Una placa, en el número 12 de la céntrica Acera de Recoletos vallisoletana, indica que fue allí donde nació Miguel Delibes. El bajorrelieve, realizado por la escultora Belén González, representa un membrillero como símbolo de la vida. Debajo, figura una conocida frase del escritor: “soy como un árbol que crece donde lo plantan". Qué mejor forma de expresar la pertenencia a un lugar. El autor de El camino, tan apegado a su tierra, cantó a la Naturaleza sintiendo sus raíces en ella y temiendo perder su humanidad por ser despojado de ella. Por supuesto, se refería a llevar su Castilla dentro, pues es difícil mantenerse fiel al terruño sin ser arrancado físicamente de él. Su apellido le delataba, tan francés como el del famoso compositor de Lakmé, del cual descendía. Cada vez más, la vida aboca a una inestabilidad. Tal vez allí, donde brotó, la planta pueda carecer de nutrientes, poniendo en riesgo la propia continuidad por su inmovilidad sedentaria.
Leonés de nacimiento y donostiarra de adopción —se autodenomina vasco-leonés—, Félix Maraña (León, 1953) sabe a lo que me refiero. El pasado 2 de julio, en una entrevista para el diario Filandón, expresaba como frase remarcable que, para él, León es “una referencia afectiva” familiar e intelectual, pero también “una evocación y una preocupación”. Desde niño residió ya en el País Vasco, donde inició su carrera periodística en el ámbito cultural a los 17 años. Sus artículos —aparecidos en medios como los de Vocento—, han cantado a su tierra de acogida, siendo Donostia su punta de lanza. Miembro de revistas como Kantil y fundador de la Oficina de Ideas o de la Colección Poesía Vasca, ha organizado diversas exposiciones dedicadas a figuras imprescindibles de la cultura de esta tierra como Pio Baroja, Eduardo Chillida o Jorge Oteiza. Amigo personal de éste y de otros no menos importantes como Gabriel Celaya, se ha preocupado por difundir su poesía a través de ediciones o estudios en torno a sus figuras. Ahora le toca a él con su libro de poemas El bosque no es un árbol repetido. Sonetos y soñetos, editado por Huerga y Fierro y prologado por Valentín Martín. De nuevo, la Naturaleza no puede estar más presente, tanto por su contenido como por su simbología: de ella venimos y a ella es imposible regresar porque nunca la hemos abandonado, formando parte de su esencia. De ésta también dependemos, por eso se convierte tanto en canto como en advertencia; un ejemplo es el poema Desierto: “Sin los ríos el mar perecería, / si no bebe no puede estar despierto, / cuando duerme mantiene un ojo abierto / pues el mar de la tierra no se fía. / La tierra ya no encuentra mejoría, / poco a poco la tierra huele a muerto”.
Se encuentra el libro dividido en cuatro partes que rememoran esa natura: Rumores vegetales —antología de evocaciones del mundo en su geografía, historia, sociedad y esencias—, Tierra trasplantada —que recuerda al mencionado Delibes en la comparativa entre hombre y sustancia vegetal que puede ser trasplantada y que, en el caso de Félix, remite a su origen familiar y leonés—, Nombres y pronombres —donde se mencionan figuras admiradas y conocidas (podrían ser incluso “prohombres”) sin necesidad de mencionarlas en ocasiones— y Canción y canto —quizá la parte más lúdica, demostrándose que la sencillez también puede ser compleja—. El propio título da cuenta del sentido colectivo e individual de la Naturaleza, como si nuestra sociedad pudiese equivaler a un conjunto de individuos capaces de conformar mayoría desde las distintas personalidades de sus troncos y ramas, ofreciendo un esperanzador fruto para el porvenir. Una hermosa metáfora con la que hacer “bosque” y “patria”. En este sentido, como el propio Maraña la define en su soneto de 15 versos, el lugar de convivencia al que debemos aspirar debe ser “un paisaje liberto, falansterio / donde sólo dirija la cabeza, / reparta pan, justicia y no tristeza, / luzca la luz y reluzca el criterio”. Como dice el poeta, bajo el seudónimo de “Zenón de Zurriola” —su nombre nos recuerda a pensadores griegos como el presocrático Zenón de Elea (representante de la dialéctica) o al helenista Zenón de Citio (cantor de una vida virtuosa apegada a la naturaleza y heredero de la escuela cínica), mientras que el apellido remite a la querida playa donostiarra del autor—, esta idea de país puede extrapolarse al mundo entero si utilizamos de igual modo un sentimiento activador de “nostalgia de futuro”. Con él, sólo podrá construirse un porvenir general desde el ánimo positivo y particular de cada integrante, que sabrá disfrutar de la existencia igual que deseará lo mismo para los demás, en su mandamiento profano. Esto lo promulga Félix ya desde el subtítulo del libro pues, a pesar de indicarnos que el origen del término “soñeto” va por otros derroteros —un poema soñado (Muerte provisional) que transcribió, anticipándose unos meses al fallecimiento de Oteiza—, sus textos incitan a soñar a través de la poesía.
Como Thoreau, el poeta acude a los bosques para “vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida”: “para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido”. Félix es consciente de la importancia de cantar a la vida, de la urgencia de su tarea, pues es breve y frágil. Él mismo temió perderla, como explica el propio Valentín Martín en el texto previo: “Ha dicho a los sonetos que esperen unos minutos (Félix Maraña es un poeta repentista y no necesita mucho para coser versos) porque tiene que dar las gracias a ese garaje de guardia que quizás le salvó la vida”. Dichas palabras refieren al primer poema titulado precisamente Garaje de guardia y que inaugura el poemario: “Que la vida iba en serio se sabía / mucho antes de leer a Gil de Biedma / y recibir unos golpes de repente / de esos que te duelen o te matan. / Pero en serio, ya en serio, se comprende / cuando vas al garaje y no te arranca / el músculo central del carruaje / que bombea la vida por el árbol”. Versos agridulces o, si cabe, tragicómicos, como es el estilo de este poeta. Tradición de Francisco de Quevedo —o, como le llama Martín, “aquel pelirrojo bachiller por Alcalá”, su “primo hermano”— en la rima irónica, pero también de hondura clara y sencilla como la de Gabriel Celaya o León Felipe. Tal vez algún cínico más allá de Citio —como el bueno de Luciano de Samósata—. Para el lector serán bien útiles las aclaraciones a modo de pie de página, que no sólo contribuyen a contextualizar sino que se dedican y muy generosamente a una buena miríada de amigos y amigas poetas que también sitúan a Maraña en su tiempo y ambiente, explicándolo en sus afinidades electivas.
La muerte, como vemos, tiene su presencia en el libro. De forma protagónica, en poemas como Viene la muerte ahora (“Distribuye justicia solidaria, / dando a cada cual su merecido, / la muerte no respeta sexo o clase”), o incluso barajando un imposible paso al más allá como en Excursión al vacío (“No hay billetes de barco, ni de vuelo, / Caronte los reparte habas contadas, / nuevas oposiciones no ha previsto. / Por si acaso te sirve de consuelo, / puedes buscar en rifa las entradas, / que dios como ilusión no está mal visto”). La muerte duele cuando arrebata a personas queridas —la segunda parte del libro se encuentra pleno de elegías a amigos—. También en este nuevo paisaje se presenta la figura de Dios y su forma de enfrentarse a quien desea equipararse a él un cuarto de hora (“Estaba dios sentado y de repente / sobrevino una masa, mucha gente / que quería ser Dios un cuarto de hora”). También con Paz en la guerra advierte al lector de la necesidad de buscar solución por él mismo a los problemas que se presenten, sin tratar de esperar de los cielos la ayuda: “Porque a Dios no desvela tu desvelo, / procura resolver aquí en la tierra / las dudas que a tu fe tanto te aferra / y baja de lo alto al firme suelo”. La anteriormente mencionada e inevitable sensación de desconsuelo ante la partida del ser querido, la inexplicable irracionalidad que provoca su ausencia, se manifiesta en Prórroga (“Te fuiste sin saber dónde te has ido, / por el mismo camino de la nada / cómo huyen las nubes en manada / o pájaros en busca de otro nido”). Las pérdidas también pueden venir cuando desaparece el amor, en el zarzuelesco El último romántico o en Cierre por cambio de negocio (“un hilo de párrafo confuso / tensó la historia que el amor compuso / y la rueca del huso ya no enhebra: / se dice que murió de tanto uso”) o se las lleva una pandemia, como en El futuro ya no es lo que era (“teníamos pendiente aquel futuro, / que no quiso venir por primavera / y la vida no fue vida siquiera, / y el mundo se pintó de negro oscuro”). Como vemos, Maraña reflexiona en torno a lo que es universal y lo que, aún siendo temporal, nos ha afectado a todos hasta convertirse en un mal histórico. Sucede que, incluso en los episodios como el protagonizado por el coronavirus —que tanto nos marcó, haciéndonos incluso perder la noción espacio-temporal o marcando con el duelo nuestro entorno y condenándonos a un silencio tan cercano también al luto—, se pone de relieve lo esencial del ser humano, lo que nos define para bien y para mal —lo humanitario pero también lo deshumanizador—, como remarca el poeta en Cuando llora el silencio: “El mundo estaba enfermo antes de ahora / pero no lo sabían los mortales”. Nuestro género está igualmente presente en De generación: “Género que degenera / y deja de ser humano, / enferma y estaba sano, ni cura ni es lo que era”. Bien queda definido concretándose en los Poderes (“Todo su discurso extraordinario / se asemeja a los rictus del rosario, / repitiendo sin más la misma nada. Repitiendo baboso silabario, / disfrazando ante el mundo su ideario: convertirnos a todos en manada”). No se olvida tampoco el autor de quienes aúpan a los políticos, pues no llegan adonde están de la nada: “Prefiere ser manada de rebaño / a pensar por su cuenta, por derecho, por sentir libertad, abrir el pecho, / como se abre el pulmón después del baño”.
Los soñetos de Félix se vuelven acertijos, describiendo elocuentemente los temas tratados, pudiendo adivinarse sin leer su título. Asuntos que brotan del corazón de quien los escribe, que observa fuera y dentro de sí mismo lo que acontece, y de ello deja muestra para los demás y el por-venir: “Hay dentro del corazón / muchas palabras hermosas / que nombran nubes y cosas / y no se sabe qué son. / Son dejes de libertad / de verdad acumulada / que revelan todo y nada: / son la vida, en puridad”. Libertad bajo palabra, pues como diría el personaje de Maximiliano Rubín en Fortunata y Jacinta: "No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas". Así, en Barrotes contra ideas: “Uno debe pensar y, si no puedo, / me retiro a morir cual se retira / el juglar que cambiara amor por lira / y quedose sin arma, vida y credo”. El miedo también puede amenazar la libertad, bien lo sabe Félix como “vasco de León” y “leonés legítimo hasta las cejas de vasquidades”, —Valentín Martín dixit—. En Historia de Euskadi resume el sinsentido del terrorismo nacionalista (“Tanta sangre derramada, / no preguntéis para qué, / porque lo saben, lo sé: / tanta sangre para nada”) pero también se hace eco de la infamia de las guerras y las dictaduras en otros poemas: “Con el pueblo reprimido / aquella gente vencida / por la traición fraticida / puso nombre y apelido a la mayor dignidad. / No tenía libertad / pero libró la batalla”. Él mismo fue defensor de la libertad colaborando en medios previos a la Transición y existentes durante ella como Ozono, cuando parecía existir la democracia.
Incluso en la gravedad, la poesía de Félix se hace juguetona —tal vez para quitar hierro, pues del humor se desprende la inteligencia del coplero—. En ocasiones, el lector deberá no bajar la guardia al saltar de poema en poema o al doblar la esquina de la página, pues los textos llegarán a convertirse en eslabones de la misma cadena, en casillas de un tablero por el que ir saltando y disfrutando de lo que está por llegar. Conviene repensar la jugada y desandar lo andado para volver a jugar dentro de este bosque poético donde nos aguardan tantas sorpresas.