Opinión

Un artículo de rabiosa actualidad

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 21 de agosto de 2023

Europa es un cadáver maquillado bajo cuya apariencia de plástico charolado palpita un cuerpo agusanado y pestilente. Especialmente, en esta península extrema del cuerpo continental de Europa se respira una atmósfera mefítica y la descomposición satura el aire. También aquí, bajo la máscara del bienestar asoman muchedumbres de necrófagos, pero es extremadamente doloroso constatar que el sujeto no está enteramente muerto, sino que quedan activas, aunque heridas, áreas enteras de su conciencia.

La potencia inmunitaria quedó arruinada hace tiempo, el cuerpo postrado se llenó de escaras, encofrado en una comprensión del mundo forjada tras la guerra. En el interior de ese entablado de ideas la vida de Europa languideció durante décadas. Forjado con un maderamen heredado del viejo racionalismo y sus secuelas idealistas e ilustradas – formas de un mismo intelectualismo vacío – el armazón tenía el valor de un exoesqueleto que dio apariencia de vida al cuerpo muerto de Europa. No todos entraron en ese armazón al tiempo, la península suroccidental cayó en el cofre ideológico en los años 80 del siglo pasado, tras un largo proceso de acomodación socioeconómica y cultural, con los necesarios ajustes institucionales.

La metáfora es poco agradable y, en cuanto a la comprensión filosófica, resulta finalmente ineficaz, pero describe con crudeza la gusanera en que se ha convertido la sociedad europea – y muy especialmente española – de nuestro tiempo. Apela también con claridad a la necesidad de romper la estructura que constriñe el cuerpo caído de Europa y a la creciente dificultad de romperlo desde dentro. Señala la improbable rehabilitación de una sustancia consumida por saprófagos, insectos y miasmas ideológicas que han hecho una labor multisecular sobre el cuerpo de una Europa que salió herida de muerte de las viejas guerras de religión que culminan, justamente, en el umbral del siglo XVIII, aquel asombroso siglo de las Luces.

Se abría entonces la Era de la Crítica, la lenta pero incesante demolición de la sustancia metafísica del pensamiento europeo, de su composición religiosa, de su orden socioeconómico. Esa demolición liberó una energía poderosa que ha transformado el mundo entero bajo la forma del industrialismo tecnológico, el republicanismo y la democracia con su estructura de ideas primero teístas, luego ateas, con su antropología científico-técnica y su escatología negativa fundada en la idea del progreso. Fuerzas liberadoras, pero sólo negativamente liberadoras de la energía atesorada en el cuerpo de Europa. Hoy – consumido hasta los elementos – no queda sustancia histórica en el tremedal sin forma de nuestra sociedad, que trata de nutrir la vida de sus infusorios absorbiendo las últimas migajas consistentes: antropológicas, psicológicas, gramaticales. Ya no queda apenas nada de lo que puedan seguir viviendo los habitantes de este oscuro artesonado de ideas que empieza a ser tomado desde fuera por visiones sustantivas del mundo, dotadas de potencia metafísica y de antropologías positivas.

Es posible, sin embargo, que el encofrado no sólo proteja el cadáver europeo, sino que en alguna medida todavía aísle en su interior las fuerzas que lo consumieron. Es posible que, liberadas, estas fuerzas alcancen a tomar el mundo todo. Son fuerzas sombrías, son las nubes sin espesura de la nada.

Como decía, es doloroso notar que – sin embargo – viven todavía áreas enteras de la vieja conciencia europea. Antes que apostar por la demolición del gran armazón ideológico desde fuera, con la probable liberación de esa fuerza de destrucción cuya potencia se ha demostrado inmensa, acaso ese tejido activo de Europa fuera capaz de sintetizar la energía que, desde dentro, pudiera poner de nuevo en pie la figura caída de la civilización. Restaurar Europa, sobreponiéndose a los factores de su descomposición.

Se renueva así antes nuestros ojos una lucha tan antigua como la historia, de la que fue siempre parte incomparable la vieja Europa. Es, como siempre y antes que nada, una batalla espiritual a la que se llama a todos aquellos que noten todavía, sobre su piel, la acción de los parásitos.