Marielli Cardona | Lunes 04 de febrero de 2008
Cada año bisiesto es tiempo de cambios o reafirmaciones en Puerto Rico. Es cuando el pueblo acude a las urnas a ejercer su derecho al voto para escoger a quienes serán los responsables de administrar el destino y los bienes del país.
Puerto Rico va a escoger los candidatos a los puestos electivos entre cuatro partidos políticos; tres de ellos con muchos años de experiencia y un cuarto recién constituido. Tres de estas formaciones tienen su razón de existir en su posición en torno al estatus político y no necesariamente en las ideologías (ya sean liberales o conservadoras) que se conocen en Europa. Estos partidos son: el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), que ambiciona la independencia para el país; el Partido Nuevo Progresista (PNP), que persigue la anexión permanente de Puerto Rico con los Estados Unidos como el estado 51; y el Partido Popular Democrático (PPD), que quiere que se mantenga el sistema de gobierno actual del Estado Libre Asociado. No está de más recordar que el PNP y el PPD han sido los únicos partidos políticos que han llegado al poder desde 1948. El nuevo partido político es Puertorriqueños por Puerto Rico (PPR), partido ambientalista que aspira a construir un mejor país, a través de una administración gubernamental íntegra, eficiente y dinámica, comprometida con el desarrollo sostenible de la isla.
El domingo 9 de marzo se celebrarán en Puerto Rico las elecciones primarias partidistas donde se escogerán los candidatos que aspiran a ocupar puestos políticos en sus respectivos partidos; y el martes 4 de noviembre se celebrarán las elecciones generales en donde los cargos electivos para Gobernador, Comisionado Residente en Washington, legisladores y alcaldes con sus asambleas están sujetos a la voluntad del pueblo que decidirá si la administración de turno cambia o se afianza el liderato político del partido ganador.
Este año los ánimos están caldeados y no se puede predecir con facilidad quién o cuál partido se proclamará ganador. La administración que hoy gobierna el país es producto de los candidatos victoriosos de los partidos Popular Democrático y Nuevo Progresista que empezaron el cuatrenio bajo el eslogan de "Gobierno Compartido", invento de nula efectividad porque los intereses partidistas se antepusieron al deseo de compartir por el beneficio de la sociedad.
Las áreas de mayor debate de esta elección se sitúan en el desarrollo económico y político, así como en los problemas de salud y seguridad de la ciudadanía. No obstante parte del problema radica en que el gobierno es el principal patrono en Puerto Rico. Eso repercute en que cada cuatro años la ciudadanía salga a votar en masa porque los empleos y salarios se ven seriamente afectados por el vaivén electoral. Por ende todos los partidos políticos prometen aliviar la situación, pero ninguno ha cumplido. Esto ha hecho que el votante esté cansado y hastiado, pues de administración en administración y década tras década, los problemas de la ciudadanía no solo no se resuelven, sino que se agravan. Una muestra de esta debacle ha sido la corrupción que ha llevado a muchos funcionarios públicos a la cárcel, un presupuesto mal hecho, un cierre de gobierno, cierre de muchas empresas, el nuevo impuesto por ventas y uso (IVU) para cuadrar el presupuesto, el aumento en el costo de artículos importantes como el café, la leche, el pan y la gasolina, la retención del reembolso de rentas internas a miles de ciudadanos, el alto costo de vida, y los bajos salarios.
Todo esto ha dejado a Puerto Rico en una crisis económica que ha provocado el éxodo de muchos puertorriqueños. La falta de tolerancia, la clasificación de los bonos del Estado a nivel chatarra y una deuda externa que sigue creciendo ha hecho su mella en la ciudadanía que se encuentra alicaída y pesimista, sumida en la desesperanza y la falta de fe. El pueblo nota que los candidatos políticos son reciclados, que los mismos problemas siguen sin resolver, y que los representantes del PNP y el PPD se acusan mutuamente del descalabro sin responder a las necesidades de la ciudadanía, pero haciendo público y notorio su enriquecimiento personal a cuenta del erario público.
En Puerto Rico la mentalidad que impera al votar es la de apoyar al menos malo. Hay quienes deciden votar por costumbre siguiendo a un dirigente en particular sin importar qué tan buena o mala sea su propuesta. Algunos se abstienen en franca rebeldía y el cuento se repite cada año bisiesto, cuando el pueblo va a las urnas sabiendo que no hay ninguna opción de mejora, pero anhelando una casualidad que opere el milagro.
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