Opinión

Homenaje a la señora Bradstreet

TRIBUNA

Óscar Díaz | Lunes 17 de julio de 2023

El suicidio de John Berryman en 1972 puso fin a una de las carreras poéticas norteamericanas más fecundas. En España poco a poco nos va llegando su obra; si en 2019 pudimos disfrutar de 77 Dream Songs, ahora hacemos lo propio con este Homenaje a la señora Bradstreet (Vaso Roto, 2023), traducido por Armando Roa Vial, que vio la luz originalmente en 1953 y reeditado con ilustraciones en 1956, y constituyó el segundo libro de peso en su trayectoria tras la publicación en 1948 de The Dispossessed. Fuera de los grandes mitos, pero conservando el largo aliento, nos encontramos con un canto en 57 partes de ocho versos rimados cada una. La protagonista, esa tal señora Bradstreet que anuncia el título, no es otra que Anne Dudley, si atendemos a su apellido de soltera, célebre por ser la primera poeta estadounidense en ver su nombre impreso en un libro a mitad del siglo XVII.

En estos 456 versos observamos desde un tono cercano a la entrevista hasta el diálogo amistoso, pasando por el monólogo, la descripción o, sobre todo, el lamento. Esta oscilación parece confluir en una imitatio Christi en la que la protagonista va padeciendo desgracias, sufrimientos internos y externos, la promesa incumplida del Nuevo Mundo, sacrificios múltiples hasta alcanzar la imagen de Cristo, de ahí que Berryman le haga decir «Cuerpo sin consumir, cuando tú estés agotado / ¿me dejarás ascender / hasta los manantiales del Cielo? No sea que una agonía más escrupulosa me haga declinar» (p. 107). De hecho, percibimos un estudio del paso del tiempo, de la juventud a la vejez y el cambio de mentalidades.

Hay mucho de retrato y biografía no autorizados, de voyeurismo; por ejemplo, leemos «Los poemas se acumulan, proporcionados y anodinos. / Y los publican / en un Londres tosco por una hueca corona» (p. 97), lo que nos recuerda el éxito de la publicación de su primer libro en Londres en 1650 titulado, en referencia sáfica, The Tenth Muse Lately Sprung Up in America, y que fue incluido unos años después en el Catalogue of the Most Vendible Books in England. Otro ejemplo de esta mirada indiscreta de Berryman lo hallamos en los versos «Mi ventana mira al cementerio en esta nueva y gran casa / (¿cuántas se incendiaron?) arriba, junto a los olmos» (p. 115), que apunta a uno de los momentos más traumáticos de la vida de Anne Bradstreet, el incendio de su casa en 1666, donde el fuego devoró parte de su sustanciosa biblioteca y la hizo escribir, casi como acto de fe, su célebre poema «Here Follows Some Verses upon the Burning of Our House July 10th, 1666».

Ahora bien, Homenaje a la señora Bradstreet adopta al mismo tiempo la forma de un correlato objetivo, es decir, la elección de un acontecimiento histórico que funcione como pantalla sobre la que el poeta vuelca, de forma oblicua o alusiva, sus propias emociones. En muchas ocasiones, es posible permutar o, al menos, superponer a ambos poetas. John Frederick Nims observó cómo la ruptura sentimental de Berryman con su primera mujer, Eileen Simpson, sucedida en el momento en que se publicó el libro (es de suponer que venía de antes), puede haber condicionado la aproximación poemática, y si se lee desde esta óptica, muchas líneas adquieren un tono dramático más pronunciado: «Sospecho que no te quedarás. Cómo perduras, / menguados, en nuestra atmósfera de amantes» (p. 19) o «Él a mí me enfermó prolongadamente, su metódico rehuir / de la felicidad y de una sangre fulgurante y / prometida: lo que parecía ser vida. Besé su Misterio» (p. 41). De todos modos, ni es recomendable preguntarle al poema por qué dice lo que dice ni creer al autor cuando afirma que se trata de un poema histórico. Uno cuenta, por un lado, con unos materiales ajenos, y, por otro, con su caja de herramientas: la construcción es lo que prevalece. Berryman se suma a esa pequeña pero exquisita lista de cantos norteamericanos que, polinizando el siglo XX, tuvieron por maestros fundadores a Walt Whitman y Emily Dickinson.