Como tantas personas, me sentí especialmente tocado por aquella afirmación inconsistente pues, en un país como España, en cierto modo “judíos somos todos”, al menos por empatía con cualquier grupo humano que sea sometido a escarnio y persecución. Pero se da el caso además de que muchos apellidos españoles como el mío son de ascendencia judía desde siglos atrás, apellidos camuflados o cambiados para resistir en un entorno hostil. Sabemos por la historia que la imposición intolerante de una religión única y la posterior persecución del disidente provocó en nuestra cultura occidental, y no solamente en España, situaciones muy peculiares a nivel personal, como expresión de distintas fórmulas de resistencia. La vivencia experimentada como una contradicción interna entre dos religiones con las que una conciencia se identifica pudo provocar, en la interpretación de otro famoso judío como es el pensador francés Edgar Morin, que Teresa de Ávila, santa Teresa, escapara hacía la mística como refugio, dando lugar a una de las más bellas páginas de la poesía española. En otros casos, la solución pareció encontrarse en el escepticismo, la eterna duda entre lo uno y lo otro. Mística y escepticismo que serían precisamente las grandes aportaciones del pensamiento español a la filosofía europea, según don Marcelino Menéndez Pelayo, como ha destacado recientemente Agapito Maestre en su magistral libro sobre el polígrafo santanderino en “El Gran Heteredoxo”. Incluso el panteísmo del filósofo racionalista y judío Spinoza, en los albores del siglo XVII, podría ser visto en términos semejantes. Al no poder creer en un Dios exterior al mundo, una especie de Dios arquitecto universal, habría llegado a la conclusión de que “el mundo es Dios, Dios es el mundo”. La hipótesis panteísta como refugio nuevamente a la contradicción interna.
Los caminos que el misterio de la vida provoca en cada espíritu son muy diversos y, por fin, parece que habíamos aprendido que todos son igualmente respetables, que la religión de cada cual o su ausencia son igualmente derechos inalienables de la persona. Hemos aprendido a tolerar la diversidad de creencias y a no marginar ni despreciar a nadie por ese motivo. Como decía el autor de “Campos de Castilla”, tu verdad, no. La verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela. Sin embargo, en el campo de las opciones políticas parece que aún estamos lejos de ese respeto recíproco. A lo largo de la historia de las formas políticas, en una especie como la nuestra, que tiene que inventarse constantemente sus modelos de convivencia, sus leyes e instituciones, para hacer frente a los nuevos desafíos contando con la experiencia acumulada del pasado, se ha ido decantando a través de los siglos, como el mejor de los posibles, el modelo del Estado de Derecho. Por necesidad de esquematismo pedagógico suelo resumir a mi alumnado de Ciencias Políticas el concepto de Estado de Derecho diciéndoles que sus características principales incluyen el principio de legalidad y jerarquía normativa, el principio de separación de poderes, la participación y legitimación democrática de nuestras leyes, instituciones y elección de cargos públicos, pero también, ¡ay! El respeto a los derechos fundamentales de cada persona humana tal como están recogidos en la Declaración de 1948 y sucesivos desarrollos y ampliaciones. Este modelo teórico es simple y fácil de entender, pero su aplicación en la práctica diaria se nos complica, pues siempre están ahí la cuestión de la interpretación, el problema de los límites, el debate sobre los matices. Por ejemplo, parece que después de la Transición estábamos convencidos en España de que no era conveniente a la división en buenos y malos, rojos y azules, que habíamos aprendido a perdonarnos y a no repetir los errores del pasado. Parece que habíamos aprendido que la verdad se construye como nos enseñó don José Ortega y Gasset integrando puntos de vista diferentes.
La vocación de verdad en este sentido compromete especialmente al líder político, a quien se presenta para capitanear un proyecto solvente y esperanzador de convivencia, como responsable de aportar soluciones a los problemas de nuestra sociedad. Por esa razón decía Jenofonte en su Anábasis que la principal cualidad de un líder debe ser la lealtad con la palabra dada, fidelidad inquebrantable a los compromisos adquiridos mediante su promesa ante aquellos a quienes dirige y gobierna. De ahí que el debate final entre los dos principales líderes en esta campaña electoral se planteara en cierto modo como un juicio a la verdad. Y de ahí también que el presidente saliente, Pedro Sánchez, se mostrara especialmente vulnerable, como ya lo había sido en la entrevista radiofónica con Carlos Alsina cuando el periodista le sorprendía directamente con la pregunta: “Presidente, ¿por qué ha mentido tanto a los españoles?”. A pesar de sus constantes interrupciones al candidato y a sus intentos por desviar la atención hacia los posibles pactos de los populares con lo que él tilda de “extrema derecha”, a la que previamente atribuye gratuitamente todas las calamidades que el imaginario popular pudiera asociar con lo que representó el nacionalsocialismo hace ya casi un siglo, lo cierto es que Feijoo mostró firmeza, solvencia y exigencia de claridad y de verdad sin obtener respuesta. Evidentemente, el debate televisado no podía entenderse de ningún modo como un juicio anacrónico a lo que en 1935 plasmó cinematográficamente Leni Riefenstahl como “El triunfo de la voluntad”, sino como algo mucho más sencillo para el telespectador medio en la España del verano de 2023, a saber, el triunfo de la coherencia, la claridad y la solvencia de quien aspira a dirigir el destino de los ciudadanos en los próximos cuatro años. El candidato Feijoo tenía sin duda, entre bastidores, el respaldo de un gran equipo y especialmente de alguien que, tras el milagro andaluz, aspira para toda España a repetir el triunfo de la claridad y la solvencia.