Opinión

La invitación

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 27 de octubre de 2008
Supongo que a la inmensa mayoría de los españoles (descontadas las minorías de diferentes pelajes que todos conocemos) le gusta que su país, España, figure en el grupo de los países más importantes del globo. Y se supone también que esa inmensa mayoría aplaude que su Gobierno se mueva incesantemente en el escenario internacional con ese propósito. ¿Aplaudimos, entonces, el repentino activismo internacional de Zapatero impetrando una invitación para la cumbre de Washington? No está tan clara la respuesta, porque muchos españoles estimamos que no es posible intentar conseguir en veinte días un objetivo, la presencia y el respeto internacionales, que ostensiblemente se han descuidado durante los cuatro años anteriores. Antes incluso de que llegara a la Moncloa y con el máximo empeño desde que se instaló en ella, Zapatero y su gente descalificaron todo cuanto se había hecho antes para lograr que España se situara entre los países más influyentes. Para ellos eran vanos sueños de grandeza impropios de una “potencia media” y desde el primer momento este Presidente mostró su preferencia por los dictadores y líderes populistas, especialmente los de habla hispana, o por algunos dirigentes musulmanes. De ahí surgió la risible iniciativa de la Alianza de Civilizaciones (¿no es ya precisamente eso la ONU?) y a partir de ahí se diseña una política exterior fuertemente ideologizada -y por eso mismo alejada de cualquiera atisbo de consenso- que no disimula su reprimida nostalgia por la neutralidad y la no alineación, una de cuyas señas de identidad más patentes es el más elemental y burdo antiamericanismo. “Menos OTAN y más ONU” era el lema preferido por algún ministro durante la pasada legislatura, en una muestra de supina ignorancia de lo que son una y otra de esas organizaciones. Y cuando alguno hemos hablado de Occidente, hemos tenido que escuchar. “¿Pero qué es Occidente”?

Zapatero se movió con asombrosa torpeza en el mundo internacional, eludió contactos siempre que pudo, con o sin pretexto, y no logró nunca que sus colegas europeos le consideraran como uno de los suyos. Nunca fue miembro del club y así se explica que, salvo a las reuniones oficiales y formales, jamás se le invitó a los encuentros informales. Fue una política carente de cualquier ambición en ese ámbito, por modesta que fuese, y hasta rechazó que la firma del fracasado Tratado Constitucional se realizase en Madrid, como estaba previsto, para después despepitarse organizando un prematuro e inoportuno referéndum para su aprobación. Se utilizó una y otra vez la muletilla de que nuestras relaciones diplomáticas, con quienquiera que fuese –desde los EE UU a Argelia- eran buenas; algo que literalmente puede ser verdad pero que nunca es toda la verdad. En primer lugar, porque las relaciones diplomáticas entre dos países lo aguantan todo o casi todo, incluidos los desplantes a que tan aficionado es Zapatero. En segundo lugar, porque unas buenas relaciones diplomáticas, más allá de lo puramente formal, están hechas de un transfondo político en el que cuentan mucho los contactos personales e incluso amistosos al más alto nivel. Este Presidente huye de todo eso porque le faltan soltura, idiomas y conocimientos. O lo sustituye por alguna palmadita en la espalda o por alguna intempestiva gracieta (como las del Waldorf Astoria) que producen contenida irritación en los destinatarios. Su capacidad de hacer amigos, en suma, es perfectamente descriptible.

Esa desastrosa trayectoria produjo los frutos que eran de esperar en aislamiento y pérdida de peso e influencia para España. Eso es lo que tenemos que agradecerle a Zapatero y lo que no se puede arreglar en veinte días. Daba pena, por no decir que risa, contemplar cómo los adictos proclamaban días atrás su confianza en Brown y Sarkozy como “mediadores” para conseguir la codiciada invitación. En política internacional nadie hace nada si no va a conseguir algo a cambio y menos aún, en el caso del segundo, si el suplicante se ha permitido en público atentar contra la grandeur gala. ¡Qué se habrán creído estos subpirenáicos! Desde el primer momento se sabía que el anfitrión y, por lo tanto, el “invitante” sería Bush. Y no parecía muy probable que quien le había cerrado las puertas de la Casa Blanca durante cuatro años, se aviniera a acogerle cuando le quedan tres meses de presidencia, no 3 o 14 días cómo dicen Sebastián y otros del coro. Cuesta trabajo imaginar que se emitan nuevas invitaciones. Si así fuera el caso, ¿la presentaría Zapatero como un reconocimiento de España o como un triunfo personal? Todos conocemos la respuesta. Y lo que sería vergonzoso es que, al final, Zapatero se asegurara la presencia como “invitado personal” de Lula. ¿Para llevarle el maletín? La verdad es que no hemos podido caer más bajo.