En febrero de 1981, Don Juan Carlos escuchó de su padre Don Juan un solo consejo: “Todo lo que hagas que sea impecablemente constitucional. Lo que hundió a mi padre (Alfonso XIII) fue que aceptó a Primo de Rivera en contra de la Constitución”.
El Rey Juan Carlos I, hoy Rey padre, se ajustó siempre a lo que la Constitución exigía del Monarca. Y así educó a su hijo. Conforme al artículo 99 de la Carta Magna, Felipe VI ha tomado sobre la controvertida investidura la decisión correcta. Podía haber designado a Pedro Sánchez que no representaba al partido vencedor en las elecciones del 23 de julio. Pero el líder socialista acudió al Palacio de la Zarzuela sin los avales escritos ni de Junts ni de ERC. Se puede presumir que los conseguirá haciendo las concesiones que los separatistas le exigen. Pero objetivamente el Rey, al carecer de constancia ni verbal ni escrita encomendó la investidura a Núñez Feijóo, que esgrimía 172 escaños seguros frente a un número menor de Pedro Sánchez.
Al margen de las especulaciones, el Rey actuó, como era obligado, conforme a lo que la Constitución exige, y encargó a Alberto Núñez Feijóo el intento de formar Gobierno. Ni Armengol ni Sánchez han discrepado de la decisión. El Rey ha hecho lo que la Carta Magna exigía. Con prudencia, con serenidad, con sencillez Don Felipe ha atendido a todos los que han acudido a la llamada constitucional. Los ha escuchado con atención y sin prisas y ha tomado la decisión correcta. Pedro Sánchez podía haber esgrimido mayores asistencias, pero no ha sido así. Los acuerdos con Puigdemont, con ERC, incluso con el PNV, no están cerrados. Los del Partido Popular con Unión del Pueblo Navarro, con Coalición Canaria y con Vox, sí. La decisión estaba clara y era incontestable. En la última semana de septiembre, conforme a la razonable decisión de la presidenta del Congreso de los Diputados, Alberto Núñez Feijóo se presentará en el Congreso de los Diputados para cerrar la investidura. Y veremos lo que ocurre. A pesar de la creencia general en el fracaso del líder popular, las cosas no están claras.