He tenido una pesadilla. Uno de esos sueños malquistos que se involucran tanto con el subconsciente que arruinan la placidez del descanso humano. Pedro Sánchez se me ha aparecido vestido de cartero sentado sobre la cima de una enorme montaña de votos por correo. Reía a mandíbula batiente y saludaba haciendo el signo de la victoria al estilo de ‘O Rey Pedro’.
Confieso que he visto alucinaciones algo peores, pero han sido a través de Netflix y esas te permiten cambiar de canal. Ésta, sin embargo, ha sido más carnal, más de sufrirlo en primera persona. Millones de votos por correo sostenían al ínclito Sánchez mientras miles de carteros le adoraban genuflexos por orden de un presidente de Correos tan servil en la acción como íntimo amigo de Pedro Sánchez. Como la pesadilla era en 3D pude ver que en uno de los sobres ponía “Que te vote Txapote”, para el caso daba igual porque aquella montaña acabaría como Roma cuando Nerón, según cuentan, dejó caer la colilla encendida de su último cigarrillo Ducados Negro. Una gran nube oscura lo envolvió todo y el resto se lo pueden ustedes imaginar.
Se lo cuento a mi confesor Anatol Corchea. Hombre al que recurro cuando la necesidad obliga, pues él, como antiguo cartero rural que fue y posterior licenciado en orígenes del buen hacer entre semejantes, me saca de dudas. –“Tu historia es fruto de una simbiosis maligna. Algo bastante frecuente cuando el poder se la juega en urnas”. Carezco de elementos para juzgar a mi propia psiquis y es que en política de altura suelen refugiarse los autores intelectuales de muchas maniobras altamente deshonrosas e incluso delictivas.
La génesis del servicio de cartería se pierde en el túnel de los tiempos, más no por ello mi amigo Anatol renuncia a un referente en la literatura de Julio Verne: Miguel Strogoff. –“Para alguien como yo, que repartí cartas a lomos de un borrico, cualquier acto de tropelía en un servicio postal es una canallada. Con Strogoff no hubiera sucedido este abuso de poder –me dice con voz desatada. No puedo estar más de acuerdo. Correos debería ser un servicio en manos de los excelentes carteros y carteras máxime cuando el actual presidente de la empresa pública, que lo es por su fraternal amistad con don Pedro en funciones, resulta que acumula una deuda de 1.000 millones de euros gracias a su incompetente gestión, según cuentan los expertos en pérdidas y ganancias.
A mí lo de Miguel Strogoff me parece lo más. Un tío capaz de cruzar Siberia a caballo, sorteando a fieros tártaros y recorrer 5.200 kms con la única misión de entregar un mensaje del Zar a su hermano el Gran Duque, para mí lo quisiera en momentos tan cruciales como la dudosa maniobra de los votos por correo. Mala ha sido la idea de tener que votar soportando canícula sahariana incluido polvo del desierto (con perdón). Mal que los colegios electorales se conviertan en un chiringuito de playa con urnas en el mostrador: ¡¡Tres del PSOE para la mesa dos!! Cuatro para el PP!! y una de Vox poco hecha para llevar!! ¡Oído cocina, marchando!! Mal que uno vaya a votar con el Meyba de rayas, en chanclas, el flotador de patito y con el bolso riñonera a la cintura con los sobres del Congreso y el Senado. Mal que tengas encargada una paella de marisco para diez y se nos pase el arroz porque cada cual vota en un pueblo diferente y a saber; ahora bien, jugar al escondite con los votos por correo es una jugada de trile en toda regla. Nada de extraño, por lo tanto, que haya casi medio millón de sufragios guardados en las oficinas de Correos ante la imposibilidad de realizar las dos entregas en mano que determina la ley sin haber obtenido respuesta por parte del elector.
Yo bien sé que este tipo de sueños son entendidos a través de los sentidos varios de cada cual, más no cabe en burlas y menosprecios si mi manera de soñar conviene en pesadilla de la actualidad. En cierta ocasión fui abducido en siesta por Marilyn Monroe y con ello objeto de envidias, más no por dicho motivo caí en arrogancia alguna.
En fin, no es por ser desagradable ni desconfiado, pero en ocasiones las pesadillas se hacen realidad y por voluntad en contar lo que se sueña no deja de ser tema que escuece y pica a quienes adoran la mentira como precio y hábito. Como dijera Cayo Petronio Arbitro, autor del célebre Satiricón: “El perro ladra a las huellas de la liebre en sus sueños”. Pues eso.