excesos del pasado. Si se hace esto, se estaría siguiendo la estrategia que hubiera servido para ganar las guerras del ayer, guerras que se perdieron frente a un enemigo que hoy ya no existe. El enemigo que hoy hay que vencer ataca por el flanco opuesto al que se quiere ahora guarnecer reforzando las ratios de capital y reduciendo la proporción del riesgo existente en el sistema financiero. Si se avanza por ese camino no se impedirá el debilitamiento progresivo del sector real y, por tanto, no se frenará el deterioro de la solvencia del sistema financiero. Sólo si se frena la destrucción exagerada y creciente del valor de los activos reales que son el colateral de los activos crediticios del sistema bancario se impedirá la mortífera espiral que lleva a restringir brutalmente la concesión de créditos a empresas y familias solventes, dificultando así las posibilidades de devolver sus préstamos y erosionando con ello aún más los balances bancarios.

En momentos de crisis sistémica y desconfianza extrema como el actual, lo que tendría sentido para un banco individual es un sinsentido para el conjunto de bancos si todos ellos actúan de la misma manera. El acopio de liquidez y restricción de crédito por parte de un banco podría sanear su balance si este comportamiento no fuera emulado por todos los demás bancos. Si, como ocurre hoy, todos los bancos adoptan decisiones similares, el resultado es la intensificación de la caída de la actividad económica y una mayor erosión de los activos crediticios de todos los bancos. El objetivo de algunas medidas de intervención en los sistemas bancarios es precisamente romper este círculo vicioso. Pero estas medidas, que en general van bien orientadas, no son suficientes. De hecho, pueden ser ineficaces si las autoridades económicas responsables de la supervisión siguen enviando mensajes sobre cambios inminentes de la regulación encaminados a reforzar las necesidades de capital en proporción al riesgo de los activos del balance. No es el momento de reducir la propensión al riesgo del sistema bancario sino de incentivarla. Lo que necesitamos ahora, ante la situación crítica de la economía mundial, no son los esquemas de supervisión que mejor han funcionado en el pasado sino los que han fracasado.

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