Opinión

Tormentas de verano

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 20 de agosto de 2023

Se conoce que van sucediendo cada vez menos. ¿Son un recurso añadido a la nostalgia que se revitaliza en verano?

Para uno son momentos inesperados en los que la ficción literaria y la realidad pueden mezclarse. Resultan siempre turbadoras. Si son aguardadas desde un interior, desde una casa, por ejemplo, los perfiles de los muebles y los objetos, al principio vagos, irán cobrando una precisión de trazos negros sobre las oscuridades que han quedado prendadas durante el tiempo en que se han ido levantando. Afuera, el resol tardío irá cambiando a polvo y luz sombría, esa que todos conocen y se apresurarán en ponerse a salvo y no dejar de comentar la que va a caer. Las contraventanas palmearán. Si alguna ventana quedó abierta en el piso de arriba, surgirán los portazos, los sobresaltos en la siesta. Las briznas de conversación serán cambiadas por vistazos temerosos de una vigilancia inacabada que parece haber dejado su puesto desde la anterior ocasión. Cuando irrumpen las tormentas veraniegas, el ocre y el naranja reinan. No se puede continuar con lo que se estuviera haciendo. Sobre el papel se nota el estremecimiento. Es preciso dejarse llevar por ese vicio. Son atractivas, no hay duda. Se erizarán los vellos como los despuntes de una bala de paja. Las calles vacías antecederán una pátina mojada que puede no llegue a ocurrir nunca.

Ese brillo de lluvia atraviesa también las páginas de un libro de poemas de Miguel Sánchez-Ostiz. Un libro que, como las tormentas de verano, se recrea en la idea, en la herida más bien, de lo que hubiera sido posible y lo que finalmente pasó. Invención de la ciudad, pero no la suya, la que está anclada en la memoria, sino una en la que la vida fuera algo más de lo que dijeran los papeles. ¿Se cumple ese deseo? Hay que pensar que la duda sería más favorable que la certitud, pues tratándose de poemas, la mención se hace a ‘las cosas a través del aire/ […] a punto de desvanecerse/ y tiendo la mano hacia ellas y nada toco.’ Como en tantos libros del autor, si no la totalidad de su obra, ese viaje de regreso a los escenarios que vertebraron la vida y sus entelequias tendrá tanto de país de las tinieblas como resarcimiento ‘sin culpa, sin daño, sin memoria’ de lo que los empeños motivaron.

‘Un hombre que se pregunta qué ha hecho con su vida y puntea un papel en blanco y no le cuadra.’ No es el único. En cada poema está el mismo y cientos mencionados en similar brega, como si se hubiera repartido un mazo de cartas cuyos dibujos fueran idénticos. Sucesivos espejos en los que es fácil reconocer la silueta agazapada tras la cortina rajada, mirándonos porque no le queda otra salida, embrollada en sus herencias y con la seguridad de que nadie vendrá en su busca ‘con viejas querellas, con cuentas pendientes.’ Hay en los versos un sentimiento que desfallece, pero también una borrasca a punto de emitir su alarido.

Me ha sorprendido este poema, Vivo como quiero vivir, que me permito reproducir íntegramente:

‘Envidié a quienes amaron —es una vieja historia—/ y supieron o tal vez tuvieron el valor/ de vivir la vida como desearon vivirla,/ e hicieron —o hacen— de cada día una celebración,/ un arte, a pesar de saber que la vida,/ eso que llamamos con enfermiza insistencia/ o con tenacidad de visionarios, vida,/ es las más de las veces algo mediocre,/ triste, sucio, gastado y violento./ Envidié a quienes eligieron como divisa de sus días/ El corazón me manda, desterraron la indiferencia/ y no desdeñaron otra cosa que las pasiones tristes:/ el menoscabo de sus vidas./ Y en una época más sombría que cualquier otra/ pusieron pasión en el pasar de cada día.’

Si hay poemas que justifican la existencia de otros o sirven de respuesta cuando se pregunta por qué escribirlos, este sería uno de ellos. No habla de algo que no sepamos. Precisamente por sonarnos su canción, sin himnos ni alharacas, entendemos su profundidad. De las cosas cercanas, cuanta más prisa tengamos por comprenderlas, más tardarán en desvelarse. Sacaremos adelante nuestras páginas contra las fortunas y las ambiciones escasas, celebraremos nuestras huidas.

De este modo, amanecerá siempre. Nos permitiremos nombrar los instantes que no fueron amedrentados. Así, la imaginación permanecerá cuando despertemos y ese allí en el que nos hayamos escondido no será, porque correremos hasta el otro extremo de la calle y estaremos de nuevo en el bosque, después de la lluvia, tomando el lápiz y plantando cara.