Opinión

Tratados de Bucareli. Cien años después, las mismas tarascadas

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 17 de agosto de 2023

Toda la vida se ha repetido el mito de lo que fraguaron y condicionaron los llamados Tratados de Bucareli, unos documentos –uno oficial, otro secreto– firmados entre México y Estados Unidos el 13 de agosto de 1923. A juzgar por lo que puede leerse en ellos, supeditaban a México a no cumplir la Constitución de 1917 en todo lo tocante a los derechos de los mexicanos sobre sus recursos naturales ya en manos yanquis. Vamos, que no habría retroactividad de la ley en pro de la nación mexicana. El presidente signante Álvaro Obregón –manco, asesinado en 1928 tras ser elegido nuevamente– los aceptó a cambio del tardío reconocimiento yanqui a su maltrecho gobierno, acto tan innecesario, después de todo, comprometiendo a su país.

A juzgar por lo que hay en internet, el mentado tratado abierto no está para quitar el hipo, aunque eso sí, es abusivo y lesivo para México. En cuanto al texto que es secreto no queda tan claro. ¿De verdad, existió y México aceptaba, dicen, no desarrollarse para que EE.UU. no tuviera un vecino sureño todopoderoso? Pues, eso dicen que dice el tratado secreto. A saber.

Son un capítulo más de una escabrosa relación binacional, transfronteriza, como no hay otra entre dos países vecinos. Lidiar con ellos ya como primera potencia no es sencillo. Siempre ayuda un océano de por medio o medio continente para no resentirlo o minimizarlo. Como dije a un apreciado amigo boliviano; no es la frontera Bolivia-Paraguay, con perdón de unos y otros. La de México–EE.UU. es problemática, confronta dos mundos, paso de drogas y migrantes, ambos como jugosos negocios, que un siglo después de los ignominiosos tratados que toman nombre por el Paseo capitalino donde fueron firmados, sigue siendo lacerante e impide a México dormirse en sus límites. Hay que estar en vela todo el tiempo. Con los yanquis de vecinos, difícilmente algo bueno puede esperarse. Y así pasa.

Una centuria después de tales siniestros documentos, la relación bilateral no es buena. Ya sabemos que los mandatarios Biden y López Obrador afirman que sí y entre ellos se echan flores. Ya las patadas por debajo de la mesa y las cuchilladas mutuas, persisten y son el pan nuestro de cada día.

En el panorama bilateral actual, el facineroso gobernador texano Abbott ha puesto boyas y alambre de púas en el río Bravo violando tratados internacionales. Es execrable. Clama ayuda como lo hacen lo países del sur de Europa contra los migrantes, registrando peculiaridades distintas el fenómeno en el Mediterráneo y en el río Bravo, no obstante que el móvil sea el mismo. El gobernador texano le juega al "cherife" e invade competencias federales. Tan ilegal como los anglos de 1836. Cien años después, México y Estados Unidos se centran en una relación problemática, como lo ha sido siempre. Si bien, los discursos oficiales chocan la copa, el majadero injerencismo yanqui de toda la vida, no cesa. A veces se le capotea con mejor suerte, a veces no. Resignados, los yanquis declaran que seguirán trabajando con México. Entre magnánimos y perdonavidas. Mentecatos.

Así, al discurso de la buena vecindad, ponga usted las boyas y el alambre de púas en el río Bravo, más el muro de la vergüenza y las deportaciones masivas sin ánimo de regularizar con tratados migratorios a ese flujo atraído por EE.UU. y sus necesidades laborales, negocio millonario a ambos lados de la frontera que a nadie importa regularizar. Sume la droga. Producida, introducida y traficada en México; traficada, consumida y agenciada en negocios multimillonarios en Estados Unidos, intocados y auspiciadores del mercado de armas y del sistema financiero yanqui. Corrupción a plenitud, bilingüe y con alta dosis de descaro y desvergüenza.

La respuesta yanqui es timorata: invadir México, dicen congresistas con burdos calentones de boca, para: 1) Someter a los cárteles que les hacen daño con la droga que consumen al por mayor, culpándolos en vez de asumir su parte, y 2) Evitar que se siga produciendo droga en México, aseguran. La medida, calentones de boca anunciándola desde congresistas tan timoratos como el que más, no contempla persecuciones efectivas de los multimillonarios cárteles yanquis, cesar la droga “recreativa”, cesar la venta indiscriminada de armas e intervenir su corrupto sistema financiero. La ley del embudo, un trato desigual al problema compartido, porque tal proviene del más fuerte. Nada más.

Y en lo político, no es menor el injerencismo yanqui. Existe la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) promotora de la “democracia”, dice, promoción que el mundo no ha pedido a Estados Unidos, pero en su actitud metomentodo, la enarbola. Esa oficina concede dinero a opositores mexicanos, robusteciéndolos contra el gobierno mexicano que hoy desgrada a Estados Unidos. Es un golpe bajo que, embusteros, siempre pretenden usar como amago si se les coartara su proceder, invocando la libertad. Las quejas del gobierno mexicano han sido desoídas. Eso lo ven bien, tanto los yanquis, como los receptores de tales fondos, que lo hacen de manera ilegal, pues la ley electoral mexicana prohíbe aceptar financiamiento extranjero para hacer política. Y lo saben Claudio X. González y los partidos genuflexos al sujeto, PRI, PAN y PRD, que aceptan tales fondos que están fuera de la ley. La oposición a Morena actúa hoy de manera ilegal y está secuestrada por tal sujeto. Un motivo más para negarle el voto en 2024. Se suma que legisladores yanquis de nulo peso, reclaman que México ya no es aliado. ¡Ja! Tendrán cara esos cicateros que buscan que ceda más riquezas, nada más.

En respuesta al deplorable actuar yanqui, el presidente López Obrador ha dicho en varias ocasiones que los hispanos en EE.UU. no voten candidatos que promuevan leyes antimigrantes. Es escuchado allá. Así, devuelve el golpe a Desantis, a Abbott y a los congresistas interventores. Es un acierto en tres sentidos: 1) Devuelve la puñalada injerencista, ojo por ojo, ante la negativa yanqui –expresa e inconfundible– a cesar el financiamiento a opositores a su gobierno. Que lo sean por ellos, no por apoyo extranjero. 2) Asume el rol de una relación de pares que jode mucho a mexicanos encandilados con los yanquis –o simples opositores agarrándose de cualquier clavo ardiente para golpetear al gobierno actual– yanquis a los que consideran tan superiores e incuestionables, encandilados, que piensan que son intocables y perfectos (otros igual de timoratos) y, 3) Acalla esas voces opositoras que se escandalizan facetas, de su llamado a los hispanos, pero que se callan el injerencismo yanqui en México, por encandilados y verdaderos vendepatrias a cambio de un plato de lentejas o un viaje a Disneylandia con visa asegurada, no obstante que la obtengan humillándose y humillándolos en largas esperas y registros insultantes en las garitas fronterizas. No aprenden. Les encanta tener el pie en el cuello.

Pues eso, un siglo después solo ha cambiado el calendario. Es preocupante el belicismo yanqui clamando una vez más, como en los últimos 200 años, por invadir México. Tan grosera y mentecata actitud solo resta denunciarla. Por unilateral, injusta, majadera y pendenciera. No, no son palabras, ni por elecciones en puerta, son amenazas con ribetes de ejercerlas. A esos injerencistas yanquis que se quejan de México, cabe la frase: a puñaladas iguales, llorar es cobardía. Cosas de la buena vecindad que de manera oficial, hipócrita antes que diplomática, claman despreciándola. ¿Buena vecindad? ¡qué se los crea su abuela! arrogantes.