Una generación sigue a otra; los pesimistas creen que no hay nada “bueno” bajo el sol, tan sólo el “aciago Demiurgo” (Ciorán), los optimistas defienden que todo está orientado hacia un fin bueno y que vivimos en el mejor de los mundos posibles (Leibniz). En el siglo V, viendo san Agustín desde su casa la entrada de los “bárbaros” en Roma exclamó despavorido: mundus senescit, el mundo se acaba, pues identificaba el mundo con su propio mundo; el pusilánime histórico se ahoga en un vaso de agua. Otros, por el contrario, son amigos del “cuanto peor mejor”, pues su fe en el progreso les lleva a minusvalorar el pasado en comparación con el futuro, incluso si dicho futuro deja mucho que desear.
Pero en cada microhistoria particular tenemos momentos dorados, rosas, grises, negros. la historia es lineal, no se repite, nadie vuelve a ser el mismo que fue. La vida es polícroma y en-hacia, siendo cambiamos y cambiando somos. Esta es la diferencia del reino humano respecto al mineral, vegetal, animal, angélico, o divino. El hombre, idéntico y diferenciado respecto de todo lo otro (indistintus in se, distintus a quolibet alio, Tomás de Aquino), es a la vez él mismo, sí mismo (ipse), pero no lo mismo (idem, Paul Ricoeur). Cada huella es irrepetible y al propio tiempo común. Por nuestras huellas se nos conocerá.
Pasados los siglos, durante el Renacimiento el hombre se arrepintió y quiso rehabilitarse cultivando armoniosamente sus tres dimensiones: la tutela que le venía de lo alto, la ciencia que le venía de lo profundo de sí mismo, y la historia para la construcción del bien común. Más tarde le sobró la presencia de Dios, al que tildó de malo. Bueno y malo continuaban existiendo, pero la parte buena corría a cargo del hombre excluyendo a su Creador, y quiso construir el cielo en la tierra autodivinizándose. La fe depositada en la bondad del hombre permitió a Lenin afirmar que en el nuevo paraíso se construirían mingitorios de oro para el proletariado, y que libertad, igualdad y fraternidad se impondrían, porque la naturaleza humana podría ser rehabilitada y liberada de sus vicios. Creyendo que el hombre se haría más bueno cuanto más revolucionario, el ciudadano Stajanov vivía dominado por la pasión (estajanovista) trabajando día y noche por la revolución, que era su dios. Si en el relato bíblico Adán se revela con Eva contra Dios, en el segundo relato, el comunista, Adam (la humanidad) vive sin Dios, como si Dios no existiese, etsi Deus non daretur.
En el principio remoto la humanidad tenía un protagonista, Dios, y un deuteragonista, el hombre, ahora el deuteragonista se ha convertido en antagonista. Pero la historia no ha escrito su última página; cuando el hombre quiso hacer el paraíso en la tierra lo convirtió en un infierno. ¿Quién cree hoy en los sindicatos obreros, en los líderes de los partidos políticos socialistas o comunistas?, ¿quién se traga el supuesto carácter científico del marxismo, quién cree en las utopías libertarias?
Pero proposiciones científicas dañinas para la humanidad deberían ser desoídas y desobedecidas. El homo tecno/sabio y malo, sapiens malusque, ignora que la ciencia no funciona sin criterios de humanidad. En estas condiciones el progreso tecno/científico no sólo pone en riesgo creciente a los pobres, sino también a los ricos. A mayor poder de la ciencia, más impotencia para la humanidad. Como dijera C.S. Lewis, “yo preferiría jugar a las cartas con un hombre escéptico acerca de la ética, pero educado para creer que un caballero no hace trampas, que con un filósofo moral intachable que ha crecido entre estafadores”. En efecto, la mayor parte de las teorías éticas que se enseñan en las Academias son cómplices y conniventes con los poderes económicos fácticos, a los que sirven. La llamada ética de la empresa, con sus famosos ‘códigos éticos’, está forrada con la piel de sus trabajadores, frente a lo cual hay que pasar de la justicia al justo, no al legislador de la justicia, sino al justo, a la persona justa. Por el olvido de lo personal la corrupción domina al mundo: no habrá revolución comunitaria sin revolución personal simultánea. Ninguna escala de valores resulta valiosa sin personas valiosas. Los hombres no son malvados cuando ni siquiera son hombres; los hombres ni siquiera son hombres cuando pierden la noción de “bueno” y “malo”. Cada nuevo poder ganado por el hombre es también nuevo poder ganado sobre el hombre cuando el hombre no es justo.
En el 2100 los humanos y las máquinas se habrán fusionado por completo y los humanos ya no podrán sobrevivir solos, desconectados de la red, caminándose hacia la unión del cerebro de dos o más personas, a modo de pulpo de pulpos.
No somos una nueva forma de homo sapiens. Por si fuera poco, algunos personajes particulares, cada vez más numerosos, optan por implantarse chips y cables, experimentar con sus propios cuerpos, muchos de ellos con tecnologías low cost, tosca y peligrosamente fabricadas o hackeadas por ellos mismos, en sus garajes. Cual superhombres y supermujeres, la gente querrá implantarse trozos de silicio abriéndose la cabeza.
Vemos al hombre seducido jugando a ser Dios y alterando el curso de la humanidad mediante la creación de monstruos como Frankestein, trayendo de regreso a seres extintos como se ve en la serie de películas de Parque jurásico, y creando seres superiores como en Blade Runner, cazador de Androides (1982), replicantes humanoides casi perfectos que libran una batalla interna permanente entre la capacidad de destrucción, el instinto de supervivencia, y los sentimientos de humanidad. En 1951 la película Ultimátum a la Tierra planteaba la posibilidad de que los extraterrestres enviaran con intención pacifista un último mensaje a la Tierra para que no amenazara más el equilibrio del universo. Su intención no era conquistar la Tierra, sino protegerla su mayor amenaza, el hombre.
La última generación de máquinas inteligentes puede tomar una gama cada vez mayor de decisiones habiendo llegado a brindar afecto y compañía como el tamaguchi, la mascota virtual japonesa, que generó problemas entre algunos niños que se encariñaban con ella tanto o más que con una mascota real. Con una especie de atroz simplismo, extirpamos el órgano y exigimos la función. Formamos hombres sin corazón, y esperamos de ellos virtud y arrojo. Nos burlamos del honor, y después nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y esperamos fertilidad. Es la rebelión de las ramas contra el árbol: si pudieran vencer se encontrarían con que se han destruido a sí mismos.
Si, como vaticinó Stephen Hawking, los humanos del futuro que hicieran las maletas y se marchan a colonizar otros planetas más allá de Orión, dentro de algunos siglos se sorprenderán al recordar que sus antecesores terrestres eran totalmente biológicos.
El proyecto del ciberg/ántropo apunta hacia una inmortalidad entendida como permanente recambio de los chips estropeados. Semejante “inmortalidad” no sería personal, en el supuesto de que los recambios de los recambios fueran a su vez recambiables, es decir, que la naturaleza no tuviera límites. ¿Podríamos llamar inmortalidad humana a ese homme-machine?