Ellas han ganado un mundial de fútbol. El triunfo colectivo, en esta ocasión femenino, ha servido para decir “basta” de la mejor manera y no solo ante Inglaterra en un duelo apasionante, sino que han derrotado al espectro de la desigualdad de un país como el nuestro tan acostumbrado a jugar con la hipocresía. Las chicas han pateado al balón del hartazgo, de la grosería y el desprecio. Han conseguido un avance social ganando para el buen orden de las cosas. Lo han hecho para dar matarile a tantos hijos de Satanás que todavía siguen amarrados al neolítico. Su triunfo deportivo obliga a bajar la testuz a cuantos infectos buscan su propia gloria a través de la entrepierna. Es lógico que el fútbol femenino, como tantas otras disciplinas deportivas, desafíe a tanto impresentable demostrando que la mujer que triunfa no lo hace solo para ella, también para demostrar que las cosas tomadas en serio carecen de género. Es la aritmética del esfuerzo, la perseverancia y el respeto.
Estas chicas han abierto el melón. Han vulcanizado conciencias y atrapado a millones de personas ante el éxito de lo diferente. De no haberse consagrado como campeonas del mundo, hubiera sido idéntico su triunfo, porque la dignidad es un feudo al que solo tiene acceso el honesto. Ellas gobiernan y creen en lo que hacen y así debe ser sin necesidad de lo sórdido ni de la erótica.
No voy a entrar en lo deportivo. Nada de técnica, táctica, pizarra, ni siquiera en la afrenta de la morfología y las diferencias de músculo. El mundial de las chicas ha sido la mejor jugada a balón parado para dar de leches a una parte de la sociedad tan retraída como desvinculada del sentido común. El deporte en general nos enseña a descifrar nuestras propias incógnitas, que no son más que el compromiso al esfuerzo, al estudio, a la dignidad, al respeto y a una buena dosis de amor propio. Ese es el secreto para cumplir retos. Ojalá en España, un país casi siempre asediado por ideologías contrapuestas que lo hacen ser ingobernable, seamos capaces de entender que existen otras formas de cordura para conseguir el éxito como el demostrado por estas chicas.
En el todo vale, Rubiales se sube al podio de los indóciles de las buenas maneras y no hace otra cosa que poner en ridículo la honradez de las chicas así como la marca España, que por cierto, bastante sucia ya está por culpa de una clase política empeñada en embarrar nuestro pasado, presente y futuro. Los éxitos del deporte español se consiguen por méritos propios de nuestros deportistas que con su pundonor achican espacios entre el fracaso y el éxito toda vez que las instituciones públicas, gracias a la cortedad de sus dirigentes, nos avergüenzan como país. Es el reflejo de los timoratos gobiernos que convierten la política en negocio. Eso sí, salir en la foto, casi siempre, sobre todo cuando lo de trincar y medrar les deja tiempo libre.
En fin, el fútbol femenino ha hecho su trabajo y ahora nos queda hacerlo a los demás. Tarea difícil, pero no imposible. Con estas chicas hemos ganado todos. Excepto Rubiales.