Opinión

Por el poder sin principios

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Sábado 12 de agosto de 2023

En la época del bipartidismo los electores pensábamos que el acto de votar suponía ayudar al triunfo de unos principios políticos frente a otros contrarios y hostiles. Pero con la aparición de otras fuerzas políticas a izquierda y derecha de los grandes, que superan la barrera del 12% de los votos, y manteniéndose el importante y tradicional contingente de votos del nacionalismo independentista, todo lo cual está haciendo imposible las mayorías absolutas, los electores nos estamos dando cuenta de que estábamos siendo engañados por los grandes partidos, que ya hace mucho tiempo que no representaban ningún principio político, y que su único afán nunca ha sido el triunfo de una ideas sobre otras, sino gozar simple y llanamente del poder, como una piara de cerdos tras el final de una encarnizada batalla sangrienta, en donde sobreabundan jóvenes cuerpos destrozados. Los partidos ya son escuela y palestra de vagos y truhanes, albergues de maleantes, congregaciones picarescas, casas de Monipodio y siempre finibusterre del mal gusto, a pesar del alabastro y la fengita. Los españoles, una vez más, nos hemos caído del guindo. En fin, scitis quia principes ( árchontes ) gentium dominantur eorum, et qui maiores ( megáloi ) sunt potestatem exercent in eos. Desde que hemos dado al traste con las ideologías y con la fe y la lealtad en los principios fundantes de los partidos, esto de ser político es como coser y cantar, pues que todo el mundo sabe desde pequeño el vademécum del buen lacayo. Además, el pueblo hoy ya no se identifica con los grandes principios de humanismo y fraternidad, y fácilmente deja que le ganen el gusto el congiarium de baja estofa, aunque muy sahumado, que le suministra el aegritudinale poder de turno. Ya no Trajano o Adriano, sino Sánchez o Feijoo. “El estilo es el hombre”, dijo Buffon, y en política la gloria es como una burbuja. Es regla de oro y enseñanza celeste que cuando los partidos se despojan de sus ideologías para conquistar más fácilmente el poder hemos llegado a la dictadura. Vitrubio exigía a sus conciudadanos que entrasen en los templos con el pie derecho, aquí se entra en el templo de la Democracia con el pie izquierdo, con gorra y con bañador, y quizás fumando a lo morisco un porro en el yate de un amigo o bajo una pérgola. La miel destilada por los árboles de Colcos produce desmayos y muertes aparentes. Estamos en un momento de parábola del hijo pródigo, cuyo comentario más genial lo hizo Dostoyévski, el bicentenario del nacimiento del cual fue truncado por la Prensa y las universidades mamporreras – prácticamente todas – ad maiorem gloriam Otanis. Es el caso que el hijo pródigo español, que exigía su parte del patrimonio familiar antes de la muerte del padre – muy freudiano todo – ahora va a ser nombrado, también en vida del padre, por nuestro indefinible Antonio albacea testamentario de ese patrimonio llamado España. La verdad es que es para nota. This must be a great sorrow even to us. Ya en los muros del palacio de Rey crece la parietal y la diurética alsinia y el polipodio, y el adianto y el esplenón, a franjas, con el reverso del color de la herrumbre, y la nudosa selenita menor y otras plantas que gustan de la vetustez de los muros abandonados y de la piedras, y el politrico y la verdosa oliveta, habitantes de las ruinas; de modo que el poder supremo está cubierto y escondido. Pero siempre la realeza en todo tiempo y lugar ha seguido el sagrado adagio de “semper festina tarde” o, lo que es lo mismo, en la lengua de los dioses, “aeì speûde bradéôs”. Quizás el cetro real, como entonces, con un golpe certero en el agua haga brotar otra isla de Delos, como asilo de la libertad. “Velocitatem sedendo, tarditatem tempera surgendo”. Mientras, los grandes partidos y la Prensa porcina van acarreando gavillas a los cadalsos para quemar a todos los que osan denunciar los crímenes y las mentiras. Levantarán un polyandrión de hombres notables, héroes de la libertad. Mal lo tenemos los que no pertenecemos al menos a alguna clientela de un oligarca político. España, perdida en una niebla oscura que entenebrece el sendero, está necesitando una palingenesia, como la antigua isla de Egina, de tan suaves mareas y nereidas. Siendo devastada Egina por una peste, Eaco rogó a su padre Zeus que volviese a poblarla y el dios padre convirtió a sus hormigas en seres humanos. Debería hacerse, para placer del pueblo, un reality show, en el que en un lado del plató se sentase, como un viejo Jehová, el compañero Villarejo, y por el otro lado, y saliendo por una gatera, irían apareciendo los políticos desde 1995. De cada uno de ellos nuestro simpático y canalla Jehová iría contando sus trastadas. No tendría ninguna utilidad moral el programa, ni tendría de seguro ninguna consecuencia política, pero lo pasaríamos muy bien y sería un programa de máxima audiencia. Desde aquí vendo mi proyecto a cualquier televisión, que tengo un caché barato. La República Romana, merced a la lex Claudia, del 218 a. C., prohibió la práctica del comercio y de los negocios a los senadores y magistrados, gracias a lo cual la República duró dos siglos más. Pero nuestros fundadores no tuvieron esta previsión, quizás porque ya eran hombres de negocios, y no teníamos tampoco una Lex Calpurnia repetundarum contra los abusos políticos. Necesitamos levantar un templo a la Concordia antes de que España sufra algo malo y ya visto. Menos mal que la coruscante prosa de Feijoo/Sánchez ha conseguido resucitar el género epistolar. Ya hubieran querido Madame de Sévigné y Horace Walpole haber volado tan alto en sus misivas ápteras. Remedando a aquel gran político, genial e independiente, de infinita curiosidad intelectual, cada sociedad tiene lo que se merece. Y ésta es una sociedad de muerte, aplebeyamiento y antinaturaleza. Vivimos un tiempo que no será nunca pasado porque nunca nadie podrá tener verdaderos recuerdos o auténtica memoria de nosotros, sin los registros insustituibles de las cartas.