Opinión

Conversaciones quebradas

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Jueves 20 de julio de 2023

La política no deja de mostrarnos síntomas de vaciamiento y desorientación. En estos días de campaña electoral, además asistir a una función teatral que tiende a hacerse un poco larga, se ponen en evidencia aspectos preocupantes de la vida pública. En una eventualidad así, posiblemente los aspectos comunicativos son los que predominan y captan más nuestra atención. Un pequeño ejemplo de esto que estamos mencionando lo vemos en cómo un recurso inherente al diálogo democrático, como es el de la “persuasión”, se ha convertido en una herramienta estéril y carente de utilidad. Aunque este hecho no es novedoso en sí mismo, su grado de manifestación actual revela un grave problema de comunicación arraigado en la base de nuestra sociedad.

Albert Camus (1913-1960) acertadamente escribió: “No se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología”. La perfección de los mecanismos de imposición ideológica que sufrimos desde hace algún tiempo se ha recrudecido aún más en los últimos años, lo cual ha quebrantado la conversación pública en los diferentes niveles de nuestra vida.

Es posible que el lector piense que este planteamiento sea exagerado, ya que la despersonalización del ciudadano, siempre reducido a bloques abstractos, es la práctica habitual en las democracias contemporáneas impuesta por las oficinas de los estrategas electorales. Dentro de esta lógica ideológica, los partidos, como leemos y escuchamos en voz de los denominados “analistas políticos”, buscan la abstención del contrincante, la movilización de los suyos, de los indecisos o pugnan en la denominada batalla por el centro.

Se ha escrito mucho en la ciencia de la política sobre las motivaciones del voto y sobre las estrategias electorales. No obstante, a pesar de esta situación, de dividir la vida política en fracciones, ejercicio superficial y torpe por otra parte, el fundamento de la política, que no es otro que la preocupación por la convivencia, nunca había sido tan profundamente atacado en tiempos contemporáneos como en estos últimos cinco años. El desgaste de los vínculos sociales que tejen la vida comunitaria y cotidiana han entrado en niveles preocupantes de conflagración, los cuales se manifiestan en la comunicación.

La disensión necesaria de ideas, de formas de pensar, de proyectos, de enfoques para abordar un mismo problema forman parte de la vida plural y democrática que tiene que vertebrar los tiempos de una comunidad. En estas conversaciones, que podemos tener en nuestra vida diaria, la comprensión del otro, su veracidad, suele ser un efecto de la persuasión más genuina. Desafortunadamente, nos encontramos en un momento en el que esa comprensión y razonamiento se topan con un escenario de imposibilidad.

Cada vez presenciamos más situaciones en las que se niega la oportunidad de establecer un vínculo con aquellos que piensan diferente. Las ideologías que actualmente controlan el mercado electoral cierran, bloquean y anulan el lenguaje. Cada vez vivimos más situaciones donde somos sentenciados con cierta virulencia por ideas que ni siquiera hemos planteado o de posturas que no hemos mencionado. Observamos atónitos la distorsión más siniestra del pensamiento y las palabras.

Esta situación está promovida porque la despersonalización, reducida a los periodos electorales por los partidos políticos, se ha extendido a cada uno de nuestros días. La inoculación de abstracciones en la vida concreta y singular crean una tupida red en las que las fantasías del ciudadano quedan atrapadas. De tal forma que hasta la conversación más vacía por el día soleado y caluroso de este mes queda fagocitada por la voracidad ideológica.

Estos escenarios destruyen en nuestro interior toda posibilidad de comprender el espacio que compartimos con los demás. Ese largo diálogo, muchas veces silencioso que se teje sobre el espacio común queda definitivamente interrumpido. El ciudadano, reducido a una simple abstracción y comportándose como tal, queda a merced de la fantasía del otro.

Ya no es posible volverse hacia esa parte de uno mismo, tan auténtica como el plomizo sol de estos días. Ya no hay hechos veraces con los que persuadir, con los que comprender. A las instituciones políticas solo les queda implorar el miedo generado por esas fantasías convertidas, tal vez, en deseo y en fantasmas. La ensoñación de aniquilar al otro, el desprecio y el descaro esculpen la motivación política del ciudadano y el votante. De esta forma, en un contexto donde la persuasión carece de valor y la comunicación está rota, la democracia queda a merced de la manipulación y la adulteración de los escenarios y las instituciones a través de subterfugios para conseguir los objetivos.

Tal vez, una parte positiva de la campaña que estamos viviendo, después de cinco años de constante propaganda, censura y movilización, es el aspecto cómico de la misma. Este espectáculo ridículo de intervenciones y promociones de aquellos que buscan nuestro dinero muestran la mediocridad más veraz que en el mejor de los casos acaba rompiendo el embrujo fanático de la ideología. Por lo tanto, esta escenografía cómica descarga de gravedad la degradación institucional y cívica que experimentamos. Sin embargo, al mismo tiempo, nos aflora la sensación de chantaje. ¿Qué perspectivas tenemos?

Como mencionaba, la política ha olvidado su fundamento: la preocupación por la convivencia y el cuidado de la comunidad. Parece que ahora se considera una cuestión banal en medio de la manoseada complejidad que vomitan los voceros e intelectuales de las ideologías. De esta forma, la política, al igual que las instituciones se encuentra asaltada por aventureros que pujan por hacerse con el dinero público. Estos “valientes” apoyados sobre todo en las ideologías como el socialismo, el feminismo, el nacionalismo, o el liberalismo buscan perpetuar y legitimar el asalto. El vacío en el que se encuentra la política busca ser colmado por una aparente profundidad y preocupación que busca satisfacer las fantasías y los bolsillos de los asaltantes y sus compinches.

No se piensen que un cambio de ciclo, como se vislumbra, va a revertir automáticamente esta situación. Tan solo nos queda esperar, si efectivamente hay un cambio, y arrojarnos a la más simple y profunda banalidad. Solo así conseguiremos poco a poco recuperar el espacio compartido.