Acaba de publicarse el libro “Sociología. Comprender la humanidad en el siglo XXI” (José Pérez Adán, Eunsa 2022). Con el deseo de ponerme al día en este tema, y haciendo caso del prometedor título, lo estoy leyendo con atención.
Ante todo, hay que agradecer el esfuerzo del autor por sistematizar los asuntos en discusión y acercarse a ellos con imparcialidad y objetividad. El capítulo 2 está dedicado a “La Familia” y sobre él me concentro. El autor comienza poniéndonos en guardia frente a tres deformaciones frecuentes al abordar la cuestión de la familia.
El primer exceso consiste en el “atiborramiento metodológico de la encuesta de opinión”, según sus propias palabras. Las encuestas suelen estar preparadas para que resulten las conclusiones deseadas previamente por el encuestador. No nos dicen cómo piensa la gente, sino más bien cómo piensa el que hace la encuesta. Con todo, es obvio que, teóricamente al menos, una encuesta hecha de modo imparcial y objetivo es una excelente fuente de información para el sociólogo. Pero por desgracia se trata más de un deseo que de una realidad.
El segundo exceso se encuentra en el uso de términos “cargados” ideológicamente. Las comillas son del autor. No se busca la verdad objetiva sobre la familia, sino que más bien salen a luz los prejuicios del sociólogo que habla sobre la familia. Quiere obligar a la realidad a ser lo que le gustaría que fuese. Como hoy día la mayoría de los intelectuales, especialmente de izquierdas, carecen de formación lógica, no cabe sorprenderse por esta ausencia de respeto por la verdad objetiva en el tema de la familia. El “pensamiento débil” viene de París 1968.
El tercer exceso lo ve Pérez Adán “en las investigaciones de antropología comparada, tan de moda en el siglo XX pasado en los ambientes intelectuales norteamericanos”. Sin embargo, por los ejemplos que aduce el autor, no se vé en qué se diferencia este tercer exceso del segundo. Se intenta otra vez explicar qué es la familia partiendo de ideas preconcebidas y no ateniéndose a la realidad objetiva.
Con todo, a continuación de tan saludables recetas de honestidad intelectual, el lector se topa con esta asombrosa afirmación del autor del libro: “tampoco tenemos una explicación universal sobre por qué se casa la gente” (Pág. 40). Cabe inmediatamente objetar. ¿No será acaso porque hombres y mujeres tienen sexos desiguales y complementarios? ¿No es eso lo que vemos en los mamíferos superiores? ¿No forma parte el sexo humano de la naturaleza, lo mismo que el sexo de estos animales?
Sospecho que el autor se ha dejado contaminar, sin duda sin darse cuenta de ello, por los términos “cargados ideológicamente” que él mismo denuncia. Debajo de todo el potente movimiento LGTBI, tan de moda en nuestros días, está el falso supuesto de que el sexo humano no forma parte de la naturaleza y no merece el respeto que se pide paradójicamente para los animales. Con el sexo de los animales no se puede hacer lo que uno quiera. Así lo dicen los carteles que, no muy lejos del Puerto de los Cotos, a 50 kms de Madrid, nos advierten de que estamos ante una especie de sapos única en el mundo y está en peligro de extinción. En cambio con el
sexo humano puede hacerse lo que uno quiera. Aunque eso suponga encaminarnos irresponsablemente hacia la extinción de la entera humanidad.
Una vez descifrado el código genético humano, sabemos con toda seguridad que en las células de cualquier persona la mitad de los cromosomas vienen de su padre y la otra mitad de su madre. La naturaleza dice exactamente quién es el padre.
Por eso, y a pesar de la estulticia de los humanos, la poliandria siempre ha estado mucho menos extendida que la poligamia. En ésta última queda totalmente claro quién es el padre, En aquélla surge la duda sobre la paternidad.
Religión y respeto a la naturaleza han ido de la mano en este tema desde el primer momento en la historia de la humanidad. La institución jurídica del matrimonio ha sido reforzada siempre con el carácter sagrado de lo religioso. Así ha sido desde el principio en las más antiguas y diversas culturas. En todos los pueblos Derecho civil y Religión convergen para caracterizar el matrimonio como la estable unión entre un hombre y una mujer, garante de que ambos alimentarán y cuidarán de sus hijos hasta su mayoría de edad. Entonces los entregarán a la sociedad civil como un nuevo miembro de ella. No hay mayor contribución que pueda hacerse a la sociedad. Por eso afirmaba ya Cicerón que la familia es seminarium reipublicae.
Nuestro autor no parece tener esto tan claro como Cicerón. Encontramos esta curiosa frase: “la familia es antes que el matrimonio (todos nacemos en familias que ya existen)” (Pág. 42). Surge la pregunta obvia. Si había unión estable y un efectivo cuidado de los hijos ¿por qué razón no había matrimonio en esas familias previas?
El núcleo familiar que garantiza la continuidad de la sociedad civil consiste en el padre, la madre y sus hijos. Matrimonio y núcleo familiar son lo mismo. Esto es lo que ahora se entiende por la palabra “familia”. Que en el pasado la convivencia se haya extendido a otros parientes, y se hayan formado unidades familiares más amplias, eso nunca ha perjudicado la fundamental función social del núcleo familiar. Al contrario. Más bien la favorece.
Lo que destroza a la sociedad es la separación de los padres, el divorcio, la “familia monoparental” como ahora se estila. Que las células de los hijos “pierdan la mitad de sus cromosomas”, se podría añadir. Con esta pintoresca expresión intentamos enfatizar que el divorcio es una falta de respeto a la naturaleza, tan grave como como pueda serlo contaminar el aire o las aguas. No sólo contaminan las empresas que echan al río los residuos industriales. También contaminan los matrimonios que se divorcian o se separan.
El libro aporta este dato. “En los EE.UU. la variable más condicionante en el auge de la criminalidad en los últimos años no es el factor racial, ni siquiera la pobreza, sino la monoparentalidad familiar” (Pág. 46). ¿Hay alguna contaminación de la Naturaleza mayor que el aumento de los crímenes?
Nada más ecológico que la familia. Pero el potente movimiento LGTBI está contra la familia. Políticos e intelectuales abonan insensatamente la destrucción de la familia y con ella la muerte de la misma sociedad civil. En esta postura brilla la carencia de cualquier lógica.
El conflicto de fondo está actualmente entre la Familia y el Estado. Incluso en los estados que son en teoría democráticos es patente la tendencia a conculcar los derechos de la familia, que es previa al estado. La familia está enraizada en la misma
Naturaleza, como antes vimos. El estado es un producto de la evolución social. Resultado de la necesidad de ampliar las competencias públicas, para que la convivencia siga siendo posible.
Pero es patente que esa evolución debe hacerse respetando a la Naturaleza, y por tanto también a la familia, que forma parte de ella. Obviamente hablamos del núcleo familiar antes aludido. El estado es para la familia y no al revés. Pero lo que por desgracia ocurre es que el estado ataca y destruye a la familia.
Por ejemplo, el divorcio sólo debería concederse por el estado cuando los padres han alimentado y educado a su último hijo hasta la mayoría de edad. Antes de eso la separación legal sólo podría otorgarse por los jueces de modo restrictivo o cuando se den circunstancias muy especiales. Hay que fomentar y difundir la idea de que el divorcio y la monoparentalidad son lacras antiecológicas. Contaminan tanto o más que las chimeneas de las fábricas.
En este aspecto el autor da en el clavo y sus palabras merecen ser citadas y aplaudidas. “Las funciones propias de la familia y su labor como estructura de mediación social no pueden ser socializadas ni por el estado ni por el mercado.....Por otra parte, la familia tiene sus propios mecanismos de intercambio y comunicación, ajenos tanto a los del mercado (el dinero) como a los del estado (la ley, la pena). En la familia la reciprocidad social está sustentada por el cariño, y no por el dinero ni por la sanción.” (Pág. 51).
Un tema relacionado con todo lo anterior el aumento de los suicidios entre los jóvenes. Los medios de comunicación mantienen un tácito pacto de silencio sobre este penoso hecho. Pero las estadísticas cantan. Sin embargo, es un tema que requiere un tratamiento aparte. Sólo quiero enfatizar aquí la conexión que existe entre el creciente aumento de suicidios entre los adolescentes por una parte y la destrucción de la familia por otra.