1- Hay muchas cuestiones a plantear sobre los debates electorales en el sistema democrático constitucional, comenzando naturalmente por su justificación, o necesidad, así su regulación en el plano normativo o efectivo; por no pensar en el examen de los debates celebrados hasta este momento en la actual campaña electoral, y que tantos flancos para la crítica, incluso acerva, ofrecen. Admitir la inevitabilidad de los debates no puede suponer renunciar a la reflexión sobre los rasgos que necesariamente los mismos han de adoptar en un orden democrático como el nuestro, pues ellos no quedan justificados por su número o frecuencia sino por su conformidad con un determinado modelo.
Los debates electorales encajan perfectamente en la concepción dialógica o deliberativa de la democracia que tenemos. El debate contribuye a la integración y la racionalización de la vida pública propia del sistema democrático. Cuando nuestros representantes o quienes aspiran a serlo intervienen en la discusión pública, manifestando nuestros puntos de vista u opiniones, sentimos que nuestra voz se oye en el espacio común, y esto hace que se afiance nuestra identificación con el mismo. La democracia, además, es una forma de gobierno razonable, pues la discusión de las alternativas existentes y la publicidad del proceso político, posibilitan la racionalidad de este. Siendo esto así no puede sorprender el superior rendimiento de la democracia en relación con otras formas de gobierno. De este modo, ningún sistema de gobierno como la democracia se corresponde a las condiciones de la moderna sociedad pluralista, como orden que no niega el acceso al poder a ninguna fuerza política, y ofrece a la oposición oportunidades de participación e influencia. La democracia, en fin, es un sistema de gobierno ilustrado, que no puede funcionar sin la participación informada de los ciudadanos, como estableciese Konrad Hesse, a lo que contribuyen los debates electorales. En algo de esto pensaba la Junta Electoral Central cuando en el Acuerdo de 8 de junio de 1999 afirmaba que «la celebración y emisión de debates entre las distintas entidades políticas constituyen un elemento concurrente al fortalecimiento y desarrollo del proceso democrático».
El cumplimiento de los fines de la discusión pública, hablemos de sus distintas modalidades, se trate del debate parlamentario o el electoral, depende de la adecuada configuración al respecto, de su diseño exterior, digámoslo así, a lo que luego haremos referencia en el caso de los comicios; pero también, antes de nada, de la disposición de los intervinientes en los mismos, que deben adoptar una actitud correspondiente a la condición dialógica o deliberativa de la democracia. En este sentido es interesante hacer notar que algunos autores, siguiendo el modelo de deliberación democrática de Habermas, han elaborado un índice de calidad deliberativa de los debates, según el grado de racionalidad argumental y su consideración del bien común por parte de quienes participan en ellos, así como por la actitud para interactuar de modo constructivo con quienes uno no está de acuerdo. El índice atendería a cuatro variables: 1- La disposición a justificar en términos de racionalidad los planteamientos de cada cual. 2- Aceptar que la mejor justificación de la propia posición depende de la orientación hacia el bien común antes que de acuerdo con los intereses de los representados.3- Respeto hacia las posiciones de los otros intervinientes en el la discusión y 4- Disposición de todos a admitir propuestas diferentes o intermediadoras provenientes de los participantes en el diálogo(André Bächtiger).
Aunque estudiar esta cuestión con detalle nos llevaría lejos si que parece oportuno recalcar que las exigencias referidas de la discusión modélica se corresponden perfectamente con la idea de la representación que atribuye la soberanía a la Nación, que no admite el mandato imperativo y rechaza la visión del Parlamento como el simple conjunto de comisionados de los diferentes sectores ideológicos y territoriales de un país. Sobra decir también que este canon dialógico tiene poco que ver con la exposición de planteamientos parroquialistas, insolidarios (propios del independentismo y los partidos free riders) y sectarios (o extremistas de derecha o izquierda) que suelen exhibirse en nuestras campañas electorales y que desafortunadamente no han faltado tampoco en la actual.