Cultura

'Historia de la Segunda Guerra Mundial', de José Manuel Cuenca Toribio

RESEÑA

Viernes 11 de agosto de 2023

Carlos Clementson

Para los nacidos en torno a 1945, es decir para los que somos hijos de aquel terrible conflicto, como es el caso del que subscribe, la II Guerra Mundial era un gran acontecimiento histórico, que, sin que afortunadamente hubiéramos llegado a sufrirlo, se nos ofrecía como algo próximo que flotaba en el ambiente, en las conversaciones de los mayores, en las pantallas y las cintas de Hollywood, y sobre todo y muy en particular en algo tan formativo y próximo a los gustos de nuestra niñez y adolescencia como los tebeos o comics de aquellos años. Y muy en concreto una colección, titulada “Hazañas bélicas”, editada en Barcelona, y servida por un dibujante tan excepcional como era el que firmaba “Boixcar” en aquellos añorados cuadernos semanales.

Allí, sin pretenderlo, fuimos aprendiendo muchos de los elementos que hicieron del conflicto mayor denuestro siglo algo muy próximo a nuestra sensibilidad. Allí supimos plásticamente, a través de aquellas sugestivas viñetas, de la variedad de los bandos enfrentados;conocimosgrandes desembarcos en Europa, incursiones mecanizadas por la estepa infinita, descubrimos cascos, pertrechosy uniformes, y, sobre todo, armamentos de todas clases. Se nos hicieron prontamente familiares nombres tan exóticos y sugestivos para nuestra sed de conocimiento bélico como los poderosos “panzers” alemanes, las armas volantes V 1 y V2, capaces de machacar Londres, y, cómo no, la variedad de las raudas naves aéreas, como los “Stukas”, los “Messerschmitts” y “Junkers” germanos, o los fulminantes “Spitfithers” británicos, y como no los orientales “Zero”, del Imperio del Sol Naciente. Curiosamente aquellos episodios bélicos semanales no tenían ninguna intención de afán belicista alguno, sino que más bien transmitían una flotante filosofía más o menos vagamente pacifista y moralizantedentro de la sugestiva vorágine de aquellos violentos acontecimientos y aventuras,

Por eso la II Guerra Mundial era algo no ajeno a nuestros primeros años. No sé, a más de setenta y cinco de toda aquella terrible convulsión histórica, si para los jóvenes de hoy todo aquel fragor bélico seguirá teniendo la misma proximidad vital, o más bien será algo que les sonará más o menos remotamente, al margen de sus predilecciones e intereses. Para nosotros fue algo que alimentó y llenó de emoción y aventura horas intensas de nuestra niñez y juventud.

Todo ello me ha venido a la memoria después de devorar las más de cuatrocientas preñadas páginas de la enjundiosa y decisiva “Historia de la Segunda Guerra Mundial”, que el profesor Cuenca Toribio, antiguo decano de la Facultad de Letras de Córdoba y contemporaneísta eminente, acaba de reeditar, corregida, aumentada y puesta al día,en la editorial Almuzara, cerca de treinta y cinco años después de su primera edición. Un volumen memorable, en una prosa rica y de apasionante lectura, que curiosamente se constituye en la primera historia completa de esta decisiva contienda escrita por un autor de lengua española tanto de España como de América. Una historia completa, que se suma, con personalidad propia y gran capacidad tanto de análisis como de síntesis, a la ingente bibliografía suscitada por la segunda parte o segundo acto de aquella Gran Guerra de 1914-18, auténtica guerra civil de Europa en palabras de Eugenio d´Ors, un absurdo y sangriento conflicto, que rompía la unidad moral del continente, y cuyas funestas consecuencias, tras el vengativo Tratado de Versalles, dos décadas después, no pudieron ser más aterradoras.

CAPÍTULOS DE UNA HISTORIA

El presente volumen se organiza en torno a once capítulos a través de los cuales el profesor Cuenca, con ecuánime objetividad recorre las variopintas y mundiales vicisitudes, ofensivas, desembarcos, victorias y derrotas de esta contienda, sin olvidar ni postergar ninguno de los ámbitos geográficos en los que esta pudiera desarrollarse.

El primero, naturalmente, estudia “Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial”, con las sangrantes secuelas económicas impuestas en Versalles, en particular, por el vengativo primer ministro francés Georges Clemenceau, apelado “El Tigre”, que, entre otros saqueos de índole geográfica, llegarían a cifrarse en la astronómica cantidad de ciento treinta y dos mil millones de marcos oro. Fatal consecuencia de todo ello sería la llegada de Hitler al poder por medios parlamentarios el 30 de enero de 1933. Se pasa igualmente revista,en este primer capítulo, a la cruel guerra de Abisinia, al expansionismo japonés en China y el Pacífico, a la escalada nazi en su unión con Austria, con los acuerdos de Munich, la cuestión de Dantzigy elescandaloso pacto germano-soviético.

Los acontecimientos seprecipitan, y en el siguiente capítulo no adentramos ya por las campañas relámpago alemanas en Polonia, Noruega, Países Bajos y la triunfal y resolutiva invasión de Francia. Todo ello gracias a la modernísima movilidad de un ejército, dotado de las célebres Panzerdivisionen, sustentado por todos los elementos de la última tecnología modernaal servicio de los grandes éxitos militares del III Reich, como ya venía de antiguo en este país de una gran densidad tanto humana como científica. Aquí radicó el triunfo fulminante de los ejércitos germanos, de tan dinámica y eficaz operatividad contra la tradicional y estática doctrina defensiva francesa, que pronto resultó superada, y que había hecho oídos sordos a las patrióticas prédicas y advertencias del general De Gaulle en favor de la guerra móvil.

No escapa tampoco a la atención del historiador la guerra ruso-finlandesa, así como la eficaz y controlada retirada de Dunkerque, la formación del gobierno de Vichy al frente del anciano y prestigioso mariscal Pétain, que echó sobre sus hombros la amarga e ingrata tarea de salvar en lo posible el honor de la Francia vencida y la seguridad de los franceses.

“España en guerra” es el último epígrafe de este capítulo. “Afortunadamente para Madrid, Hitler no mostró demasiado interés en la situación española”, cuyo status primero sería de neutralidad, luego de no beligerancia (junio de 1940), y que en los últimos años, tras Stalingrado, pasaría de nuevo a neutralidad, según lo dictara el pragmático curso de los acontecimientos.En junio del 41 Franco mandaría su División Azul a luchar contra la Unión Soviética (cuyos integrantes, con los sucesivos relevos, llegarían a sumar unos 40.000 hombres) y que puede ser entendida como una manera de esquivar el entrar decididamente en la guerra y mantener así a España en una cierta neutralidad.

El capítulo sobre “Las campañas excéntricas: I. La batalla de Inglaterra y el duelo naval en el Atlántico” abarca estos dos peculiares frentes de lucha, los cielos y el océano, en los que los aviadores y marinos británicos mostraron un valor abnegado y sin alardes, como es el propio de este pueblo. Heroica fue tanto el estoico comportamiento de los marinos británicos como la épica conducta de los pilotos ingleses en el crudo invierno del 40 al 41, facilitada por el radar, inventado en 1935 por el físico inglés R. Wattson-Watt, y que suscitara la famosa y tajante sentencia del primer ministro W. Churchill, que, creo, ya está en la mente detodos gracias a su divulgación en la gran pantalla, de “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.

La guerra en el mar completa este capítulo, con un reflejo del estado de la flota alemana, que si bien gozaba de los famosos y eficaces submarinos U-Boots, terror de los mercantes aliados, no poseía ningún portaviones ni suficiente protección aérea.

La escuadra francesa bajo la administración de Vichy, fondeada en puertos de Alejandría y Orán,y un tanto al margen del conflicto, fue destruida por un cruel y quizá necesario bombardeo por orden de Churchill, en Mazalquivir, para evitar que pudiera caer en manos alemanas, quedando así fuera decombate. Por su parte, la Italia fascista, en su afán de renovar antiguos fastos imperiales mediterráneos, se había constituido en la quinta potencia naval del planeta, pero sin portaviones ni apoyo naval como la alemana, pronto fue igualmente reducidatras el desastre de Tarento.

El capítulo IV recoge las famosas campañas de Rommel y Montgomery en los desiertos norteafricanos con el triunfo final de los aliados sobre el invencible Zorro del desierto, gracias a un mayor equipamiento armamentístico y el abundante combustible que trajo el desembarco de la potencia industrial norteamericana en las playas del norte de África. En el momento de la victoriosa ofensiva aliada en El Alamein (23 de oct. del 42) Rommel disponía de 500 carros; el británico, de 1440, con una superior potencia de fuego a la del enemigo y un eficaz “paraguas aéreo”: 1550 aviones aliados por 350 alemanes. Los aliados contaban con 230.000 hombres y Rommel solo con 80.000, de los cuales alemanes solo eran 27.000.

STALINGRADO Y EL CAMINO A LA VICTORIA

El axial capítulo Vse centra en la decisiva campaña de Rusia, en donde, sin duda alguna, vendrá a dilucidarse el conflicto, pero antes Hitler tiene que acudir en ayuda de su aliado Mussolini, que, sin previa declaración de guerra, había invadido Albania y la antigua Hélade con 27 divisiones y se veía en muy graves dificultades frente a las 16 del valerosoejército heleno, conocedor del terreno, al mando del general Metaxas. La heroica lucha del pueblo griego, propia de los tiempos antiguos, contra el invasor fascista quedaría inmortalizada por el poeta y futuro premio Nobel OdysseasElytis, que participó y fue herido en la campaña, en su “Canto heroico y fúnebre por el subteniente caído en Albania”, que anunciaba la liberación definitiva de la patria helena.

Precisamente, laobligada intervención alemana en Grecia supuso un fatídico aplazamiento de más de un mes de la invasión de Rusia, fijada para mayo, lo que luego traería graves consecuencias para la movilidad del ejército alemána causa de la hostil meteorología del “general invierno”.

Este capítulo es fundamental y apasionante por la diáfana y objetiva exposición de sus términos, así como por el innegable valor literario de su exposición.Esta nueva invasión europea de tan históricas resonanciassobre los casi infinitos horizontes eslavos estaba protagonizada por un ejército plurinacional de 120 divisiones de infantería, más 70 motorizadas, para un frente de más de mil quinientos kilómetros. Comenzó, con el ya subrayado retraso, el 22 de junio de 1941, y apuntaba a tres metas bien representativas del poder soviético: Leningrado, Moscú y las ricas tierras negras de Ucrania, en donde se preveía también un posible levantamiento local de su población, aunque con un deficiente apoyo aéreo por la extensión del territorio.

Todos sabemos de los inmovilizadores efectos sobre los carros de la peculiar rasputitzao mar de lodo,propia de aquellos otoños lluviosos y del casi invencible “general invierno”, que ya había hecho desistir hasta al mismísimo Napoleón, a lo que habría que sumarse la ardorosa voluntad de combate del gran pueblo ruso, movilizado como un solo hombre por una auténtica mística patriótica.Si algunas avanzadillas alemanas pudieron llegar hasta los extrarradios de Moscú, el ejército ruso lograría detener al grueso de las tropas germanas en torno a la ciudad de Tula, precisamente la localidad en la que se alza, a unos kilómetros, la famosa mansión campestre de YásnaiaPoliana, en cuyo suelo, y en una humilde tumba, un pequeño túmulo cubierto de hierba, sin lápida ni ornamentación alguna, reposa el gran León Tolstoi, el creador de aquella “Guerra y paz”, cuyas emocionantes páginas estaban incluso anticipando el nuevo fracaso de un antiguo invasor de la gran patria rusa, que ahora volvía tantos siglos después, tras las incursiones de los antiguos caballeros teutónicos.

Y llegamos a Stalingrado, “tal vez la más sangrienta batalla de toda la contienda y acaso de toda la Historia, así como la más costosa en vidas humanas: unos dos millones de bajas”, que tuvo lugar del 23 de agosto de 1942 al 2 de febrero de 1943, y definitivo punto de inflexión de la guerra, en torno a esa disputada ciudad del sur de Rusia, a orillas del Volga, pronto convertida en símbolo, tanto por el personaje que le daba nombre como por la definitiva victoria que auguraba ya para el futuro. Una ciudad en la que tanto unos como otros contendientes derrocharon unas dosis de valor, entrega y sacrificio casi sobrehumanas.El nombre de Stalingrado resonó triunfante en todos los confines y abrió una esperanzadora confianza en una próxima victoria aliada.

El impacto sobre las sociedades de todos los países fue definitivo y universal, incluido el de propia sociedad alemana. Según fuentes familiares y personales, Radio Berlín solía abrir todos sus noticiarios nocturnos diariamente con una serie de cañonazos que anunciaban el número de unidades navales británicas hundidas ese día. La noche del anuncio de la grave derrota fueron suprimidos y sustituidos por una solemne marcha fúnebre de Beethoven.

El poeta chileno Pablo Neruda desde México recogió este triunfal momento en sus vibrantes“Cantos de amor a Stalingrado”, de su libro “Tercera residencia”: “Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua, / describí el luto y su metal morado, / yo escribí sobre el cielo y la manzana, / ahora escribo sobre Stalingrado”.

Las consecuencias de esta victoria fueron fulminantes. El triunfo aliado era ya una mera cuestión de tiempo. México y Brasil y otros países sudamericanos declararían la guerra al III Reich, y hasta el mismísimo Franco modificaría la posición de España como “no beligerante” para pasar de nuevo a la de neutralidad, una neutralidad “activa” en palabras del jefe del estado, y la División Azul quedaba definitivamente disuelta.

Luego vendría el decisivo enfrentamiento de carros de combate en las llanuras de Kursk, entre julio y agosto del 43, en la que el mariscal Zukov, al frente de 2800 contundentes blindados soviéticos frente a los 1800 panzersde sus enemigos, ofreció otra definitiva victoria, tras de la cual el mando ruso ya era consciente de que, ganada esa batalla de Kursk, Rusia había, realmente, ganado la guerra.

Pero aún nos encontramos a la mitad de esta apasionante “Historia de la Segunda Guerra Mundial”, del profesor Cuenca Toribio, y aún podríamos seguir glosando estos iluminadores capítulos, como el que trata de “La guerra del Pacífico” con el infame bombardeo, sin previa declaración de guerra, del 7 de diciembre de 1941, de Pearl Harbour (tan recordado por el séptimo arte), con el avasallador expansionismo nipón, la ofensiva estadounidense con la batalla de Midway, hasta,transcurridosunos años, concluir con la triste tragedia de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, que daba por finalizada la terrible contienda.

No menos interesante es el capítulo VII, titulado“Los grandes desembarcos”, con el de los aliados en Sicilia, la ardua lucha contra los alemanes a través de la península itálica, y el famoso “Día D, hora H”, por todos archiconocido en todos sus detalles, gracias al séptimo arte, del desembarco de Normandía; así como la emocionante entrada en París el 25 de agosto de 1944, con los tanques de los republicanos españoles tomando el Ayuntamiento dela capital con la 2ª División blindada del francés Leclerc, el hundimiento alemán y la marcha aliada hacia el Rin con la famosa “Línea Sigfrido”, fácilmente superable para las triunfantes tropas invasoras.

El capítulo VIII vendrá a ocuparse de “La gran ofensiva rusa de 1944-45”, llevada a cabo por esa poderosa maquinaria bélica en que se había convertido el ejército soviético, que amenazaba con su presencia fulminante el mismo corazón del III Reich.

Pablo Neruda, del que el próximo 23 de septiembre conmemoraremos el quincuagésimo aniversario de su trágica muerte, lo celebró en su épico“Canto al Ejército Rojo a su llegada a las puertas de Prusia”: “El Ejército Rojo en las puertas de Prusia. Oíd, oíd!, / oscuros, humillados, héroes radiantes de corona caída, / oíd!, aldeas deshechastaladas y rotas, / oíd!, campos de Ukrania donde la espiga puede renacer con orgullo, / oíd!, martirizados, ahorcados, oíd!, guerrilleros muertos / tiesos bajo la escarcha con las manos que muerden todavía el fusil, / oíd!, muchachas, niños desamparados, oíd!, cenizas sagradas / de Pushkin y Tolstoy, de Pedro y Sovorov, / (…) Dónde están los encolerizados asesinos, los cavadores de tumbas, dónde están los que del abeto colgaron a las madres, / dónde están los tigres con olor a exterminio?...”

Y aún quedan por tratar otros importantes capítulos y episodios como el trágico levantamiento de Polonia, el drama terrible de las fosas de Katyn, el avance de los aliados en Alemania, los arrasadores bombardeos de Hamburgo, de Berlín y Dresde (véase la estremecedora película “Dresde”) con bombas incendiarias por la aviación anglosajona en “un tonelaje diez veces superior al arrojado sobre Inglaterra en 1940”, y en fin, el desigual asalto a la ciudad de Berlín contra los restos de lo que había sido un poderoso ejército, reducido a unos 5.000 chiquillos de las “Juventudes Hitlerianas”, entre los quince y dieciséis años, de los que sólo sobrevivieron 200, y algunas compañías de sexagenarios, que resistieron bravamente.

Los últimos capítulos abarcarán las negociaciones de Yalta y los horrores nazis con los terribles campos de exterminio racial, baldón imborrable de aquel régimen, la derrota del Japón y la creación de la ONU, que abría un amplio periodo de convivencia internacional tras la horrible lección de tan estremecedora contienda.

Un libro sabio y ameno, erudito e informado a la vez que apasionante y sugestivo, sobria y bellamente escrito, que invita a su lectura, y nos ofrece un ecuánime y muy totalizador panorama de esteconflicto universal, que abrió un pujante periodo de paz, libertad y prosperidad general, que todos hemos tenido la suerte de vivir, a pesar de transitorios y localizados nubarrones bélicos, que, aún hoy,algunos se obstinan en promover, incluso en esas mismas cercanas fronteras europeas que ayer tuvieron que sufrir un tan sangrientoy destructivo pasado.