Opinión

Tetas al aire

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 16 de agosto de 2023

Uno en sus pudores comprende cuando las mermas corporales se prestan a la desgana de los enseñes. Nada preocupante, a decir de mi especialista en cuerpos marchitos; ahora bien, dentro de los cánones de la hermosura conviene no imitar a cuantos exhiben sus cinceladas formas de manera afanosa. Suelen ser figuras compuestas de morfologías prestadas. Volúmenes traídos de algún mercado persa o tal vez creados por inteligencia artificial para lucimiento sobre la cubierta de un yate, por no citar a los que saltan desde un acantilado de 80 metros para sorprender a una bella fémina cuya grácil figura descansa a bordo de una pequeña lancha. Todo idílico. No hay estrías ni menguas innecesarias. Es el anuncio de lo perfecto al servicio de una crema hidratante, un perfume exótico o un laxante para combatir el estreñimiento. Es la industria de la belleza al servicio de unos pocos que gustan del lucimiento exclusivo en beneficio del culto al cuerpo. Nada que objetar, salvo que mi físico nunca ha sido reclamo de Miguel Ángel Buonarroti. Es decir, que entre el David bíblico y un servidor lo único que nos separó fue el Renacimiento.

Amaral ha levantado polémica dando un traspié en su cruzada escénica en favor del feminismo. No quisiera lastimar mi admiración artística hacia ella, confieso que las letras de algunas de sus canciones me resultan esperanzadoras; sin embargo, el arrebato de enseñar sus tetas pidiendo mayor libertad suena a producto de ocasión. Hasta el momento, que yo sepa, ningún torero ha salido en bolas a hacer el paseíllo para reivindicar la fiesta nacional. No digamos si la cosa fuera por comprar aceite, leche, pan, fruta o huevos, para la costumbre de comer a diario. Nadie, que se sepa, ha tirado de desnudo integral por los supermercados reivindicando el poder llegar a final de mes. Lógica demanda.

Si de valentía hablamos, pues debo echar el resto y apostar de valientes a las mujeres que se quitan el velo en Afganistán, por ejemplo. Lo de llamar la atención con sexo de por medio es de una antigüedad preocupante, tanto como ver a Yolanda Díaz planchando en su casa haciendo ver que las empoderadas mujeres que friegan escaleras pertenecen a idéntica casta que ella. Todo está bien, dentro de un orden. Enseñar las tetas como parte activa de un concierto me parece una maniobra orquestal –nunca mejor dicho- porque el desnudo es arte desde su nacimiento e incluso objeto de envidia cuando la estética se aproxima a la no necesidad de cirugía. Todo en su sitio y en paz, porque la verdadera libertad que está en peligro en este país es otra cosa muy diferente a lo de enseñar pechos vacilantes. Aquí entramos todos, todas y demás ciudadanos amantes de nuestra Constitución.

La teta es tan natural como el propio ser humano. Se nace, se mama y se nutre en amor y compañía cuando las madres ejercen la lactancia. Algo que desde la prehistoria viene de serie, exceptuando a Adán y Eva, que por cierto fueron muy raros porque siempre se mostraron en público tapando sus vergüenzas. Ni tanto ni tan calvo, además que fallaron con su desobediencia. Algo parecido a Puigdemont y sus congéneres.

Rita Levi-Montalcini, nada dudosa de su capacidad intelectual e incluso Premio Nobel de Medicina por descubrir el primer factor de crecimiento conocido en el sistema nervioso, nos dejó una de esas perlas que nos hacen sentarnos en el quicio del sentido común: “Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado nunca mostrar otra cosa que su inteligencia” Es un simple apunte tomado al oído.

Ya sabemos que enseñar tetas con el discurso adecuado es el imaginario de una izquierda troncal que la progresía de la mentira enarbola como estandarte de una feminidad de uso exclusivo. Aquí somos millones los que de buena cultura y mejor respeto venimos haciendo causa de igualdad desde el pleistoceno sin necesidad de hacer bolos en bolas. (Casi un retruécano)