Opinión

Diatriba

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 03 de agosto de 2023

El mundo tecnológicamente avanzado se encuentra al borde de un definitivo colapso de la cordura. La exaltación de la razón tecno-económica, de unas ciencias que como “arcángeles del progreso” han llevado la productividad a extremos hace poco impensables, ha tenido un coste, acaso necesario: el eclipse del tacto y la cordura, el ocaso del saber comunicativo y cordial imprescindible para la buena inteligencia humana. También esta inteligencia humana se quisiera someter a los estrechos parámetros – aunque eficaces – de la racionalidad técnica con el efecto previsible de un sufrimiento humano sin parangón y asombroso.

Cuerpos atléticos y bien alimentados, soberbios ejemplares de la especie, sufren carencias intangibles y viven afectados de un dolor inmisericorde que les impide afrontar sin fármacos su vida cotidiana. Adolescentes desmedrados, incapaces de dar un paso sin la ventana de escape de toda realidad, que brilla constantemente en sus manos. Hombres y mujeres que ven en el espejo una imagen despreciable y quisieran salir de allí para instalarse en cualquier parte, para vivir vidas diseñadas en agencias remotas. Niños que demandan exigencias impositivas que no reciben de nadie y se entregan al constante paladeo de azúcares, saborizantes, potenciadores y sales, mientras juegan a liquidar personajes en historias sin hondura y sin mañana. Muchedumbres incalculables de solitarios concentrados en áreas comerciales que son esas ciudades a las que el tecnicolor arquitectónico convierte en Viena o en París. Solitarios ufanos de su libertad indeterminada, que les permite elegir entre el siempre creciente menú de opciones de sus dispositivos, para elegir comida, para elegir vestido, para elegir viaje, para elegir pareja, para elegir identidad… Dotados de una vista que, por todas partes, contempla hermosas fotografías hasta construir una vida de postales soñadas, cuyo acceso está a punto de aparecérsenos en la forma de ese oscuro metaverso.

Cada día es todo más fácil, es más fácil el movimiento, es más fácil la alimentación, es más fácil el sexo, es más fácil el contacto, es más fácil la mutación… Vivimos en el ápice del progreso, en el presente de un pasado que se hunde en una oscuridad creciente, ascendiendo hacia la luz o, más exactamente, hacia la multitud de ledes de nuestros días. Fragmentarias pero potentes luces como nuestras vidas: gran eficiencia, facilidad de realización y de cambio, homogeneidad que facilita la sustitución, unidades tecnológicamente diseñadas para converger en su función sea de iluminar, sea de producir o consumir.

La facilidad esconde la expropiación de viejas aptitudes humanas, la facilidad de movimiento – que nos condena a la inmovilidad – nos conduce a la flacidez o un ejercicio técnico en el gimnasio. La facilidad de alimentación en forma de comidas elaboradas o procesadas nos libera de las tareas de la cocina o nos condena a una alimentación prediseñada o a una cocina técnica: gastronómica. La facilidad del contacto y del sexo (¿alguien recuerda el sentido que tenían las “páginas de contactos”?) nos libera del yugo de la cortesía y la seducción y nos condena a una satisfacción técnica: pornográfica. La facilidad de relación por presunta elusión de la distancia nos libera de las ambigüedades de la comunicación y nos condena a un intercambio delirante sobre un abismo de soledad. Liberados del amor y la esperanza, liberados de la libertad real que sólo disfruta el que es capaz de obtener sus propios recursos, liberados del deseo por la facilidad de su constante satisfacción virtual, estamos abocados a la desolación desesperada, a la servidumbre insatisfecha y a una forma de sufrimiento moral que nutre el negocio de la orientación y el auxilio psicológico.

No se escandalice, querido lector, en mitad de este lodazal de placeres insensatos es posible encontrar una salida. Por ejemplo, el inventor del absurdo dadaísta se propuso una Filosofía de la vida práctica que no llegó a dibujar, pero señaló la dirección con claridad meridiana. Hugo Ball decía que DA-DA significa, dos veces, Dionisio Areopagita. Ciertamente resultará más fácil acudir a otra “terapia”.