Opinión

Ese olor indefinible de las flores rotas

TRIBUNA

Luis Bravo | Sábado 26 de agosto de 2023

Como persona lectora y practicante de la escritura de diarios, iré al grano: el Diario del ladrón, de Jean Genet, que esta primavera conoció una estupenda reedición, no es un diario. No uno propiamente cuando se hace la comparación con otros diarios más reconocibles por su condición de y por las características del género al que pertenecen. El de Genet es una novela. Exceptuando las últimas cincuenta páginas, más o menos, donde las anotaciones sí se asimilan a la escritura diarística, el resto del libro, las escenas rememoradas, ofrecen el aspecto de la narrativa novelística.

Uno, según avanzaba en la lectura, dudaba del razonamiento. Lo moldeable de la literatura diarística permite tantas variaciones como guste quien las escribe. Sin embargo, no acababan de casarme esas escenas tan dilatadas, contadas al dedillo, en contraposición a lo que suele contener un diario: un año o varios, la sucesión de días y vicisitudes, un carácter repetitivo y a la vez capaz de transmitirnos lo distinto que suponen esos momentos vividos y por vivir. En el Diario del ladrón, esto no se cumple del todo. Pero qué importancia tiene. Un diario también promete lo que no va a ser. Es el cajón de retales que se abre y en el que se rebusca a placer. El barullo que encontramos es el mismo cuando es dejado, y por eso su autor salta de una época a otra. El ritmo en estas páginas lo lleva un metrónomo desgarrado por las vivencias. Las quiere recuperar. No sería nadie sin ellas. Pero le han corrompido hasta la médula. Las ha abrazado y levantado un altar. Este diario es su monumento a la vida rápida y devastadora que hasta su fecha de conclusión ha mantenido, prometiendo una segunda parte que nunca vería la luz, como si fuera un gesto más de chulería, un corte infligido al aire.

Desde las calles del barrio chino barcelonés, hasta los muelles podridos de lluvia y maleancias de Amberes, Genet nos sumerge en la pobreza y ratería más absolutas por sus distintas errancias y fugas por Europa. Como buen escritor francés que se precie, la obsesión por el Mal recorre su creación. No hay párrafo en el que no se alabe el pensamiento retorcido, la posibilidad de traición, el impulso sexual en todo movimiento que desencadene violencia. Le gusta recordarnos que no está de nuestro lado, que sus esfuerzos serán los necesarios para que siempre pueda ser expulsado de nuestro mundo, prefiriendo el hampa, el chaperismo, etc. Su enfermedad, su reiteración en la senda perdida, salen de lo más profundo de su corazón, que aun así, sabe reconocer la ternura, el amor, el cariño, pues lo salvaje de su ambiente no le hace olvidar los rescoldos de humanidad que puede extraer de las más bajas situaciones. Genet los salva a todos. El abandono o el temor a las consecuencias si él lo realizase, la brutalidad de unos que embellece la cobardía de otros.

Los nombres cambian —Stilitano, Lucien, Java, Robert—, pero el patrón sigue mandando en sus peripecias. Se une a hombres despiadados u otros lo hacen a él. Desprovistos de amparos, se dejan caer a su lado por no hacerlo muertos en cualquier parte. Genet es piadoso, pero a la mínima cambiaría ese samaritanismo por la más reluciente de las bandejas de plata en que presentar sus cabezas. Las descripciones barrocas y exacerbadas lo prueban. Es irresistible la barbaridad en su imaginación. Trabaja para que esta llegue a ser excepcional. ‘El crimen me la puso dura’, confiesa en el capítulo introductorio. Qué mejor declaración de intenciones para disponer este libro como el lecho adecuado en que recostar los días que engendraron su gloriosa miseria.

Hay un gozo en el diario de Genet que se asemeja al olor que libera el corte de las flores que también elogia y compara con los actos más atroces. La sangre, la saliva, el semen, las lágrimas; cuántos ejemplos hermosos hallaría condecorándoles con las adecuadas, con pétalos carnosos y belleza cautiva que sería terrible liberar.